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INTRODUCCIÓN GENERAL AL
PENTATEUCO
Mt 5 17;
Lc 10 26;
ver Lc 24 44.
El deseo de disponer de copias manejables de este
gran conjunto hizo que se dividiera su texto en cinco rollos de
extensión aproximadamente igual. De aquí le viene el nombre que se le
dio en los ambientes de lengua griega: hê pentateujos (sobrentendido
biblos), «El libro en cinco vólumenes», que en latín se escribió
Pentateuchus (sobrentendido liber), de donde procede el español
Pentateuco. Por su parte los judíos que hablaban el hebreo lo llamaron
también «las cinco partes de la Ley».
Testigo anterior a nuestra era de esta división en
cinco libros es la versión griega de los Setenta, que se ha impuesto con
el uso de la Iglesia, y que titulaba los volúmenes conforme a su
contenido: Génesis (que comienza con los orígenes del mundo), Éxodo (que
empieza con la salida de Egipto); Levítico (que contiene la ley de los
sacerdotes de la tribu de Leví), Números (por razón de los censos de los
caps. 1-4), Deuteronomio (la «segunda ley», según una
interpretación griega de
Dt 17 18).
Sin embargo, en hebreo, los judíos designaban, y siguen designando, cada
libro con la primera palabra importante de su texto, o simplemente con
la primera.
El Génesis se divide en dos partes desiguales: la
historia primitiva, 1-11, es como un pórtico previo a la historia
de la salvación que toda la Biblia va a narrar; se remonta a los
orígenes del mundo y extiende su perspectiva a la humanidad entera.
Relata la creación del universo y del hombre, la caída original y sus
consecuencias, y la perversidad creciente castigada con el Diluvio. La
tierra va repoblándose a partir de Noé, pero unas listas genealógicas
cada vez más restringidas vienen, finalmente, a concentrar el interés en
Abrahán, padre del pueblo elegido. La historia patriarcal, 12-50,
evoca la figura de los grandes antepasados: Abrahán es el hombre de la
fe, cuya obediencia es premiada por Dios, que le promete una posteridad
para él mismo, y la Tierra Santa para sus descendientes, 12 1 -
25 18; Jacob es el hombre de la astucia, que suplanta a su
hermano Esaú, escamotea la bendición de su padre Isaac, y gana en
picardía a su tío Labán. Pero de nada habrían servido todas estas
habilidades si Dios no lo hubiera preferido a Esaú desde antes de su
nacimiento, y no le hubiera renovado las promesas de la alianza
otorgadas a Abrahán, 25 19 - 36. Isaac es, entre Abrahán y
Jacob, una figura de escaso relieve, cuya vida se narra sobre todo a
propósito de su padre o de su hijo. Los doce hijos de Jacob son los
antepasados de las Doce Tribus de Israel. A uno de ellos está consagrado
todo el final del Génesis: los caps. 37-50 (excepto 38 y
49) son una biografía de José, el hombre de la sabiduría. Este
relato, que difiere de las narraciones precedentes, se desarrolla sin
intervención visible de Dios y sin ninguna revelación nueva, pero todo
él es una enseñanza: la virtud del sabio recibe su recompensa y la
Providencia divina trueca en bien las faltas de los hombres.
El Génesis constituye un todo completo: es la
historia de los antepasados. Los tres libros siguientes forman un bloque
distinto en el que, dentro del marco de la vida de Moisés, se relata la
formación del pueblo elegido y el establecimiento de su ley social y
religiosa. El Éxodo desarrolla dos temas principales: la liberación de
Egipto, 1 1 - 15 21, y la Alianza en el Sinaí, 19 1
- 40 38; ambos están enlazados mediante un tema secundario: la
marcha por el desierto, 15 22 - 18 27. Moisés, que ha
recibido la revelación del nombre de Yahvé en el monte de Dios, conduce
allá a los israelitas liberados de la servidumbre. Dios, en una teofanía
impresionante, hace alianza con el pueblo y le dicta sus leyes. El
pacto, apenas sellado, queda roto por la adoración del becerro de oro,
pero Dios perdona y renueva la Alianza. Una serie de disposiciones
regula el culto en el desierto.
El Levítico, de carácter casi exclusivamente
legislativo, interrumpe la narración de los sucesos: un ritual de
sacrificios, 1-7; el ceremonial de investidura de los sacerdotes,
aplicado a Aarón y sus hijos, 8-10; las normas sobre lo puro y lo
impuro, 11-15, que concluye con el ritual del gran día de la
Expiación, 16; la «ley de santidad», 17-26, que incluye un
calendario litúrgico, 23, y se cierra con unas bendiciones y
maldiciones, 26. El cap. 27, a modo de apéndice, precisa
las condiciones de rescate de las personas, de los animales y de los
bienes consagrados a Yahvé.
Números reanuda el tema de la marcha por el desierto.
