| ÍNDICE GENERAL | |||||
| Unidad didáctica 1 | Unidad didáctica 2A | Unidad didáctica 2B | Unidad didáctica 3 | Unidad didáctica 4 | Unidad didáctica 5 |
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Lección
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Lección 16: Los libros 1 y 2 de los Reyes |
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INTRODUCCIÓN ESQUEMÁTICA
EXÉGESIS Sabiduría del rey Salomón (1 R 3,4-28) El cisma de Jeroboán (1 R 12,1-33) El rapto de Elías (2 R 2,1-18)
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DESARROLLO DEL CONTENIDO Contenidos de la Lección 16ª n 1. Estructura y contenido n 2. Las narraciones históricas acerca de las monarquías de Palestina en el Hierro II n 3. Sentido teológico de los libros de los Reyes n 4. Significación de los libros de los Reyes en la fe de la Iglesia.
Como ya se dijo, los libros 1 y 2 Reyes son continuación de 1 y 2 Samuel con los que parecen constituir una sola obra. La separación entre ambos tuvo su origen en la traducción de los Setenta. En ellos se trata de la monarquía israelita, remontándose hasta los orígenes de los reinos de Israel y Judá, hasta la desaparición de los mismos.
Estructura y contenido
El libro primero de los Reyes comienza tratando en detalle acerca de la figura y de las obras de Salomón. Después de su muerte, cuando tuvo lugar la partición de los reinos, la narración se ajusta, más o menos, a una secuencia cronológica. En las épocas en las que coexistieron los reinos del Norte y del Sur, las crónicas reales van saltando de un reino a otro con el fin de ir, dentro lo posible, presentando juntos los sucesos acaecidos en reinados contemporáneos. Los libros de los Reyes se pueden dividir, pues, en las siguientes secciones:
1. Salomón (1 R 1‑11). Comienza con la historia de la sucesión de David y continúa con la narración de la magnificencia del reinado de Salomón. Ésta se presenta en forma de tríptico destacando sus grandes construcciones sobre todo el Templo, la magnitud de sus defensas militares y la importancia de su comercio e industria. En la redacción de esta sección hay pasajes en los que se encuentra un juicio favorable de su gestión y otros en los que se la critica
2. Los reinos de Israel y de Judá (1 R 12-2 R 17). Esta sección comienza con la historia del cisma que se produjo entre las tribus del norte y el sur a raíz de la sucesión de Salomón: las tribus del sur se mantuvieron fieles a Roboam y crearon el Reino del Sur o Reino de Judá, mientras que las del norte nombraron rey a Jeroboam y crearon el Reino del Norte o Reino de Israel. El núcleo central de esta parte está constituido por la narración alternada de la historia de los reyes de ambos reinos conforme a un orden cronológico. Al hablar del reinado de Ajab de Israel se incluyen los ciclos de Elías (1 R 17,1‑2 R 1,18) y Eliseo (2 R 2,1‑13,25); y entre los reyes de Judá resaltan, por la extensión que se les concede, los reinados de Joás y Ajaz.
3. El reino de Judá hasta la cautividad (2 R 18-25). En esta última parte destacan las relaciones del profeta Isaías con el rey Ezequías, así como la reforma religiosa llevada a cabo por el rey Josías. Se incluye también el relato de la caída de Jerusalén y la consiguiente deportación, así como una referencia a la liberación de Joaquín en el exilio.
En cada una de estas dos últimas partes la narración de los hechos de cada rey va encuadrada en un marco redaccional con unas características fijas. Comienza por una introducción en la que figura el nombre del rey, la duración de su reinado y el año del comienzo del reinado del rey vecino (del norte o del sur, según el caso). Nunca falta un juicio de la actividad del rey. El más repetido es: “hizo lo que es malo a los ojos de Yahwéh”, que se aplica a todos los reyes del norte y a algunos del sur. Otro, más benévolo, que se aplica a Asá, Josafat, Joás, Amasías, Azarías y Jotán es: “hizo lo que es recto a los ojos de Yahwéh, pero no desaparecieron todos los lugares altos”. Sólo en caso de los dos reyes que desarrollaron reformas profundas, Ezequías y Josías, se hace de ellos una alabanza plena: “Hizo lo que es recto a los ojos del Señor enteramente, como lo había hecho David, su padre”. Por último, la conclusión del relato acerca de cada rey remite, para ampliar información, a alguno de los documentos del reino, a la vez que incluye algunos datos sobre su muerte y sepultura, así como el nombre de su sucesor.
