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Introducción general
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El AT comprende un segundo grupo de libros históricos
que en gran parte reiteran y luego prosiguen la historia deuteronomista
que abarca de Josué al fin de los Reyes. Se trata de los dos libros de las
Crónicas, y además del libro de Esdras y, según la opinión común, del
libro de Nehemías. Los dos libros de las Crónicas formaban primitivamente
uno solo, y los libros de Esdras y Nehemías integraban el mismo conjunto,
obra de un solo autor. No sólo encontramos en ellos el mismo estilo y las
mismas ideas fundamentales, sino que la repetición, al comienzo de Esd
1, de los versículos con que concluye 2 Cro 36, certifica la
unidad de composición.
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Son, pues, los libros de las Crónicas (según el título
hebreo; la Biblia griega y la Vulgata los llaman «Paralipómenos», es
decir, los libros que refieren las «cosas omitidas», que añaden un
complemento) obra del Judaísmo postexílico, de una época en que el pueblo,
privado de su independencia política, gozaba con todo de una especie de
autonomía reconocida por los dueños del Oriente: vivía bajo la dirección
de sus sacerdotes, según las reglas de su ley religiosa. El Templo y sus
ceremonias eran el centro de la vida nacional.Pero este marco legalista y
ritual recibe vida de una corriente de piedad personal, de las doctrinas
sapienciales, del recuerdo de las glorias o de las debilidades del pasado
y de la confianza en las promesas de los profetas.
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El autor de las Crónicas, un levita de Jerusalén, es
profundamente adicto a este medio.
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Escribe después de Esdras y Nehemías, bastante tiempo
después, puesto que puede combinar a su gusto las fuentes que a aquéllos
se refieren. La fecha más probable parece ser el comienzo de la época
griega, antes del año 300 a.C. El libro recibió después adiciones
procedentes de una o de varias manos. En especial fueron ampliados los
cuadros genealógicos de 1 Cro 2-9 y se añadieron listas de nombres,
probablemente las de los partidarios de David, 1 Cro 12, las de
sacerdotes y levitas, 1 Cro 15, y la larga adición de 23 3 -
27 34, que es un recuento del personal cultual y administrativo de
David.
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Estos complementos, que posiblemente utilizaron
excelentes documentos, siguen la línea de pensamiento del Cronista.
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Muestra gran interés por el Templo. El clero desempeña
en su obra un papel preeminente: no sólo los sacerdotes y los levitas,
según el espíritu del Deuteronomio y de los textos sacerdotales del
Pentateuco, sino también las clases inferiores del clero, los porteros y
los cantores, equiparados en adelante a los levitas. La santificación del
clero se extiende a los seglares mediante la participación de éstos en los
sacrificios de comunión, que ante el Cronista recuperan su antigua
importancia. Esta comunidad santa no se restringe exclusivamente a los de
Judá: por encima de la apostasía del reino de Israel, del que habla lo
menos posible, se imagina a las Doce Tribus unidas bajo el cetro de David
y, por encima de las circunstancias del momento, espera la reunión de
todos los hijos de Israel. Ni aun los mismos paganos quedan excluidos de
la oración del Templo. «Israel» es para él todo el pueblo fiel, con el que
Dios había concertado en otro tiempo una alianza y con el que ha renovado
aquella alianza en la persona de David. Bajo David se realizaron mejor que
nunca las condiciones de la teocracia del reino de Dios sobre la tierra; y
en el espíritu de David debe vivir la comunidad, con un afán constante de
reforma que es una vuelta a las tradiciones, para que Dios le conserve su
favor y cumpla sus promesas.
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El centro de interés permanente de esta larga historia
es el Templo de Jerusalén y su culto, desde los preparativos bajo David
hasta la restauración llevada a cabo por la comunidad vuelta del
Destierro.
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Estos grandes pensamientos del Cronista explican la
composición de su obra.Los primeros caps., 1 Cro 1-9, ofrecen
listas genealógicas que se detienen más en la tribu de Judá y la
descendencia de David, en los levitas y en los habitantes de Jerusalén.