La partida desde el Sinaí se prepara con un censo del pueblo, 1-4,
y las grandes ofrendas con motivo de la dedicación de la Tienda, 7.
Después de celebrar la segunda Pascua, dejan el monte santo, 9-10,
y llegan por etapas a Cadés, donde se realiza un intento desafortunado
de penetración en Canaán por el sur, 11-14. Tras una larga
estancia en Cadés, vuelven a ponerse en camino y llegan a las estepas de
Moab, frente a Jericó, 20-25.Vencen a los madianitas, y las
tribus de Gad y Rubén se establecen en Transjordania, 31-32. En
una lista se resumen las etapas del Éxodo, 33. En torno a estos
relatos se agrupan nuevas disposiciones que completan la legislación del
Sinaí o que preparan el establecimiento en Canaán: 5-6; 8; 15-19;
26-30; 34-36.
El Deuteronomio presenta una estructura especial: es
un código de leyes civiles y religiosas, 12-26 15, intercalado en
un gran discurso de Moisés, 5-11 y 26 16 -28. Este
conjunto, por su parte, está precedido de un primer discurso de Moisés,
1-4, y seguido por otro tercero, 29-30, y luego por trozos
que se refieren a los últimos días de Moisés: misión de Josué, cántico y
bendiciones de Moisés, su muerte, 31-34. El código deuteronómico
repite, en parte, las leyes promulgadas en el desierto. Los discursos
recuerdan los grandes acontecimientos del Éxodo, del Sinaí y de la
conquista que comienza; deducen su sentido religioso, subrayan el
alcance de la ley y exhortan a la fidelidad.
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Composición literaria.
-
La composición de esta extensa recopilación era
atribuida a Moisés, al menos desde el comienzo de nuestra era, y Cristo
y los Apóstoles se acomodaron a esta opinión,
Jn 1 45;
5 45-47; Rm
10 5. Pero las tradiciones más
antiguas jamás habían afirmado explícitamente que Moisés fuera el
redactor de todo el Pentateuco. Cuando el mismo Pentateuco dice, muy
rara vez, que «Moisés ha escrito», aplica la fórmula a un pasaje
particular. De hecho, el estudio moderno de estos libros ha evidenciado
diferencias de estilo, repeticiones y desorden en las narraciones, que
impiden ver en el Pentateuco una obra que haya salido íntegra de la mano
de un solo autor. Después de largos tanteos, a fines del siglo XIX se
había impuesto entre los críticos una teoría, sobre todo bajo la
influencia de los trabajos de Graf y de Welhausen: el Pentateuco sería
la compilación de cuatro documentos, distintos por la fecha y el
ambiente de origen, pero muy posteriores todos ellos a Moisés. Habrían
existido primero dos obras narrativas: el Yahvista (J), que desde el
relato de la Creación usa el nombre de Yahvé, bajo el cual se reveló
Dios a Moisés, y el Elohísta (E), que designa a Dios con el nombre común
de Elohim; el Yahvista habría sido puesto por escrito en el siglo IX en
Judá, el Elohísta algo más tarde en Israel; a raíz de la ruina del Reino
del Norte, ambos documentos habrían sido refundidos en uno solo (JE);
después de Josías, se le habría añadido el Deuteronomio (D) (JED);
después del Destierro, el Código Sacerdotal (P), que contenía sobre todo
leyes y algunos relatos, habría sido unido a aquella recopilación a la
que sirvió de marco y armazón (JEDP).
-
Esta teoría documentaria clásica, que por lo demás
estaba ligada a una concepción evolucionista de las ideas religiosas en
Israel, ha sido discutida con frecuencia; algunos todavía la rechazan en
bloque; otros solamente la aceptan con modificaciones a veces
importantes, y no hay dos autores que concuerden totalmente en la
distribución exacta de los textos entre los diferentes «documentos».
Sobre todo, hoy se coincide en reconocer que no basta la simple crítica
verbal para explicar la composición del Pentateuco. Es preciso añadir un
estudio de las formas literarias y de las tradiciones, orales o
escritas, que precedieron a la redacción de las fuentes.Cada una de
ellas, aun la más reciente (P), contiene elementos muy antiguos. El
descubrimiento de las literaturas muertas del Próximo Oriente y los
progresos realizados por la arqueología y la historia en el conocimiento
de las civilizaciones vecinas de Israel, han mostrado que muchas de las
leyes o de las instituciones del Pentateuco tenían paralelos
extrabíblicos muy anteriores a las fechas que se atribuyen a los
«documentos», y que una porción de relatos suponen un medio distinto -y
más antiguo- que aquel en que habrían sido redactados tales documentos.