Las narraciones históricas acerca de las monarquías de Palestina en el Hierro II
LOS ORÍGENES
El libro primero de los Reyes presenta al rey Salomón como un prototipo de rey sabio. Su capacidad de discernir y, por tanto, de gobernar se muestra en la historia de las dos madres (1 R 3,16‑28). Además de esto, se sabe que Salomón fue un gran administrador del reino, que contó también con colaboradores en su gobierno. Dividió el reino en provincias, y puso gobernadores al frente de las mismas. Sin embargo, para evitar que arraigaran los “nacionalismos”, hizo que el territorio de estas provincias no coincidiera con la tradicional división en tribus. No tenemos datos extrabíblicos de Salomón.
En el capítulo sexto del libro primero de los Reyes se narra la construcción del Templo, junto al palacio, y se describe su planta, características y medidas. El modelo al que se ajusta la descripción es el normal de varios templos cananeos. No se ha podido excavar por ahora el lugar exacto donde se supone que pudo estar el templo de Salomón, y por tanto aún no ha sido posible verificar los datos de esa descripción.
El Templo de Arad. Sin embargo, en las excavaciones de Arad se ha descubierto un palacio fortaleza y un templo que se ajusta a las descripciones bíblicas del de Jerusalén. Está al noroeste de la ciudadela y mira al oeste. Tiene delante un doble patio. En el exterior está el altar de los sacrificios que posee las mismas medidas que las atribuidas al de Jerusalén y está hecho de la misma forma, con piedras sin labrar. El templo propiamente dicho comprende un hekal o santuario a cuya entrada había dos columnas, y un debir o Santo de los Santos, antes de entrar en el cual había dos altares para incienso, y en el interior del recinto una massebah. El templo de Arad fue destruido en la segunda mitad del siglo VII a.C., lo cual es significativo, pues corresponde a la reforma de Josías, de la que sabemos por los libros de los Reyes que trajo consigo la destrucción de los lugares de cultos distintos al Templo de Jerusalén.
Salomón promovió grandes construcciones en todo el reino: además del Templo de Jerusalén, amplió las murallas de la ciudad (1 R 9,15), fortificó notablemente las fortalezas de Jasor, Meguido y Guézer (1 R 9,15). Todas estas ciudades han sido cuidadosamente excavadas, y en todas ellas se han descubierto los restos de importantes edificaciones de la época salomónica. Para todas estas construcciones, además de los obreros venidos de Fenicia, estableció el trabajo obligatorio en Israel (1 R 5,27ss.), medida que fue bastante impopular, sobre todo en el Norte.
Otro aspecto notable de su reinado es el impulso al comercio marítimo. En 1 R 9,26 se señala que Salomón mandó construir una flota en Esyón‑Guéber (Eilat), y que los servidores de Jirán de Tiro constituían la tripulación, junto con gentes de Salomón. En las excavaciones de Esyón‑Guéber han aparecido las ruinas de una gran factoría para la fabricación de cobre, de la época salomónica.
Sucedió a Salomón en el trono Roboam, hijo de Salomón y de una princesa ammonita (1 R 14,21; 2 Cr 12,13‑14). Fue aceptado sin dificultad por la tribu de Judá, pero encontró muchas dificultades para ser aceptado por las tribus del norte. La unidad política de las tribus conseguida por David, todavía era un tanto precaria. En Siquén, toda la asamblea de Israel pidió a Roboam que aligerara la servidumbre que les había impuesto su padre, pero éste se negó a tal petición, y estas tribus lo rechazaron, y con él a la monarquía davídica (1 R 12,16-17).
EL REINO DEL NORTE
Las tribus del Norte aclamaron como rey a Jeroboam, que ya se había rebelado contra Salomón cuando trabajaba como capataz de cargadores (1 R 11, 26). Jeroboam (933‑911 a.C.) se instaló primero en Siquén y más tarde en Penuel, al otro lado del Jordán (1 R 12, 25). Además, para consumar la ruptura con las tribus del Sur, elevó a la categoría de santuarios reales dos viejos templos: Dan y Betel, situados en las fronteras norte y sur del nuevo reino (1 R 12,26‑33). Al morir Jeroboam le sucedió su hijo Nadab (1 R 15, 25), pero fue asesinado a los dos años. Su asesino, Bashá, reinó en Tirsá del 910 al 887 a.C. A éste le sucedió su hijo Elá, que reinó dos años hasta que el jefe de media división de carros, llamado Zimrí, lo asesinó junto con toda su familia mientras se emborrachaba en casa de su mayordomo, y se apoderó del trono (1 R 16,9‑10). Pero la mayor parte del ejército no lo reconoció y nombró rey a Omrí. Lo primero que éste hizo fue asediar a Zimrí en su palacio. Este, al verse perdido, prendió fuego al