
Ruinas de Ur de Caldea
Unidad didáctica 1
Lección 1
Lección 3 |
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Lección 2:
Los libros históricos
del AT en el canon de la Escritura
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INTRODUCCIÓN
ESQUEMÁTICA
• Históricos
– Génesis, Éxodo,
Levítico, Números, Deuteronomio
– Josué, Jueces,
Rut, 1-4 Reyes, 1-2 Crónicas, Esdras-Nehemías, Tobías, Judit, Ester
– 1 y 2 Macabeos
• Poéticos y Sapienciales
– Job, Salmos
– Proverbios,
Eclesiastés, Canta, Sabiduría, Eclesiástico
• Proféticos
– Isaías, Jeremías
(Lamentaciones y Baruc), Ezequiel, Daniel
– 12 profetas
menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahún, Habacuc,
Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías

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El nombre de esta
asignatura “Introducción
y exégesis
del Antiguo Testamento I: Libros históricos” plantea un problema
que surge espontáneo al lector de la Biblia cuando compara el índice
de varias de las Biblias que puede encontrar en el mercado. No
todas las Biblias incluyen los mismos libros en el Antiguo Testamento,
ni los sitúan en el mismo orden. Estas diferencias de criterio
obedecen a razones de tipo histórico que conllevan algunas
connotaciones teológicas. En este tema se ofrecer una primera
información del sentido de esas diferencias.
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Canon Judío y
Biblia Hebrea
El conjunto de libros de
la Biblia incluidos en el actual canon judío de las Escrituras se
divide en tres partes fundamentales:
Pentateuco, Profetas y Escritos.
Los judíos denominan al
Pentateuco Torah, a
los Profetas Nebiim y a los Escritos Ketubin; si se juntan las
primeras letran sale Tanak que es
el término con el que denominan ellos a su Biblia hebrea.
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El Pentateuco
(“Torah”) consta de cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y
Deuteronomio.
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En el grupo
de los Profetas (“Nebi’im”) se distingue entre:
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los
Profetas anteriores en donde figuran los libros de
Josué, Jueces,
Samuel y Reyes.
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los
Profetas posteriores:
Isaías, Jeremías, Ezequiel
y los doce profetas menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás,
Miqueas, Nahún, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías).
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En los
Escritos (“Ketubim”) se incluyen los
Salmos, Job,
Proverbios, Rut, Cantar de los cantares, Eclesiastés, Lamentaciones,
Ester, Daniel, Esdras, Nehemías y los libros de las Crónicas.
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Según la tradición de
Israel la Biblia es la manifestación de la palabra de Dios a su pueblo
y a los hombres. Pero esa palabra aparece de distintas formas según su
objeto y las circunstancias de su composición, lo que también se
refleja en el grupo del canon al que pertenece. Un ejemplo servirá
para aclarar esta distinción.
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En el libro
del Éxodo aparece el siguiente mandamiento:
No cometerás adulterio
(Ex 20,14; cfr Dt 5,18). Es una orden divina incontestable. Es
suficiente con que sea manifestación del querer de Dios para que el
mandato tenga plena vigencia.
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En
Oseas se habla de la
realidad sociológica del adulterio, y se presenta como imagen de la
idolatría:
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Pleitead con vuestra madre, pleitead, porque ella no es mi
mujer ni yo soy su marido. Que aparte sus signos de fornicación de su
rostro y sus señales de adulterio de entre sus pechos (Os 2, 4).
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Y me dijo el Señor:
ve de nuevo y ama a una mujer que ama el mal y comete adulterio, corno
ama el Señor a los hijos de Israel, aunque ellos se vuelvan a otros
dioses y gusten de las tortas de uvas pasas (Os 3,1).
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Sobre las cimas de los
montes sacrifican y sobre las colinas queman ofrendas, bajo la encina,
el álamo y el terebinto, porque es grata su sombra. Por eso se
prostituyen vuestras hijas y vuestras nueras cometen adulterio. No
castigaré a vuestras hijas porque se prostituyan ni a vuestras nueras
porque cometan adulterio, porque ellos mismos se apartan con las rameras y con las hieródulas ofrecen sacrificio. Y el pueblo, que no
entiende, se prepara la ruina (Os 4,13‑14). Y, por supuesto, el
adulterio figura entre los pecados en los que el pueblo estaba
inmerso: se perjura, se miente, se asesina, se roba, se comete
adulterio, se abren brechas y se toca sangre con sangre (Os 4,2).
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En el libro de los
Proverbios la prohibición del adulterio está presentada de modo
persuasivo con argumentos racionales:
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Quien
comete adulterio carece de seso, se pierde a sí mismo quien tal hace;
incurre en azotes y deshonor y su oprobio no se borrará; pues los
celos encienden la saña del marido y no tendrá compasión el día de la
venganza, no tendrá en cuenta ninguna indemnización, ni accederá
aunque aumentes el soborno (Prov 6,32‑35).
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En la
Torah, según la
concepción rabínica, se cuenta sobre todo con el argumento de
autoridad: es la palabra de Dios inmutable para todos los tiempos y
circunstancias. En los Profetas se contempla la realidad que circunda
al escritor y a sus lectores a la luz de la palabra de Dios: se
denuncia como un delito religioso el incumplimiento de su mandato e
incluso se incluye dentro de esa prohibición la práctica de la
idolatría para presentarla como algo aún más aborrecible. En la
literatura sapiencial el sabio actúa como un maestro que se sirve de
argumentos racionales para transmitir la misma lección.
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Cuando la Torah dice “haz o no hagas esto”, los Profetas advierten que “lo que
estás haciendo ahora está bien o mal hecho” y los sabios persuaden de
porqué
“vale o no vale la pena hacer tal cosa”.