Esto sirve de introducción a la historia de David, que ocupa todo el final
del primer libro, 10-29. Se omiten las desavenencias con Saúl, así
como el pecado con Betsabé, los dramas de familia y las rebeliones, pero
se da relieve a la profecía de Natán, 17, y se concede una
importancia considerable a las instituciones religiosas: traslado del arca
y organización del culto en Jerusalén, 13, 15-16, preparativos para
la construcción del Templo, 21-29. David ha levantado el plano,
reunido los materiales, ha organizado las funciones del clero hasta en los
detalles, y ha dejado la realización a su hijo Salomón. En la historia de
éste, 2 Cro 1-9, la construcción del Templo, la oración del rey en
la dedicación y las promesas con que Dios corresponde, ocupan la mayor
parte. A partir del cisma, el Cronista sólo se preocupa del reino de Judá
y de la dinastía davídica. A los reyes se les juzga conforme a su
fidelidad o infidelidad a los principios de la alianza, según se aproximen
o se aparten del modelo dado por David, 2 Cro 10-36. A los
desórdenes siguen las reformas, y las más profundas de éstas son las de
Ezequías y Josías; este último rey tiene sucesores impíos que precipitan
el desastre, pero las Crónicas concluyen con la autorización dada por Ciro
para reconstruir el Templo. Continuación de estas Crónicas, como hemos
dicho, son los libros de Esdras y Nehemías.
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Para escribir esta historia, el autor se ha valido, en
primer lugar, de los libros canónicos: Génesis y Números para las listas
del comienzo, y sobre todo Samuel y Reyes. Los utiliza con libertad, elige
lo que cuadra a su propósito, añade y corta. Con todo, jamás cita estas
fuentes esenciales que nosotros podemos verificar. En cambio, se refiere a
cierto número de otras obras, «libros» de los reyes de Israel o de los
reyes de Israel y de Judá, un «midrás» del libro de los Reyes, «palabras»
o «visiones» de tal o cual profeta, etc. Estos escritos son desconocidos
para nosotros y se discute respecto a su contenido y sus mutuas
relaciones. Probablemente describían los diversos reinos a la luz de las
intervenciones proféticas. Es dudoso que el Cronista se haya valido
también de tradiciones orales.
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Puesto que el Cronista ha dispuesto de fuentes que
nosotros ignoramos y que podían ser dignas de fe, no hay razón para
desconfiar, en principio, de todo lo que añade a los libros canónicos que
nosotros conocemos. Se ha de examinar cada caso en sí, e investigaciones
recientes han vindicado en diversos puntos al Cronista del descrédito en
que le tenían muchos exegetas. Pero también se da el caso de que presente
noticias incompatibles con el cuadro que trazan Samuel o los Reyes, o bien
que modifique a sabiendas lo que dicen estos últimos libros. Este
procedimiento -que no tendría excusa en ningún historiador moderno, cuya
misión es narrar y explicar la sucesión de los hechos- se justifica por la
intención del autor; él no es un historiador, es un teólogo que, a la luz
de las experiencias antiguas y, sobre todo, de la experiencia davídica,
«medita» sobre las condiciones del reino ideal; hace que el pasado, el
presente y el futuro confluyan en una síntesis: proyecta sobre la época de
David toda la organización cultual que tiene ante sus ojos, omite todo lo
que pudiera empequeñecer a su héroe. Fuera de los datos nuevos que
contiene y cuyo valor se puede verificar, su obra no vale tanto para
reconstruir el pasado como para ofrecernos un cuadro del estado y de las
preocupaciones de su época.
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Porque el Cronista escribe para sus contemporáneos. Les
recuerda que la vida de la nación depende de su fidelidad a Dios y que
esta fidelidad se expresa mediante la obediencia a la ley y a la
regularidad de un culto animado por la verdadera piedad.Quiere hacer de su
pueblo una comunidad santa, en cuyo favor se realizarán las promesas
hechas a David. Los hombres religiosos del Judaísmo contemporáneo de
Cristo vivirán en este espíritu, a veces con desviaciones que él no había
previsto. Su enseñanza sobre la primacía de lo espiritual y sobre el
gobierno divino de todos los acontecimientos del mundo tiene un valor
permanente; deberíamos meditarlo en una época como la nuestra, en que la
invasión de lo profano parece retrasar indefinidamente el establecimiento
del reino de Dios.
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Los libros de Esdras y Nehemías formaban un solo «libro
de Esdras» en la Biblia hebrea y en los Setenta. Como ésta retenía el
libro apócrifo griego de Esdras y lo ponía en el primer puesto (Esdras I),
denomina Esdras II al libro de Esdras-Nehemías. En la época cristiana fue
dividido en dos, costumbre que siguió la Vulgata, en la cual Esdras I
equivalía a Esdras, y Esdras II a Nehemías; la misma Vulgata llama Esdras
III al apócrifo griego de Esdras. La designación de los dos libros por sus
dos personajes principales, Esdras y Nehemías, es todavía más reciente y
se ha introducido en las ediciones impresas de la Biblia masorética.