palacio y murió (1 R 16,18). Con Omrí se inició una dinastía y una nueva época de esplendor en el reino del Norte. Fundó una nueva capital, Samaria, en un terreno que él había comprado con su propio dinero, para que no fuera reclamada por ninguna de las tribus, puesto que era neutral (cf 2 R 16,24). En las excavaciones de la antigua capital, Tirsá, se puede ver que esa ciudad fue abandonada sin ser destruida, y que incluso se dejaron edificios a medio hacer. Desarrolló la agricultura y ganadería, así como las relaciones comerciales con las ciudades fenicias de la costa. Amplió sus territorios y sometió a Moab a vasallaje. Casó a su hijo Ajab con Jezabel, hija de un sacerdote fenicio, que gobernaba en Sidón. Su hijo y sucesor Ajab (875‑853 a. C.) logró mantener el esplendor político y económico. Casó a su hija Atalía con el rey Joram de Jerusalén, asegurando una época de paz con sus vecinos (1 R 2, 45). Participó, aportando un gran ejército, en una liga antiasiria promovida por el rey de Damasco que participó en la batalla de Qarqar (853 a.C.). De esta batalla se habla en el prisma de Salmanasar III en los siguientes términos: “Partí de Alepo y me acerqué a las dos ciudades de Irhulemi de Hammat. Partí luego de Argana y me acerqué a Qarqar. Destruí, derribé en incendié Qarqar, su residencia real. Trajo en su ayuda mil doscientos carros de guerra, mil doscientos jinetes y veinte mil soldados de Adadidri de Damasco; setecientos carros, setecientos jinetes, diez mil soldados de Irhulemi de Hammat; dos mil carros, diez mil soldados de Ajab de Israel; quinientos soldados de Que, mil soldados de Musri ...; en total, doce reyes que se habia levantado contra mi para darme una batalla decisiva...; y los derroté entre las ciudades de Qarcar y Gilzán”. (ANET, 278‑279; SAO, 224‑225). A pesar del triunfalismo de la narración, parece que de hecho la batalla terminó en tablas. Desarrolló Ajab una gran labor constructora en Samaría, donde se han descubierto sus defensas y su palacio, así como importantes sistemas defensivos y de conducción de aguas en Jasor y Megiddoh. Había un gran lujo en su corte como lo atestiguan los espléndidos marfiles que se han encontrado. Sin embargo en su época creció la corrupción moral y la idolatria. Frente a él, el profeta Elías predicó incansablemente la fidelidad a Dios (1 R 17‑19.21).
Le sucedió en el trono su hijo Ocozías, que reinó un año, y a éste su hermano Joram (852‑841 a.C.). En su tiempo se rebeló Meshah, rey de Moab, según se dice en 2 R 3,1-27, y lo confirma su estela: «Yo soy Meshah, hijo de Kemosh..., rey de Moab, de Dibón: Mi padre reinó treinta años sobre Moab y yo reiné después de mi padre. Yo construí este lugar alto en honor de Kemosh en Qeriho, (lugar alto) de salvación, pues me salvó de todos los reyes y me hizo prevalecer sobre todos mis enemigos. En lo concerniente a Omri, rey de Israel, este oprimió a Moab durante muchos días, pues Kemosh se había enojado contra su país. Le sucedió su hijo (Ajab), y se dijo: ¡Yo oprimiré a Moab! En mis días así habló, pero ya he prevalecido sobre su casa e Israel se ha arruinado para siempre. En efecto, Omri había ocupado la tierra de Madaba y había habitado durante los días de él la mitad de los días de su hijo; en total, cuarenta años; pero Kemosh moró allí durante mis días. Y yo edifiqué a Baal Meón, haciendo un estanque en ella; y construí Qiryaten. Las gentes de Gad habían residido siempre en la tierra de Atarot, pues el rey de Israel había edificado para si a Atarot. Pero yo combatí contra la ciudad y la tomé; y maté a toda la gente de la ciudad para saciar a Kemosh y a Moab. De allí yo traje a Ariel, su caudillo, y lo arrastré delante de Qemosh en Qeriyot. Y establecí allí a gentes de Sharon y a gentes de Maharot. Entonces Quemosh me dijo: ¡Ve y toma Nebo de manos de Israel! Yo me fui de noche y combatí contra ella desde el alba al mediodía. Y la conquisté matando a todos: a siete mil hombres en pleno vigor, y a viejos, y a mujeres en plena juventud, y a las ancianas y a las esclavas, pues la había consagrado como herem a Ashtar‑Qemosh. Y tomé de ellos objetos dedicados a Yahweh y los transporté ante Kemosh. Y el rey de Israel había edificado Yahas; y allí residía cuando luchaba contra mí, pero Qemosh le hizo salir delante de mí. Yo tomé de Moab doscientos hombres con sus capitanes y los conduje contra Yahas; y la conquisté, anexionándola a Dibón. Yo fui el que edificó a Qeriho, el muro de los bosques y el muro de la fortaleza; yo fui quien construí sus puertas y edifiqué sus torres (..)» (ANET, 320‑21; SAO, 247-249).