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Esta visión judía del
conjunto de la Biblia lleva consigo el convencimiento de que en toda
ella se contiene la palabra inspirada por Dios, pero de modos
distintos. En el Pentateuco se contiene la palabra de Dios
estática,
formulada por Dios mismo, palabra por palabra, e incluso letra por
letra, y por tanto de un modo esencialmente inmutable y permanente por
siempre. En los Profetas se contiene una palabra de Dios
dinámica,
renovada y actualizada de día en día por esos hombres elegidos por él
para iluminar con su doctrina las circunstancias siempre cambiantes de
la historia. En los Escritos se escucha
la voz humana que habla con
sentido práctico de las cosas divinas y enseña a presentarlas como
hacederas en la vida ordinaria.
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Se podría decir que esta
división presenta una visión circular de la Escritura, en tres
círculos concéntricos. En el centro está la Torah, núcleo dado por
Dios mismo tal y como está. Alrededor los Profetas, que interpretan la
historia a la luz de la Torah; no aportan nada sustancialmente nuevo
al núcleo original sino que expresan el modo en que ese núcleo ha sido
llevado a la práctica en cada momento ante los problemas que iban
surgiendo. Abarcando todo están los Escritos de los sabios, que
reflexionan sobre los problemas cotidianos que afectan al hombre y al
pueblo a la luz de la Torah. En cada círculo aparece una dimensión
propia: donación, vivencia y reflexión, respectivamente.
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En esta concepción
rabínica de las Escrituras no cabía esperar ninguna superación: Dios
había establecido con su pueblo una Alianza que nunca sería derogada.
Lo único que
cabría esperar es una vivencia cada vez más plena y radical
de lo que ya estaba escrito en la Ley, pues la donación de la Torah a
Moisés en el monte Sinaí constituía la plenitud de la manifestación de
Dios. Es verdad que se esperaba que en “los últimos tiempos” se
cumpliesen las profecías acerca de la venida del Mesías y la
instauración del Reino, pero cuando llegase ese momento no
desaparecerían la Ley ni las instituciones derivadas de ella.
El
momento culminante en las relaciones entre Dios y el pueblo no era la
venida del Mesías sino la donación de la Ley.
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La Biblia Griega
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En las listas de libros
sagrados del Antiguo Testamento de origen cristiano éstos siguen un
orden distinto a la división tradicional del judaísmo de Palestina.
Reflejan
las variaciones en el orden de transmisión de los libros sagrados que
hubo entre los judíos de la diáspora.
En la relación de
esos libros tal y como aparecen en las definiciones del canon
realizadas en los Concilios de Florencia (1442) y Trento
( 1546) aparecen agrupados atendiendo sobre todo al carácter
literario de los libros en libros
“históricos”, “poéticos y sapienciales” y “proféticos”.
Siguen el siguiente orden:
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Al principio están la
mayor parte de los “libros históricos”:
Génesis, Éxodo, Levítico,
Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, los cuatro libros de los
Reyes (1 y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes), los dos libros de las Crónicas,
Esdras y Nehemías, Tobías, Judit y Ester
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A
continuación vienen los “libros poéticos y sapienciales”, que son
Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los cantares,
Sabiduría y Eclesiástico.
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Siguen los
“libros proféticos” que incluyen a
Isaías, Jeremías —con Lamentaciones
y Baruc—, Ezequiel, Daniel y los doce profetas menores: Oseas, Joel,
Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahún, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías
y Mala-quías.
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La lista se cierra con dos “libros históricos” más que
son 1 y 2 Macabeos.
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Comparando esta
clasificación con la tradicional del judaísmo palestinense se puede
apreciar que hay una reorganización entre los bloques fundamentales,
de la que lo más notable es que:
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los “profetas anteriores” se han
incluido entre los “libros históricos” junto con el
Pentateuco.
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Algunos de
los “Escritos” se han incluido entre los “históricos”, como
Rut y
Ester, y otros entre los “Proféticos” como
Lamentaciones y Daniel.
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Por último,
también se han añadido algunos libros que no figuraban en el canon palestinense:
Tobías, Judit, Macabeos, Baruc, Sabiduría y
Eclesiástico, así como algunos suplementos a Daniel y Ester, y la
“carta de Jeremías”.
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Esta clasificación de
los libros está abierta a una valoración teológica distinta.
Se
presenta ahora una visión lineal de la Escritura.
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Los
libros
históricos siguen una línea narrativa que comienza en los orígenes,
continúa con los Patriarcas, la estancia de Israel en Egipto y el
Éxodo, la peregrinación por el Desierto, el establecimiento en la
Tierra Prometida, la Monarquía, el Destierro, la restauración de la
época persa y la revuelta macabea frente a la helenización de
Palestina. Esa línea queda abierta a las puertas de nuestra era.
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Paralelamente
a ese desarrollo lineal van surgiendo los
Profetas que, aunque viven y hablan para una época
determinada, tienen en el horizonte de sus oráculos esa apertura de
sentido que sólo se verá colmada después.
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Los
libros Didácticos y
Poéticos van surgiendo en la línea de la historia, pero también su
contenido y lenguaje permite atisbar nuevas perspectivas. La inclusión
entre ellos de libros compuestos en griego y con un lenguaje cultural
helénico es un testimonio de la apertura universalista de la
colección.
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Tal vez por
eso, esta clasificación de origen Alejandrino ha sido la que ha
proporcionado el orden seguido más habitualmente en las Biblias
cristianas, puesto que esta visión lineal y abierta del proceso de la
Revelación veterotestamentaria permite entender mejor que todo el
Antiguo Testamento mira hacia el Nuevo, en el que encuentra su
plenitud.
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