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Los libros de Esdras y Nehemías son, como se ha dicho,
continuación de la obra del Cronista. Después de los cincuenta años de
destierro, del que no habla, vuelve aquél a tomar el hilo de la historia
en el momento en que el edicto de Ciro, 538 a.C., autoriza a los judíos a
volver a Jerusalén para reconstruir el Templo. El regreso escalonado
comienza inmediatamente, pero los trabajos del Templo se interrumpen por
la oposición de los samaritanos y no se reanudan hasta Darío I; el Templo
se acaba el 515. En el medio siglo inmediato, los esfuerzos para levantar
las murallas de Jerusalén son obstaculizados por los mismos samaritanos,
Esd 1-6.Bajo Artajerjes, Esdras, un escriba encargado de los
asuntos judíos en la corte de Persia, llega a Jerusalén con una nueva
caravana. Viene provisto de un decreto que le concede facultades para
imponer a la comunidad la ley de Moisés, reconocida como ley real. Se ve
precisado a tomar severas medidas contra los judíos que habían contraído
matrimonio con mujeres extranjeras, Esd/47-10. Luego, Nehemías,
copero de Artajerjes, logra que el rey le otorgue la misión de ir a
Jerusalén para levantar las murallas. Rápidamente se concluye este
trabajo, a pesar de la oposición de los enemigos, y se repuebla la ciudad
Ne 1
1 - 7 72a.
Entre tanto, Nehemías ha sido nombrado gobernador. Esdras hace una lectura
solemne de la Ley, se celebra la fiesta de las Tiendas, el pueblo confiesa
sus pecados y se compromete a observar la Ley,
Ne 7 72b
- 10 40. Siguen algunas listas y medidas complementarias y la
dedicación de la muralla, 11 1 - 13 3.Nehemías, después de
haber vuelto de Persia, regresa para una nueva misión, durante la cual se
ve obligado a reprimir algunos desórdenes que ya se han introducido en la
comunidad,
Ne 13 4-31.
Se ve, por este resumen, que estos libros tienen mucha
importancia para la historia de la Restauración judía después del
Destierro. Los primeros caps. de Esdras completan las informaciones que se
pueden sacar de los profetas Ageo, Zacarías y Malaquías. Los dos libros
son la única fuente de que disponemos sobre la actividad de Esdras y
Nehemías. La fecha de su composición es anterior a la de las Crónicas;
pero, sobre todo, utilizan y citan textualmente documentos contemporáneos
de los hechos: listas de repatriados o de la repoblación de Jerusalén,
actas de los reyes de Persia, correspondencia con la corte y, sobre todo,
el informe en que Esdras dio cuenta de su misión y la memoria
justificativa de Nehemías.
A pesar de esta abundancia de fuentes, la exégesis de
Esdras y Nehemías está erizada de dificultades, porque los documentos se
presentan en ellos en un orden desconcertante. La lista de los inmigrantes
se da dos veces,
Esd 2
y Ne 7; en la sección de
Esd 4 6
- 6 18, escrita en arameo, los sucesos del tiempo de Darío son
referidos después de los sucesos de los reinados de Jerjes y Artajerjes,
que, sin embargo, se sitúan en los cincuenta años siguientes. Los escritos
procedentes de Esdras y Nehemías han sido fraccionados para luego
reunirlos combinándolos. Utilizando las fechas concretas que se dan en
ellos, el informe de Esdras puede restituirse en el orden siguiente:
Esd 7 1
- 8/436;
Ne 7 72
- 8 18;
Esd 9 1
- 10 44;
Ne 9 1-37.
Pero este documento ha sido rehecho por el Cronista,
quien puso algunas partes en tercera persona, y ha recibido adiciones: la
lista de los culpables de
Esd 10 18.20-44
y las plegarias de
Esd 9 6-15
y Ne/49 6-37. La memoria de Nehemías comprende los trozos
siguientes: 1-2; 3 33 - 7 5; 12 27 - 13 31. El
Cronista ha introducido un documento sobre la reconstrucción de las
murallas, 3 1-32. La lista de los primeros sionistas, 7 6-72a,
se repite en Esd 2. El cap. 10 es otro documento más de
archivo que pone el sello al compromiso aceptado por la comunidad durante
la segunda misión de Nehemías, 13. El marco del cap.11 es
una composición del Cronista, a la que se han añadido listas de la
población de Jerusalén y de Judá y, en el cap. 12, listas de
sacerdotes y levitas.
Se ve que el Cronista ha querido proceder por medio de
series unitarias. En Esd 1-6, su objetivo principal es la
reconstrucción del Templo bajo Darío: agrupa los regresos sucesivos de la
cautividad, difumina la figura de Sesbasar en beneficio de Zorobabel,
forma una especie de expediente antisamaritano. A lo largo de los libros,
presenta a Esdras y Nehemías trabajando juntos en la realización de una
misma obra.