Mientras que Joram estaba reponiéndose en su casa de Yizreel de las heridas recibidas de los arameos en el asedio a Ramot Galaad, un general de su ejército, Jehú, fue ungido rey en secreto por un enviado del profeta Eliseo (2 R 9,15). Jehú se presentó en Yizreel, y se encontró que el rey Joram estaba con su sobrino Ocozías, rey de Judá, que había ido a visitarlo. Jehú asesinó a ambos, junto con toda su familia, y después logró la sumisión de la capital, Samaría, y de los funcionarios que trabajaban en ella. Inició una nueva dinastía. En su reinado perdió todas las posesiones en Transjordania (2 R 10,33), y además tuvo que pagar un fuerte tributo a Salmanasar III de Asiria. Así consta en el obelisco de Salmanasar III (840 a.C.): «Tributo de Jehú, hijo de Omrí: yo recibí de él plata, oro, un tazón de oro, un vaso de oro con una basa en punta, vasos de oro, de estaño, el cetro de un rey y purutu (?) de madera» (ANET, 281; SAO, 227). Le sucedió en el trono su hijo Joacaz (814‑803), y durante su reinado fue asediada Samaría por el rey de Damasco (2 R 6,24-7,17; 1 R 20,1‑21).
Su hijo, Joás (803‑787), pidió ayuda a Adadnirani III de Asiria para aligerar la presión aramea (cfr 2 R 13,24‑25;1 R 20,26‑34). En una inscripción del rey asirio descubierta en Kalaj queda constancia del tributo que le pagó el rey de Israel para congraciarse con él. El texto dice así: «Propiedad de Adad- Nirani, gran rey y legitimo rey de las Cuatro Regiones, rey de Asiria... que ha puesto a sus pies a los príncipes del interior de las Cuatro Regiones de la tierra...: Tiro, Sidón, el país de Omrí, Edom, Palestina hasta la playa del gran mar del sol poniente, hice que se sometieran todos a mis pies, con la imposición de un tributo sobre ellos» (ANET, 281; SAO, 227).
Le sucedió Jeroboam II, que reinó cuarenta años, y que aprovechando las luchas internas que en aquel momento mantenían arameos y asirios, restauró el poder de Israel (2 R 14,25); además reactivó el comercio y la economía. Pero la situación moral seguía siendo pésima, y las injusticias de todo tipo aumentaban, como lo muestran las predicaciones de los profetas Amós y Oseas. Con la subida al poder de Teglatfalasar III de Asiria (745‑727 a. C.) el panorama de la zona cambió radicalmente. No se contentaría con tributos esporádicos, sino que si la sumisión de algún pueblo era reticente optaba por la anexión del territorio enemigo: lo convertía en provincia asiria, deportaba a parte de sus habitantes a otros territorios, y repoblaba sus tierras con colonos traídos de otros sitios.
Mientras tanto en Israel, poco después de la muerte de Jeroboam II se había abierto una nueva sucesión de intrigas: su descendiente, Zacarías, fue asesinado a los seis meses. Su asesino y sucesor, Salum, duró un mes en el trono y fue asesinado por Menajem. Este tuvo que pagar tributo a Teglatfalasar III. Hay constancia del pago de este tributo en la documentación asiria: «Recibí tributo de Kushtashpi de Rasín de Damasco, de Menajem, de Samaría, de Hiram de Tiro, de Sibittibili, de Byblos... de Zabibe, la reina de Arabia; a saber. oro, plata, estaño, hierro, pieles de elefantes, marfil, vestidos de lino con franjas multicolores, lana teñida en púrpura, madera de ébano, madera de boj, todo lo que era valioso para su tesoro real; también corderos, cuyos vellos extendidos estaban teñidos de púrpura, y aves salvajes, cuyas alas abiertas estaban teñidas de azul; caballos, mulos, ganado mayor y menor, camellos y camellas con crías» (ANET 282‑283; SAO 228‑229). Al año siguiente le sucedió su hijo Pecajías (737‑735 a.C.), que murió asesinado. Tomó el poder Pecaj, que participó en una liga antiasiria con el rey de Damasco y otros, e intentó incorporar a ella al rey Ajaz de Judá, aunque no lo habría de lograr debido a la intervención del profeta Isaías. Teglatfalasar III les atacó y se apoderó de casi todo el territorio de Israel. Israel sólo pudo mantener el dominio de Samaría. Mientras tanto Elá había asesinado a Pecaj, y a Elá le había sucedido al año siguiente su hijo Oseas, que rindió homenaje al rey asirio. Pero a la muerte de Teglatfalasar III intentó sacudirse el yugo asirio con la ayuda de Egipto (2 R 17,4), y el nuevo rey asirio Salmanasar V puso cerco a Samaría y se apoderó del rey Oseas. Al cabo de tres años, el 722 a.C., se rindió la ciudad. El sucesor de Salmanasar V, Sargón II se encargaría de organizar la deportación.