Diversos elementos tradicionales se conservaron en los santuarios o
fueron transmitidos por los recitadores populares. Fueron combinados en
ciclos y, luego, puestos por escrito bajo la presión del medio ambiente
o por la mano de una personalidad dominante. Pero estas redacciones no
constituyeron el punto final: fueron revisadas, recibieron complementos,
fueron finalmente combinadas entre sí para formar el Pentateuco que
poseemos. Las «fuentes» escritas del Pentateuco son momentos
privilegiados de un largo desarrollo, puntos de cristalización dentro de
corrientes de tradición que se originan más arriba y que luego han
seguido corriendo.
-
La pluralidad de estas corrientes de tradición es un
hecho cuya evidencia muestran los duplicados, las repeticiones, las
discordancias que chocan al lector desde las primeras páginas del
Génesis: dos relatos de la creación, 1-2 4 y 2 4 - 3
24; dos genealogías de Caín-Quenán, 4 17s y 5 12-17; dos
relatos combinados del diluvio, 6-8. En la historia patriarcal
hay dos presentaciones de la alianza con Abrahán,
Gn 15
y 17; dos despidos de Agar, 16 y 21; tres relatos
del contratiempo de la mujer de un Patriarca en país extranjero, 12
10-20; 20; 26 1-11; dos historias combinadas de José y sus hermanos en
los últimos capítulos del Génesis. Vienen luego dos relatos de la
vocación de Moisés,
Ex 3 1
- 4 17 y 6 2 - 7 7, dos milagros de las aguas de
Meribá, Ex 17 1-7
y Nm 20 1-13;
dos textos del Decálogo,
Ex 20 1-17
y Dt 5 6-21;
cuatro calendarios litúrgicos,
Ex 23 14-19;
Ex 34 18-23;
Lv 23; Dt
16 1-16. Y podríamos citar
bastantes ejemplos más.Los textos se agrupan por afinidades de lengua,
de forma y de conceptos, que trazan líneas de fuerza paralelas, cuya
trayectoria puede seguirse a través del Pentateuco. Estas afinidades
corresponden a cuatro corrientes de tradición.
-
La tradición «yahvista», así llamada porque utiliza
el nombre divino de Yahvé desde el relato de la creación, tiene un
estilo vivo y pintoresco; de una manera figurada y con talento real para
la narración, da una respuesta profunda a los graves problemas que a
todo hombre se plantean, y las expresiones humanas que utiliza para
hablar de Dios encubren un sentido muy alto de lo divino. Como prólogo a
la historia de los antepasados de Israel, introduce un resumen de la
historia de la humanidad desde la creación de la primera pareja. Esta
tradición tuvo su origen en Judá y quizá, en lo esencial, haya sido
redactada ya en el reinado de Salomón. En el conjunto de los textos que
se le atribuyen se desdobla a veces una corriente paralela, que tiene el
mismo origen, pero que refleja concepciones unas veces más arcaicas y
otras, diferentes; la han designado con las siglas J;s1 (Yahvista
primitivo), o L (fuente «Laica»), o N (fuente «Nómada»). La distinción
parece justificada, pero resulta difícil decidir si se trata de una
corriente independiente o de elementos que el Yahvista ha integrado
respetando su individualidad.
-
La tradición «elohísta» (cuya característica más
externa es el uso del nombre común Elohim para designar a Dios) se
distingue de la tradición yahvista por su estilo más sobrio y también
más monótono, su moral más exigente y por el afán que pone en respetar
la distancia que separa al hombre de Dios. En esta tradición, que no
comienza hasta Abrahán, faltan los relatos de los orígenes.
Probablemente es más reciente que la tradición yahvista y generalmente
su dependencia se atribuye a las tribus del Norte. Hay autores que no
aceptan la existencia de una tradición elohísta independiente y estiman
suficiente la hipótesis de complementos incorporados a la obra yahvista
o de una revisión de esta obra. Sin embargo, además de las
particularidades de estilo y de doctrina, la diferencia de los medios
ambientes de origen y la continuidad de los paralelos, y también de las
divergencias, con la tradición yahvista desde la historia de Abrahán
hasta los relatos de la muerte de Moisés, favorecen la teoría de una
tradición y de una redacción previamente independientes.
-
En consecuencia, hay que tomar en consideración un
hecho importante. Por encima de los rasgos que los distinguen, los
relatos yahvista y elohísta refieren sustancialmente la misma historia:
tienen, pues, estas dos tradiciones un origen común. Los grupos del Sur
y los del Norte compartían la misma tradición que ponía en orden los
recuerdos del pueblo en cuanto a su historia: la sucesión de los tres
Patriarcas, Abrahán, Isaac y Jacob, la salida de Egipto unida a la
teofanía del Sinaí, la conclusión de la Alianza en el Sinaí unida al
establecimiento en Transjordania, última etapa antes de la conquista de
la Tierra Prometida. Esta tradición común quedó establecida, en forma
oral y quizá ya en forma escrita, desde la época de los Jueces, es
decir, cuando Israel comenzaba a existir como pueblo.