Tales procedimientos literarios plantean graves
problemas a los historiadores. La cuestión más discutida y más difícil
atañe a la cronología de Esdras y Nehemías. Según el orden del libro,
Esdras llegó a Jerusalén el 458, el año siete de Artajerjes I,
Esd 7 8;
Nehemías se le unió el 445, el año veinte del mismo rey,
Ne 2 1.
Permaneció doce años,
Ne 13 6,
es decir, hasta el 433; volvió a Persia por tiempo indeterminado y regresó
para una segunda permanencia, también bajo Artajerjes I, que no murió
hasta el 424. Hay buenos exegetas que conservan este orden tradicional,
pero que, conforme a las indicaciones precisas del mismo libro, limitan a
un año la misión de Esdras, y le hacen volverse antes de la llegada de
Nehemías. Otros exegetas invierten este orden porque les parece que la
obra de Esdras supone ya realizada la de Nehemías. Los datos que
suministra Esdras se referirían no al reinado de Artajerjes I, como los de
Nehemías, sino al reinado de Artajerjes II, y Esdras no habría llegado
hasta el 398. Finalmente, algunos exegetas recientes, concediendo que
Esdras haya venido después de Nehemías, pero negándose a reconocer un
cambio de reinado del que nada dice el texto, hacen venir a Esdras entre
las dos misiones de Nehemías, a costa de una corrección textual de
Esd 7 8:
Esdras habría llegado, no en el año 7, sino en el 37 de Artajerjes, el
428.
Cada una de estas soluciones puede invocar buenos
argumentos, pero también cada una de ellas tropieza con dificultades; el
problema ha de seguir abierto. Sólo un punto es seguro: la actividad de
Nehemías en Jerusalén desde el 445 al 433 a.C.
Por lo demás, para la inteligencia religiosa de los
libros, es de interés secundario. De conformidad con la intención del
autor, presentan un cuadro sintético, pero no engañoso, de la Restauración
judía; y para comprender ésta, importa mucho más conocer las ideas que la
animaron que el orden exacto de los hechos. Los judíos, beneficiándose de
la política religiosa liberal que los Aqueménidas aplicaban en su imperio,
vuelven a la Tierra Prometida, restablecen el culto, restauran el Templo,
levantan las murallas de Jerusalén y viven en comunidad, gobernados por
hombres de su raza y regidos por la Ley de Moisés. Ello no les exige más
que una lealtad, fácil de guardar ante un poder central respetuoso con sus
costumbres. Es un acontecimiento de gran importancia: se trata del
nacimiendo del Judaísmo, preparado en las largas meditaciones del
Destierro y ayudado por la intervención de hombres providenciales.
Después de Zorobabel, que reconstruyó el Templo, pero
cuyos títulos mesiánicos, reconocidos por Ageo y Zacarías,
Ag 2 23;
Za 6 12s,
calla el Cronista, los pioneros de esta restauración fueron Esdras y
Nehemías. Esdras es en verdad el padre del Judaísmo, con sus tres ideas
esenciales: la Raza elegida, el Templo y la Ley. Su ardiente fe y la
necesidad de proteger a la comunidad renaciente explica la intransigencia
de sus reformas y el particularismo que impuso a los suyos. Es el modelo
de los escribas y su figura ha venido agrandándose en la tradición judía.
Nehemías está al servicio de las mismas ideas, pero actúa en otro plano:
en la Jerusalén restaurada y repoblada por él, ofrece a su pueblo la
posibilidad y el placer de una vida nacional. En su memoria, más personal
que el informe de Esdras, se nos muestra sensible y humano, arriesgándose
personalmente, pero prudente y reflexivo, confiando en Dios, a quien ora
con frecuencia. Dejó un gran recuerdo y Ben Sirá canta el elogio del «que
nos levantó las murallas en ruinas»,
Si 49 13.
No ha de extrañarnos que, en esta reagrupación de la
comunidad en torno al Templo y bajo la égida de la Ley, el Cronista haya
visto una realización del ideal teocrático que él había proclamado en las
Crónicas. Sabe que hay que esperar algo más; pero es que su dependencia de
los documentos que reproduce es mayor que en las Crónicas: conserva su
tono particularista que las circunstancias justifican, y, en relación con
la esperanza mesiánica, respeta su silencio, inspirado sin duda en una
honrada lealtad. Escribe en medio de este período de los siglos IV-III
antes de nuestra era, que tan mal conocemos y en el que la comunidad de
Jerusalén, replegada sobre sí misma, se reconstruye en silencio y adquiere
hondura espiritual.
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