EL REINO DEL SUR
Después de la ruptura con las tribus del Norte, el sucesor de Salomón, Roboam, se dedicó a fortificar ciudades en su reino. Sufrió una incursión militar del faraón Sosaq a quien tuvo que pagar un fuerte tributo (1 R 14,25‑26). Sus descendientes, Abías (915‑913 a.C.) y Asá (913‑871 a.C.) siguieron una política similar. Josafat (870‑846 a.C.) comenzó una política de entendimiento con el reino del Norte, y casó a su hijo Joram (846‑871 a. C.) con Atalía, hija de Ajab. Su hijo Ocozías fue asesinado por Jehú en Yizreel, y quedó como regente su madre Atalía. Esto provocó malestar, ya que ésta era de la familia de Omri, y no de dinastía davídica. El sacerdote Yehoyadá tramó una conspiración contra ella y apoyó el acceso al trono de Joás; en su reinado hubo de hacer frente a un tributo que le impusieron los arameos. Finalmente murió asesinado. Le sucedió su hijo Amasías (796‑781 a.C.) que intentó vengar el asesinato de sus antepasados por Jehú y se enfrentó a su nieto Joás, pero sufrió una derrota humillante. También murió asesinado. Le sucedió su hijo Ozías (781‑740 a.C.), que tuvo un largo y próspero reinado: fortificó Jerusalén y otras ciudades, extendió la agricultura, hizo de Elat un puerto comercial importante e impuso tributo a los filisteos y otros pueblos vecinos. Pero al final de su vida contrajo la lepra, y su hijo Jotam se encargó de la regencia hasta la muerte de su padre. Como ya se había indicado, con la subida al poder de Teglatfalasar III de Asiria (745-727) cambió radicalmente el panorama de la zona. Israel había optado por el enfrentamiento abierto. Mientras tanto, Judá, gracias a que no entró en la alianza antiasiria, no fue conquistada, pero se convirtió en vasallo de Teglatfalasar III. Después aprendieron la lección de lo que sucedió a sus vecinos y se mantuvieron como fieles vasallos de Asiria. Como ya se dijo, Jotam se hizo cargo de la regencia durante la enfermedad de su padre Ozías, y después le sucedió en el reino. A éste le siguió su hijo Ajaz, que no quiso participar en la liga antiasiria. En el año 729 asoció al trono a su hijo Ezequías, que fue quien le sustituyó en el año 715. Durante la asociación al trono de su padre siguió su misma política: sumisión a Teglatfalasar III y Salmanasar V, pero al subir al trono no quiso someterse a Sargón II, y se unió a una revuelta contra él junto con los filisteos y con el apoyo de Egipto, aunque sin implicarse demasiado (cf. Is 20,1‑6). A partir del 704 a.C. se rebeló abiertamente contra los asirios, poniéndose a la cabeza de una coalición apoyada por Egipto, y de la que formaban parte algunas ciudades filisteas. Cuando Senaquerib subió al poder de Asiria organizó una campaña espectacular contra la coalición: conquistó territorio filisteo, y entró a Judá por la Sefelah. El bajorrelieve de la toma de Lakis y los textos asirios dan idea de aquella campaña. Al final puso cerco a Jerusalén, que se salvó pagando un gran tributo (2 R 18,13‑16). El Prisma Hexagonal de Senaquerib proporciona algunos detalles de estas campañas:«Continuando mi campaña puse sitio a Bet‑Dagón, Joppe, a Hanai‑Barqa y Azuru, ciudades pertenecientes a Sidqia, que no se habían postrado pronto a mis pies. Las conquisté y me llevé su botín. Y los magistrados, jefes y pueblo de Eqron que habían encadenado a Padi, su soberano, leal al juramento prestado al dios Ashur, y le habían entregado a Ezequías de los judíos, el cual le tuvo encadenado como si fuera un enemigo, y se asustaron y pidieron ayuda a los reyes de Mu‑su‑ri (Egipto), y a los arqueros, los carros y la caballería del rey de Etiopía, ejército innumerable que acudieron para auxiliarles. Estos se dispusieron en línea de combate contra mí, preparando sus armas en la llanura de Eltegeh. Y yo, confiado en un oráculo favorable de Ashur, mi señor, les hice frente y los derrotó. Y en el fragor de la batalla capturé vivos a los aurigas egipcios con sus príncipes, y también a los aurigas del rey de Etiopía. Puse sitio a Eltegeh y a Timmah, las conquisté y me llevé su botín. Luego ataqué a Ecron y dí muerte a los magistrados y jefes que habían cometido el crimen, y empalé sus cadáveres en estacas que rodeaban la ciudad. Y a las gentes del pueblo culpables de delitos menores los tomé como prisioneros. Al resto de ellos, que no eran responsables de crímenes ni de malas acciones los dejé libres. Hice que Padi, su rey, volviera de Jerusalén, y lo restablecí en el trono como soberano sobre ellos, imponiéndole un tributo de reconocimiento de mi superioridad. En cuanto a Ezequías de los judíos que no se había