-
Las tradiciones «yahvista» y «elohísta» contienen muy
pocos textos legislativos; el más importante es el código de la Alianza,
sobre el cual volveremos. Por el contrario, las leyes constituyen la
parte principal de la tradición «sacerdotal», que pone interés especial
en la organización del santuario, en los sacrificios y en las fiestas,
en la persona y en las funciones de Aarón y sus descendientes. Además de
textos legislativos e institucionales, contiene también partes
narrativas especialmente desarrolladas cuando sirven para expresar el
espíritu legalista o litúrgico que la anima.Gusta de los cómputos y
genealogías, y se deja reconocer fácilmente por su vocabulario
particular y por su estilo, en general abstracto y redundante. Esta
tradición procede de los sacerdotes del templo de Jerusalén; ha
conservado elementos antiguos, pero no quedó constituida hasta el
Destierro y no se impuso hasta después del regreso. Se distinguen en
ella varios estratos redaccionales. Por lo demás, resulta difícil
decidir si esta tradición sacerdotal ha tenido alguna vez una existencia
independiente como obra literaria o si, más probablemente, no habrán
sido uno o varios los redactores representantes de esta tradición los
que han incrustado sus elementos en las tradiciones ya existentes y han
dado al Pentateuco, mediante una labor de edición, su forma definitiva.
-
En el Génesis se sigue con bastante facilidad el hilo
de las tres tradiciones, yahvista, elohísta y sacerdotal. Después del
Génesis, la corriente sacerdotal puede aislarse sin dificultad,
especialmente al fin del Éxodo, en todo el Levítico y en gran parte de
Números, pero resulta más difícil distribuir el resto entre las
corrientes yahvista y elohísta. Después de Números y hasta los últimos
capítulos del Deuteronomio, 31 y 34, las tres corrientes
desaparecen y una tradición única las sustituye, la del Deuteronomio.
Ésta se caracteriza por un estilo muy particular, amplio y oratorio, en
el que se repiten a menudo las mismas fórmulas rotundas, y por una
doctrina afirmada constantemente: Dios, por puro beneplácito, ha elegido
a Israel de entre todos los pueblos como pueblo suyo; pero esta elección
y el pacto que la sanciona exigen como condición la fidelidad de Israel
a la ley de su Dios y al culto legítimo que debe tributarle en un
santuario único. El Deuteronomio es el resultado final de una tradición
que entronca con la corriente elohísta y con el movimiento profético, y
cuya voz se percibe ya en textos relativamente antiguos.
El núcleo del
Deuteronomio puede representar los usos del Norte llevados a Judá por
los levitas después de la ruina de Samaría. Esta ley, acaso encuadrada
ya en un discurso de Moisés, fue depositada en el templo de Jerusalén.
Allí fue hallada por Josías, y su promulgación favoreció la causa de la
reforma religiosa; otra nueva edición tuvo lugar al comienzo del
Destierro.
-
A partir de estos diferentes cuerpos de tradición, el
crecimiento del Pentateuco tuvo lugar en varias etapas, pero es difícil
determinar con precisión sus fechas. Las tradiciones yahvista y elohísta
se combinaron en Judá hacia el final de la época monárquica, acaso bajo
el reinado de Ezequías, en que sabemos por
Pr 25 1
que se compilaron antiguas obras literarias. Antes del fin del
Destierro, el Deuteronomio, considerado como ley dada por Moisés en Moab,
fue incluido entre el final de Números y los relatos atribuidos a Josué
y la muerte de Moisés,
Dt 31
y 34.
Es posible que la adición de la tradición sacerdotal o, si se prefiere,
la intervención de los primeros redactores sacerdotales, haya ocurrido
poco después. En cualquier caso, la «ley de Moisés», traída de Babilonia
por Esdras, parece representar a todo el Pentateuco, próximo ya a su
fórmula final.
-
Las relaciones entre el Pentateuco y los libros
bíblicos que siguen han dado ocasión a hipótesis contrarias. Hay autores
que desde hace mucho tiempo hablan de un «Hexateuco», obra en seis
libros que habría incluido Josué y el comienzo de Jueces. En efecto,
vuelven a encontrar en él la continuación de las tres fuentes J, E, P
del Pentateuco y advierten que el tema de la promesa, que tan a menudo
se repite en los relatos del Pentateuco, exige que esos relatos hayan
narrado también la realización, que es la conquista de la Tierra
Prometida. Luego, el libro de Josué habría sido separado de este
conjunto y se habría convertido en el primero de los libros históricos.
