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Lección
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Lección 18: los libros de las Crónicas |
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INTRODUCCIÓN ESQUEMÁTICA
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DESARROLLO DEL CONTENIDO En el texto hebreo los dos libros que se suelen llamar “Crónicas” reciben el nombre de Dibre hayamim, esto es, “los hechos de los días”, o “diario”. En la versión de los Setenta llevan el nombre de Paraleipómena, es decir, las “cosas dejadas de lado” en los libros anteriores. En las Biblias Hebreas aparecen al final del todo.
Estructura y contenido
Los libros de las Crónicas hablan del pueblo de Dios desde Adán hasta la cautividad de Babilonia. Su contenido se centra especialmente en lo relacionado con el origen del Templo de Jerusalén y la organización del culto que se ofrecía allí. Atendiendo a ese progreso temático se pueden enumerar las siguientes secciones: 1. Desde Adán hasta David (1 Cr 1,1‑10,14). Todo este largo periodo de tiempo se cubre principalmente por medio de genealogías. Tienen particular importancia las de los hijos de Jacob, sobre todo Judá y Leví. Algunas se prolongan hasta la época del destierro. 2. David (1 Cr 11,1‑ 29,30). La parte narrativa del libro comienza con la muerte de Saúl, por causa de su infidelidad. En seguida el autor se centra en la figura de David y se detiene sobre todo en lo relativo al traslado del arca, los preparativos para la construcción del Templo y la organización del culto. A lo largo de toda la sección se resalta la grandeza del rey 3. Salomón (2 Cr l,1‑ 9,31). El sucesor de David está lleno de sabiduría y tiene el honor de llevar a cabo la construcción del templo, durante un reinado en el que la grandeza llega a su culmen con la plena realización de los proyectos de David. 4. Los reyes de Judá (2 Cr 10,1-36,23). Prescindiendo del Reino del Norte, el autor pasa revista a todos los reyes de Judá valorando su actuación a la luz del modelo que tenían en David, y ponderando las reformas religiosas que algunos llevaron a cabo. Éstos fueron: Asá, Josafat, Joás, Ezequías, Josías y Manasés, de quien se dice que se convirtió. El libro termina dando noticia del final del reino, el edicto de Ciro y la restauración del Templo.
Fuentes bíblicas y extrabíblicas
Fundamentalmente estos libros repiten escritos antiguos, que se completan con tradiciones orales. Las principales fuentes son: a) Escritos sagrados: Las genealogías del principio coinciden con los datos de Génesis, Éxodo, Números, Josué, Rut, etc. En los textos sobre los Reyes hay numerosos relatos completos que coinciden casi literalmente con textos de los libros de Samuel y de los Reyes. Aunque actualmente se piensa que esos libros no estaban entonces totalmente terminados, es probable que el autor dispusiera de una versión bastante parecida a la definitiva. b) Fuentes profanas oficiales: Hay varias obras que se citan explícitamente como fuentes de lo que se narra: el Libro de los Reyes de Israel y de Judá (Cf. 2 Cr 27,7 y 2 Cr 16,11), el Libro de los Reyes de Israel (Cf. 1 Cr 9,1) y los Hechos de los reyes de Israel (Cf. 2 Cr 33,18). Además, se cita el Midrás del libro de los Reyes (2 Cr 24,27). Es posible que estas obras fueran simples compilaciones de documentos y relatos sin una unidad estructurada. c) Fuentes proféticas: Se trata normalmente de relatos o dichos relacionados con algunos personajes conocidos, a algunos de los cuales se los considera profetas. En entre ellos se cuentan los relatos de Samuel, el vidente (1 Cr 29,29), Natán el profeta (2 Cr 9,29), Gad, el vidente (1 Cr 29-,29), Iddo el vidente (2 Cr 9,29), Semayá el profeta (2 Cr 12,15), Yehu, hijo de Jananí (2 Cr 20-,34), el Midrás de Iddo el profeta (2 Cr 13,22), la visión de Isaías (2 Cr 32,32), Ajías de Silo (2 Cr 9,29) y la relación de los hechos de Ozías redactada por el profeta Isaías (2 Cr 26,22). No obstante es posible que en muchas de estas atribuciones estemos conforme al uso de la época ante casos de pseudonomía. d) Tradiciones orales: recuerdos conservados en Judá, trasmitidos por los repatriados al regreso del Destierro, y conservados durante la época persa. Con todos estos materiales previos el autor quiso redactar una historia, pero al mismo tiempo quiso transmitir una enseñanza religiosa. La fecha de composición más probable es hacia el año 300 a.C.