sometido a mi yugo, le asedié cuarenta y seis de sus ciudades fuertes, baluartes y aldeas de los alrededores; y las conquisté mediante terraplenes y arietes de cerco, combinados con un ataque de hombres a pie, utilizando minas y brechas. Y les tomé como botín doscientas mil ciento cincuenta personas, jóvenes y viejos, hombres y mujeres; caballos y mulos, asnos, camellos, ganado mayor y ganado menor sin número. Y al mismo lo encerré en Jerusalén, su residencia real como pájaro en su jaula. Edifiqué contra él torres y castigué a todo el que salía de la gran puerta de la ciudad. Y las ciudades que yo había saqueado las separé de su país y se las di a Mitinti, rey de Ashdod y a Padi, rey de Eron, y a Sillibel, rey de Gaza. De este modo disminuí su país, pero aumenté el tributo y los presentes debidos a mi superioridad, imponiéndole tributos además de los tributos anteriores que debían pagarse cada año. Y Ezequías, abrumado por el esplendor y el terror de mi majestad y abandonado por sus soldados más selectos y otros irregulares, que había concentrado en Jerusalén para reforzarla, me hizo llegar a Nínive, mi ciudad señorial más tarde: treinta talentos de oro, ochocientos talentos de plata, piedras preciosas, piedra dag-ga‑ri, de pórfido, lechos de marfil, tronos de marfil, dientes de elefante, madera de ébano y de boj, toda clase de objetos preciosos, con sus hijas, concubinas, músicos y cantoras. Y envió su embajador para entregar el tributo y mostrar su sumisión» (ANET, 287-288; SAO, 235‑237).
Ezequías hizo una alberca y un gran canal, que va desde la fuente de Guijón hasta la piscina de Siloé, para el abastecimiento de agua a Jerusalén durante los asedios (cf. 2 R 20,20). Tiene 512 m. de longitud y se conserva desde entonces en perfecto estado. En él se ha encontrado una inscripción de la época, escrita en hebreo, que explica interesantes detalles de su construcción. La inscripción dice así: «Ved el túnel. He aquí la historia de su construcción. Los mineros excavaron con sus picos los unos frente a los otros, y cuando no quedaban más que tres codos de separación entre ambos equipos se oyó la voz de un minero que llamaba al otro. El sonido atravesaba la roca de parte a parte. Así, el día que perforaron la roca, los mineros se encontraron, dieron pico con pico y el agua corrió de la fuente a la piscina, a lo largo de mil doscientos codos. El espesor de la roca por encima de la cabeza de los mineros era de cien codos» (J. González Echegaray, Geografía y arqueología bíblicas, 111). El libro segundo de los Reyes dice que Ezequías llevó a cabo una gran reforma religiosa (Cf. 2 R 18,4‑6). Después del impacto causado por la caída de Samaría intentó una purificación de la práctica religiosa en Judá. Cuando su hijo Manasés lo sucedió en el trono (687 a.C.) los asirios se encontraban en la cumbre de su poder. Parece que debió formar parte de alguna coalición antiasiria, y el rey asirio Asurbanipal se lo llevó preso unos meses a Babilonia (2 Cr 33,11). En el aspecto religioso fomentó los cultos a Baal y Astarté (2 R 21,3.7), de la religión cananea. Le sucedió en el trono su hijo Amón, que se mantuvo fiel a Asiria y a los cultos idolátricos de su padre. Fue asesinado por unos conspiradores, posiblemente proegipcios, dos años después. Tras el asesinato de su padre, Josías subió al trono con ocho años. Su reinado se caracterizó por la búsqueda de la independencia política y religiosa. Recuperó parte de los territorios del antiguo reino del Norte: Betel (2 R 33,15 ss.), Samaría (2 R 23,19) y Megiddoh (2 R 23,29). Destruyó los santuarios locales y dejó como único lugar de culto el Templo de Jerusalén. En su época el poder asirio se debilitó grandemente, y se encontraba a punto de extinción bajo el empuje de los medos (Ciaxares) y babilonios (Nabopolasar); el faraón Nekoh II veía con temor el crecimiento del poder de éstos y se decidió a intervenir personalmente contra los babilonios. Josías salió a hacerle frente en Megiddoh y murió en la batalla (609). El reinado de Josías se caracterizó por la profunda reforma religiosa que emprendió. A partir del reinado de su sucesor Manasés en la corte de Judá hubo dos bandos: unos defensores de la sumisión a 1os babilonios, y otro proegipcio. A la muerte de Josías a manos del faraón Nekoh II Egipto, éste impuso su poder sobre Judá: fue elegido rey Joacaz, pero el faraón lo llamó a Riblá en Siria, lo hizo prisionero y lo envió a Egipto, donde murió (2 R 23,30‑35). El faraón nombró rey al hijo mayor de Josías, Elyaqim y le cambió el nombre a Yoyaqim en señal de vasallaje (2 R 23,35).