Autores más recientes hablan, por el contrario, de un «Tetrateuco», obra
en cuatro libros, que no habría comprendido el Deuteronomio. Éste habría
servido primeramente de introducción a una gran «historia
deuteronomista» que llegaría hasta el fin de los Reyes. Luego, el
Deuteronomio habría sido separado cuando se quiso reunir en un mismo
conjunto, nuestro Pentateuco, todo lo que concernía a la persona y la
obra de Moisés. Esta segunda opinión es la que mantendremos, con algunas
reservas, en la introducción a los libros históricos, y que algunas de
las notas la suponen ya. Pero reconocemos que solamente es una
hipótesis, como lo es, por lo demás, la opinión opuesta de un Hexateuco.
-
Hemos visto que la misma incertidumbre afectaba a
muchos de los problemas que plantea la composición del Pentateuco. Ésta
se ha prolongado al menos durante seis siglos y refleja los cambios de
la vida nacional y religiosa de Israel. Con todo, y a pesar de tales
vicisitudes, el desarrollo aparece finalmente homogéneo.Hemos dicho que
las tradiciones narrativas se remontan en sus orígenes a la época en que
se estaba formando el pueblo de Israel. Las mismas observaciones, algo
matizadas, valen para las secciones legislativas: éstas contienen un
derecho civil y religioso que ha evolucionado junto con la comunidad a
la que regía, pero su origen se confunde con el del pueblo. Esta
continuidad tiene un fundamento religioso: la fe en Yahvé fue la que
forjó la unidad del pueblo, la misma fe unificó el desarrollo de la
tradición. Ahora bien, los comienzos del yahvismo están dominados por la
personalidad de Moisés. Éste fue el iniciador religioso del pueblo y su
primer legislador.Las tradiciones anteriores que en él desembocan y el
recuerdo de los acontecimientos que él dirigió se convirtieron en la
epopeya nacional; la religión de Moisés marcó para siempre la fe y las
prácticas del pueblo; la ley de Moisés quedó como norma suya. Las
adaptaciones exigidas por la mudanza de los tiempos se hicieron conforme
a su espíritu y se escudaron en su autoridad. Poca importancia tiene el
que no podamos atribuirle con seguridad la redacción de ninguno de los
textos del Pentateuco: él es el personaje central, y la tradición judía
tenía razón al llamar al Pentateuco el libro de la Ley de Moisés.
-
Los relatos y la
historia.
-
Sería absurdo pedir a estas tradiciones, que eran el
patrimonio vivo de un pueblo y que le daban el sentimiento de su unidad
y sostenían su fe, el rigor que aplicaría un historiador moderno, pero
sería igualmente ilegítimo negarles toda verdad por carecer de tal
rigor.
-
Los once primeros capítulos del Génesis deben ser
considerados aparte. Describen, en forma popular, el origen del género
humano; exponen en un estilo sencillo y figurativo, acomodado a la
mentalidad de un pueblo poco culto, las verdades fundamentales e
imprescindibles para comprender la economía de la salvación: la creación
por Dios en el comienzo de los tiempos, la intervención especial de Dios
para formar al hombre y a la mujer, la unidad del género humano, el
pecado de los primeros padres, la decadencia progresiva y los castigos
hereditarios que constituyeron su sanción. Pero estas verdades, que
afectan al dogma, y que la autoridad de la Escritura garantiza, son a la
vez hechos, y si las verdades son ciertas, presuponen hechos que son
reales, aunque no nos sea posible perfilar su contorno bajo el mítico
ropaje que, conforme a la mentalidad del tiempo y del medio ambiente, se
les ha puesto.
-
La historia patriarcal es una historia de familia:
reúne los recuerdos que se conservan de los antepasados, Abrahán, Isaac,
Jacob, José. Es una historia popular: se detiene en anécdotas personales
y en rasgos pintorescos sin ninguna preocupación por relacionar estas
narraciones con la historia general. Es, en fin, una historia religiosa:
todos los momentos decisivos están marcados por una intervención divina,
y en ellos todo aparece como providencial: concepción teológica
verdadera desde un punto de vista superior, pero que descuida la acción
de las causas segundas; además, los hechos se introducen, se explican y
se agrupan en orden a demostrar una tesis religiosa: hay un Dios que ha
formado a un pueblo y le ado ado ]un[ el ta. Pero estos relatos son
históricos en el sentido de que, a su manera, narran acontecimientos
reales, que dan una imagen fiel del origen y migraciones de los
antepasados de Israel, y de sus vínculos geográficos y étnicos, de su
conducta moral y religiosa.Los recelos de que han sido objeto estos
relatos deberían ceder ante el testimonio favorable que les aportan los
recientes descubrimientos de la historia y de la arqueología orientales.
-
Tras una amplia laguna, Éxodo y Números, que tienen
su eco en los primeros caps. del Deuteronomio, refieren los sucesos
transcurridos desde el nacimiento hasta la muerte de Moisés: la salida
de Egipto, la permanencia en el Sinaí, la subida hacia Cadés, la marcha
a través de Transjordania y el establecimiento en las estepas de Moab.