Sentido teológico de los libros de las Crónicas
En primer lugar observamos, la centralidad de la figura de David que es presentado como el rey ideal del pueblo de Dios, en estos libros desempeña un papel análogo al de Moisés en el Pentateuco. David es el prototipo ideal de monarca para el reino de Dios, que ha convertido a su capital Jerusalén en una ciudad santa a la vez que ha dado a Israel todas sus instituciones cultuales en plena coherencia con la Ley. La fidelidad a esta Ley no es algo opresivo sino alegre porque llena el corazón de un gozo interior y profundo. Este gozo en la fidelidad produce una esperanza inquebrantable: la dinastía davídica pudo desaparecer del poder político, pero sus instituciones cultuales y la hondura de su sentido religioso permanecen siempre llenos de vitalidad. Así pues, al poner la figura de David en el centro, en realidad se tiene la mirada puesta en el rey ideal, en el Mesías esperado. Al resaltar a David lo que se subraya en realidad es la soberanía de Dios de la que David es su lugarteniente (2 Cr 9,8), ya que el trono de David es el “trono del Señor” (1 Cr 29,23).
En la redacción de los libros de las Crónicas se insiste una y otra vez en que la presencia de Dios junto a su pueblo y en la ciudad santa es constante. El Señor siempre está con los suyos. Dios está con David (1 Cr 11,9; 17, 2.8; 22,11.16; 28,20), Salomón (2 Cr 1,1), Josafat (2 Cr 17,3) y con todo el pueblo, sobre todo en los momentos difíciles, como por ejemplo durante el asedio que sufrió Jerusalén durante el reinado de Ezequías (2 Cr 32,7‑8).
También se insiste en diversas ocasiones en la idea de que Dios siempre premia el bien y castiga el mal. Si acontecen males es porque algo se ha obrado mal. Como ejemplo significativo puede verse la distinta versión de la muerte de Josías que ofrece 2 Cr 35,19‑25 frente a 2 R 23,28‑30. En 2 Reyes Josías muere prontamente, a pesar de ser un rey piadoso. Como este mal parece inmotivado, el cronista explica al lector que Josías murió por no prestar a atención a la voz de Dios que le hablaba por medio del faraón Nekao pidiéndole que no se interpusiera en su camino.
Junto a todo esto es necesario señalar la expresión gozosa y festiva del culto a Dios que se refleja en ambos libros, gracias a los sones de los “instrumentos musicales del Señor” (2 Cr 7,6). También bajo este aspecto es señalada la figura de David, ya que a él se atribuyen muchas composiciones poéticas para cantar las alabanzas del Señor (Cf. 1 Cr 23,5). Los grandes momentos de la historia como la consagración del Templo, la entronización de los reyes, las reformas religiosas o las celebraciones pascuales son festejadas con el canto litúrgico que expresa ante Dios los sentimientos de oración personales y de todo el pueblo (Cf. 2 Cr 23,13.-18; 29,25‑28; 30,21; 35,15).
Significación de
Estos libros constituyen un momento importante en el progreso de la Revelación divina hacia su culminación en el Nuevo Testamento. En efecto, en ellos se expresa, y quizá con más fuerza que en ninguna otra parte del Antiguo Testamento, la conciencia de la presencia de Dios en medio de su pueblo a través del Templo de Jerusalén y de las instituciones que lo rodean, y la continuidad de esa presencia mientras se ofrezca el culto debido. En este sentido 1 y 2 Crónicas preparan la Revelación del Nuevo Testamento, según la cual Dios se ha hecho verdaderamente presente en medio de su pueblo y de toda la humanidad mediante la Encarnación de su Hijo Jesucristo.
Desde la enseñanza de los libros de las Crónicas se comprende mejor que Jesús manifieste tan gran celo por el Templo (Cf. Mt 21,12‑17), y que además llegue a identificarse con él presentándose como la morada definitiva de Dios con los hombres (Cf. Mt 12,6; Jn 2,21). La muerte corporal de Jesús (Cf. Jn 2,18‑22). Verdadero sacrificio y acto de culto al Padre, «anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4,21; Cf. Jn 4,23‑24; Mt 27,51; Hb 9,11; Ap 21,22)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 586). Jesús es así el nuevo David que ofrece en sí mismo el verdadero lugar del encuentro con Dios no sólo a los judíos sino a todos los hombres.
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