Después de la batalla de Karkemis (605) en la que los babilonios infligieron una grave derrota a los egipcios, Nabucodonosor ostentaba la supremacía en Oriente próximo. Tras esa batalla Yoyaqim pasó a ser vasallo de Babilonia pagando un fuerte tributo. Pero en el año 601 se negó a hacerlo. En 599 Nabucodonosor envió parte de sus tropas junto con bandas de arameos, moabitas y edomitas (cf. 2 R 24,2) como preludio de su intervención personal contra Jerusalén en 598 a.C. Poco antes del cerco de Jerusalén murió Yoyaquim, y le sucedió su hijo Joaquín, que sólo reinaría durante tres meses (2 R 24,8), pues acabaría rindiéndose a Nabucodonosor (año 597 a.C.). Este lo hizo prisionero, impuso un fuerte tributo a Judá, y deportó a Babilonia a todas las personas que podían ser influyentes, para alejar todo peligro de una rebelión. Se ha conservado una crónica babilónica sobre el primer asedio de Jerusalén, que dice así: «En el año octavo, en el mes de Kislew, el rey de Akkad reunió sus tropas y se puso en marcha hacia el país de Hatti (SiriaPalestina). Puso sitio a la ciudad de Judá; y el día segundo del mes de Adar se apoderó de la ciudad; e hizo prisionero al rey (Joaquín). Designó luego un rey según su corazón (Sedecías) y le impuso un fuerte tributo, y lo envió a Babilonia» (SAO, 240). Además, en una lista de prisioneros de Nabucodonosor figura: «Yeoakin, rey del país de Judá... y los hijos de los reyes de Judá» (ANET, 308).
Nabucodonosor también nombró rey a Mattatías, tío de Joaquim, a quien se le cambió el nombre a Sedecías para mostrar su condición de vasallo. En la corte de Jerusalén seguían las disputas entre los dos bandos: los que defendían la sumisión, apoyados por Jeremías, frente a los adeptos a la rebelión. Sedecías era al principio partidario de la sumisión, pero después se comprometió en intrigas antibabilónicas. Nabucodonosor se dirigió de nuevo a Jerusalén. Mientras tanto las ciudades judías buscaban el apoyo de Egipto. En la puerta-torre de Lakis han aparecido 18 ostraka con mensajes de campaña acerca de los esfuerzos por defenderse del avance de las tropas babilónicas, hasta que éstas conquistan la fortaleza. En alguno de ellos se alude también a las relaciones con Egipto: «Tu siervo Oseas ha escrito para informar a mi Señor Yaosh: ¡Que Yahweh haga oír a mi señor noticias de paz! E ilumine, te pido, el ojo de tu siervo a propósito de una carta que enviaste a tu siervo ayer. Porque el corazón de tu siervo está abatido desde que escribiste a tu siervo y porgue mi señor ha dicho ¡Tú no sabes leer una carta! Llama a un escriba. Pero por la vida de Yahweh que nadie intentó leerme una carta. Además, cualquier carta que me llegare, si la he leído, yo puedo repetirla a la letra. Se ha informado a tu siervo diciendo: El jefe del servicio de Koniyahu, hijo de Elnatán, ha bajado a Egipto y ha enviado a Hodauryahu, hijo de Ajiyahu y sus hombres para obtener avituallamientos. En cuanto a la carta de Tobyahu, servidor del rey, que ha llegado a Shallum, hijo de Yaddua, de parte del profeta, diciendo: ¡Ten cuidado! tu siervo la ha trasmitido a mi señor» (ANET 321; SAO, 252). Nabucodonosor puso de nuevo cerco a Jerusalén en el año 588 a.C. El asedio de Jerusalén fue temporalmente suspendido por la intervención de las tropas del faraón Jofra (Jer 37,5‑10), pero la ciudad cayó a mediados del año 587. E1 rey Sedecías huyó por el Cedrón con algunos soldados, pero fue alcanzado junto a Jericó y conducido a Riblá, donde estaba el cuartel general de Nabucodonosor. Sus hijos fueron degollados en su presencia, y después de arrancarle los ojos y encadenarlo lo llevaron a Babilonia donde murió. Un grupo importante de funcionarios de Judá fueron ajusticiados en Riblá (Jer 52,7‑11; 2 R 25,3‑7). Los babilonios decretaron una nueva deportación. El Templo fue incendiado y las murallas destruidas. Los babilonios dejaron como gobernador a Godolías, protector y amigo de Jeremías (2 R 25,22). La capital se trasladó a Mispah. Nabucodonosor premió la fidelidad de Jeremías dejándole libre de hacer lo que quisiera y proporcionándole medios de subsistencia (Jer 39,11‑14). Sin embargo, ante la inestabilidad de la situación, los que se habían unido a Jeremías tuvieron miedo a represalias de los babilonios y huyeron a Egipto, obligando al profeta a acompañarles (2 R 25,22‑26; Jer 42 y 43).