Si se niega la realidad histórica de estos hechos y de la persona de
Moisés, se hace inexplicable la historia posterior de Israel, su
fidelidad al yahvismo, su adhesión a la Ley. Con todo, se debe reconocer
que la importancia de estos recuerdos para la vida del pueblo y la
resonancia que tuvieron en los ritos, han dado a los relatos el color de
una gesta heroica (por ejemplo, el paso del Mar) y, en ocasiones, de una
liturgia (como la Pascua). Israel, convertido en pueblo, hace entonces
su entrada en la historia general, y aunque ningún documento antiguo lo
mencione todavía, salvo una alusión oscura en la estela del faraón
Merneftah, lo que dice la Biblia concuerda en líneas generales con lo
que los textos y la arqueología nos enseñan acerca de la bajada a Egipto
de los grupos semíticos y acerca de la administración egipcia del Delta
y del estado político de Transjordania.
-
La tarea del historiador moderno consiste en
confrontar estos datos de la Biblia con los hechos de la historia
general. Con las reservas que imponen la insuficiencia de datos de la
Biblia y la incertidumbre de la cronología extrabíblica, se podrá decir
que Abrahán vivía en Canaán alrededor de 1850 a.C., que José se
encumbraba en Egipto y que los otros «hijos de Jacob» se reunieron con
él allí poco después de 1700.
-
En cuanto a la fecha del Éxodo no podemos fiarnos de
las indicaciones de
1 R 6 1
y Jc 11 26,
que son secundarias y proceden de cómputos artificiales. Pero la Biblia
encierra una indicación decisiva: según el texto antiguo de
Ex 1 11,
los hebreos trabajaron en la construcción de las ciudades de depósito,
Pitom y Ramsés. En consecuencia, el Éxodo es posterior a la toma del
poder por Ramsés II, que fundó la ciudad de Ramsés. Aquí, los vastos
trabajos se iniciaron desde los comienzos de su reinado y es probable
que la salida del grupo de Moisés tuviera lugar en la primera mitad o
hacia mediados de este largo reinado (1290-1224), digamos que hacia el
1250 a.C., o poco antes. Si tenemos en cuenta la tradición bíblica de la
estancia en el desierto durante una generación, el establecimiento en
Transjordania se situaría en las proximidades del 1225 a.C. Concuerdan
estos datos con las informaciones de la historia general sobre la
residencia de los Faraones de la Dinastía XIX en el Delta del Nilo,
sobre el debilitamiento del control egipcio en Siria-Palestina al final
del reinado de Ramsés II, sobre los disturbios que sacudieron todo el
Oriente Próximo al final del siglo XIII. Concuerdan también con las
indicaciones de la arqueología sobre el comienzo de la Edad del Hierro,
que coincide con el establecimiento de los israelitas en Canaán.
-
La legislación.
-
En la Biblia judía, el Pentateuco se llama la Ley, la
Torá; en realidad recoge el conjunto de prescripciones que regulaban la
vida moral, social y religiosa del pueblo.Para nuestros ojos modernos,
el rasgo más llamativo de esta legislación es su carácter religioso.
Este aspecto se encuentra asimismo en algunos Códigos del Oriente
antiguo, pero en ninguna parte se da tanta compenetración de lo sagrado
y lo profano; en Israel, la ley es dictada por Dios y regula los deberes
para con Dios; sus prescripciones están motivadas por consideraciones
religiosas. Esto parece obvio por lo que toca a las reglas morales del
Decálogo o a las leyes cultuales del Levítico, pero es aún más
significativo el que en una misma colección se mezclen leyes civiles y
criminales y preceptos religiosos, y que el conjunto se presente como la
carta de la alianza con Yahveh. Por natural consecuencia, la formulación
de dichas leyes se vincula a las narraciones de los acontecimientos del
desierto, donde se concluyó la alianza.
-
Puesto que las leyes se hacen para que sean
aplicadas, había que adaptarlas a las condiciones variables de cada
ambiente y tiempo. Esto explica que en los conjuntos que vamos a
examinar se encuentren a la vez elementos antiguos y fórmulas o
disposiciones que atestiguan otras preocupaciones nuevas. Por otra
parte, en esta materia, Israel fue necesariamente tributario de sus
vecinos. Algunas disposiciones del Código de la Alianza o del
Deuteronomio reaparecen con rara semejanza en los códigos de
Mesopotamia, en la compilación de las Leyes asirias o en el Código
hitita. No hubo calco alguno directo, sino que tales coincidencias se
explican por la irradiación de las legislaciones extranjeras o por un
derecho consuetudinario que había llegado a ser en parte patrimonio
común del Próximo Oriente antiguo. Además, a raíz del Éxodo, el influjo
cananeo se dejó sentir fuertemente en la expresión de las leyes y en las
formas del culto.
-
El Decálogo, las «Diez Palabras» inscritas en las
Tablas del Sinaí, promulga la fe fundamental, moral y religiosa de la
Alianza. Se da dos veces,
Ex 20 2-17
y Dt 5 6-18,
con variantes bastante notables: ambos textos se remontan a una forma
primitiva, más breve, y no hay ningún argumento de valor que contradiga
su origen mosaico.
-
El Código (elohísta) de la Alianza,
Ex 20 22
- 23 33 (más estrictamente:
Ex 20 24
- 23 9) fue incluido entre el Decálogo y la conclusión de la
alianza del Sinaí, pero responde a una situación posterior a la época de
Moisés. Es el derecho de una sociedad de pastores y campesinos, y el
interés que presta a las bestias de labor, a los trabajos del campo y de
las viñas y a las casas, supone que la sedentarización es ya un hecho.
Sólo entonces pudo Israel conocer y practicar el derecho
consuetudinario, del que es deudor este Código y que explica sus
paralelos exactos con los Códigos mesopotámicos, pero el Código de la
Alianza está penetrado por el espíritu del Yahvismo, que a menudo
reacciona contra la civilización de Canaán. Agrupa, sin plan
sistemático, colecciones de preceptos que se distinguen por su objeto y
por su formulación: «casuística» o condicional y «apodíctica» o
imperativa. La colección tuvo en un principio existencia independiente.
Ciertamente es anterior al Deuteronomio, que lo utiliza, no contiene
ninguna referencia a las instituciones de la monarquía y por lo mismo
puede remontarse al período de los Jueces. Su inclusión en los relatos
del Sinaí es anterior a la composición del Deuteronomio.
-
El Código Deuteronómico,
Dt 12 1
- 26 15, constituye la parte central del libro del Deuteronomio,
cuyas características e historia literaria hemos descrito más
arriba.Repite una parte de las leyes del Código de la Alianza, pero las
adapta a los cambios de la vida económica y social; por ejemplo, en lo
tocante a la remisión de las deudas y al estatuto de los esclavos,
comparar Dt 15
1-11 y
Ex 23 10-11;
Dt 15 12-18
y Ex 21 2-11.
Pero ya desde su primer precepto se opone en un punto importante al
Código de la Alianza: éste había legitimado la multiplicidad de
santuarios, Ex 20
24; el Deuteronomio impone la ley
de la unicidad de lugar de culto,
Dt 12 2-12,
y esta centralización produce modificaciones en las reglas antiguas
referentes a los sacrificios, los diezmos y las fiestas. El Código
Deuteronómico contiene también prescripciones extrañas al Código de la
Alianza y a veces arcaicas, que proceden de fuentes desconocidas. Lo que
le pertenece como algo propio, y que señala el cambio de los tiempos, es
la preocupación por proteger a los débiles, la apelación constante a los
derechos de Dios sobre su tierra y sobre su pueblo, y el tono
exhortatorio de que están imbuidas estas prescripciones legales.
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El Levítico, aunque no recibió su forma definitiva
hasta después del Destierro, contiene elementos muy antiguos: por
ejemplo, las prohibiciones alimenticias, 11, o las reglas de
pureza, 13-15; el ceremonial posterior del gran día de la
Expiación, 16, superpone un concepto muy elaborado del pecado a
un viejo rito de purificación. Los caps. 17-26 forman un conjunto
que se llama la Ley de Santidad y que al principio existió
independientemente del Pentateuco. Esta Ley agrupa elementos diversos,
de los que algunos pueden remontarse hasta la época nómada, por ejemplo
18, otros todavía son preexílicos y otros más recientes. Una
primera colección quedó constituida en Jerusalén poco antes del
Destierro y pudo conocerla Ezequiel, que tiene muchas semejanzas de
lenguaje y de fondo con la Ley de Santidad. Pero ésta no se publicó
hasta el Destierro, antes de que fuera unida al Pentateuco por los
redactores sacerdotales, que la adaptaron al resto del material que
estaban reuniendo.
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Sentido religioso.
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La religión del AT, como la del Nuevo, es una
religión histórica; se funda en la revelación hecha por Dios a
determinados hombres, en determinados lugares y en determinadas
circunstancias, así como en las intervenciones de Dios en determinados
momentos de la evolución humana.El Pentateuco, que reproduce la historia
de estas relaciones de Dios con el mundo, es el fundamento de la
religión judía y se ha convertido en su libro canónico por excelencia,
su Ley.
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En él encontraba el israelita la explicación de su
destino. No sólo tenía, al comienzo del Génesis, respuesta para los
problemas que se plantea todo hombre acerca del mundo y la vida, el
sufrimiento y la muerte, sino que encontraba también respuesta para su
problema particular: ¿por qué Yahvé, el Único, es el Dios de Israel; por
qué Israel es su pueblo entre todas las naciones de la tierra? Porque
Israel ha recibido la promesa. El Pentateuco es el libro de las
promesas: a Adán y Eva después de su caída, el anuncio de la salvación
lejana, el Proto-evangelio; a Noé después del diluvio, la garantía de un
nuevo orden del mundo; y a Abrahán sobre todo.La promesa que se le hace
es renovada a Isaac y Jacob, y alcanza a todo el pueblo nacido de ellos.
Esta promesa se refiere inmediatamente a la posesión del país en que
vivieron los Patriarcas, la Tierra Prometida, pero implica mucho más:
significa que existen entre Israel y el Dios de los Padres relaciones
especiales, únicas.
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Porque Yahvé ha llamado a Abrahán y en esta vocación
se prefigura la elección de Israel. Yahvé es quien ha hecho de él un
pueblo y de este pueblo su pueblo, por una elección gratuita, por un
designio amoroso, concebido desde la creación y continuado a través de
todas las infidelidades de los hombres.
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Esta promesa y esta elección están garantizadas por
una alianza. El Pentateuco es también el libro de las alianzas. Hay una,
aunque tácita, con Adán; es ya explícita con Noé, con Abrahán y,
finalmente, con todo el pueblo por ministerio de Moisés. No es un pacto
entre iguales porque Dios no lo necesita, y Él es quien toma la
iniciativa. Sin embargo, Él se compromete, se ata en cierto modo con las
promesas que ha hecho. Pero exige como contrapartida la fidelidad de su
pueblo: la negativa de Israel, su pecado, puede romper el lazo que el
amor de Dios ha formado.
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Las condiciones de esta fidelidad están reguladas por
el mismo Dios. Dios da su Ley al pueblo que para sí se ha elegido. La
Ley le enseña sus deberes, regula su conducta conforme al querer divino
y, manteniendo la Alianza, prepara la realización de las promesas.
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Estos temas de la Promesa, de la Elección, de la
Alianza y de la Ley son los hilos de oro que se entrecruzan en la trama
del Pentateuco y que atraviesan luego por todo el AT. Porque el
Pentateuco no es completo en sí mismo: refiere la promesa, pero no la
realización, puesto que termina antes de la entrada en Tierra Santa.
Debía seguir abierto como una esperanza y un apremio: esperanza en las
promesas, que la conquista de Canaán pareció cumplir,
Jos 23,
pero que los pecados del pueblo habrían de comprometer y que los
deportados recordarían en Babilonia; apremio de una ley siempre urgente,
ley que quedaba en Israel como testigo contra él,
Dt 31 26.
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Esto duró hasta Cristo, que es el término hacia el
que oscuramente tendía esta historia de salvación y que le da todo su
sentido. San Pablo desentraña el alcance de este hecho, sobre todo
Ga 3 15-29.Cristo
selló la Nueva Alianza prefigurada por los antiguos pactos y ha hecho
entrar en ella a los cristianos, herederos de Abrahán por la fe. En
cuanto a la Ley, fue dada para guardar las promesas, como pedagogo que
conduce hacia Cristo, en quien estas promesas se realizan.
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El cristiano no está ya bajo el pedagogo, se
encuentra liberado de las observancias de la Ley, mas no de su enseñanza
moral y religiosa. Porque Cristo no ha venido a abrogar sino a
completar, Mt 5 17;
el NT no se opone al Antiguo: lo prolonga. La Iglesia no sólo ha
reconocido en los grandes eventos de la época patriarcal y mosaica, en
las fiestas y ritos del desierto (sacrificio de Isaac, paso del mar
Rojo, la Pascua, etc.) las realidades de la Nueva Ley (sacrificio de
Cristo, bautismo, la Pascua cristiana), sino que la fe cristiana exige
la misma actitud fundamental que los relatos y los preceptos del
Pentateuco prescribían a los israelitas. Más aún: en su itinerario hacia
Dios, toda alma atraviesa las mismas etapas de desprendimiento, de
tribulación y de purificación por donde pasó el pueblo elegido y
encuentra su instrucción en las lecciones que se dieron a éste.
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Una lectura cristiana del Pentateuco debe seguir ante
todo el curso de los relatos: el Génesis, tras haber opuesto a las
bondades del Dios Creador las infidelidades del hombre pecador, muestra
en los Patriarcas la recompensa concedida a la fe; el Éxodo es el
esquema de nuestra redención; Números representa el tiempo de prueba en
que Dios instruye y castiga a sus hijos preparando la congregación de
los elegidos. El Levítico se leerá con mayor fruto en conexión con los
últimos capítulos de Ezequiel o después de los libros de Esdras y
Nehemías; el sacrificio único de Cristo ha hecho caducar el ceremonial
del antiguo Templo, pero sus exigencias de pureza y de santidad en el
servicio de Dios siguen siendo una lección siempre valedera. La lectura
del Deuteronomio encajará perfectamente con la de Jeremías, el profeta a
quien más se aproxima por el tiempo y por el espíritu.
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