Sentido teológico de los libros de los Reyes
Como ya se ha dicho, estos libros ofrecen una visión religiosa de la historia.Enseñan el camino seguido por los reyes y el pueblo, que termina en el derrumbamiento final del reino. Los redactores deuteronomistas han sacado lecciones de todo este periodo para transmitir las enseñanzas fundamentales que ya estaban en el libro del Deuteronomio y que vuelven a aflorar de un modo u otro en los distintos relatos: Sólo existe un Dios, el pueblo elegido constituye una unidad, sólo se puede dar a Dios el culto adecuado en un sólo templo, que es el de Jerusalén, hay una tierra que es la que Dios ha dado en posesión a su pueblo, y una Ley dada por Dios para instruir a su gente. El carácter teológico de esta historia se hace particularmente patente con las intervenciones de los profetas. Éstos señalan el curso y el sentido de los acontecimientos, y pronuncian vaticinios que van encontrando cumplimiento con el paso del tiempo. El esquema “profecía-cumplimiento” se encuentra repetido unas cuarenta y cinco veces a lo largo de los libros de los Reyes. En esta forma de presentar la historia subyace la certeza de que la palabra de Dios, pronunciada por medio de los profetas, guía y dirige con toda su divina eficacia la historia de Israel.
Los libros de los Reyes relatan la experiencia de un reino político-religioso, que a la vista del autor no es digno de reprobación (hay algunos reyes buenos, y además, se cuenta con las promesas de Dios) pero que en la práctica no funcionó. El primer rey del que tratan estos libros, Salomón, es el primer eslabón de una cadena de infidelidades que se irían sucediendo una tras otra. Dios le concedió un reino excelente, lleno de riquezas y de esplendor, y le adornó con buenas cualidades humanas realzadas por una sabiduría eminente. Sin embargo, Salomón se dedicó a gozar de los bienes recibidos, y el esplendor que lo rodeaba apenas pudo ocultar un progresivo vaciamiento de valores espirituales que le hizo incapaz de hacer frente a la pereza y a la sensualidad, y que acabaría arrastrándolo a una corrupción moral generalizada. A su muerte, la división de los reinos y la larga serie de hombres que recibieron la unción real y que fueron infieles a Dios, marcan la historia de Israel y de Judá. Hubo, no obstante, algunos reyes como Ezequías y Josías que emprendieron reformas religiosas, pero su empeño no tuvo continuidad en sus sucesores. En estos libros la figura del rey de la dinastía davídica va adquiriendo una creciente importancia teológica en el Reino del Sur, y, de modo paralelo, va aumentando también la importancia de Jerusalén, capital y centro religioso del reino desde que el Arca fue trasladada a ella. La posterior destrucción del Templo y de la ciudad por los babilonios no hizo decrecer su importancia religiosa. Al contrario, desde entonces Jerusalén será la ciudad santa en la que el Mesías llevará a cabo su obra y donde reinará por siempre.
Al considerar justa la destrucción de Samaría, y después la de Jerusalén, los libros de los Reyes subrayan las exigencias de la Alianza y la realidad de las infidelidades del pueblo. Sin embargo, en medio de esa falta de fidelidad queda un “pequeño resto” que también muestra cómo permanece fiel a Dios (cf. 1 R 19,18).A pesar del aparente balance negativo de los acontecimientos, nunca deja de estar latente un mensaje positivo de esperanza que mueve a la conversión. El camino de la conversión se mantiene abierto a la esperanza puesto que el Señor siempre permanece fiel a la Alianza y a las promesas hechas a David y a su descendencia.
Significación de
La sucesión en el trono de David, que 1 y 2 Reyes detallan hasta la época del destierro, culmina, según el Nuevo Testamento, en Jesús de Nazaret, proclamado “Hijo de David” por la multitud y por los evangelistas. Aunque después del destierro desaparecen los reyes de Israel, Dios no había revocado su decisión de hacer de su pueblo un Reino, y de hecho en 1 y 2 Reyes no es rechazada la monarquía como tal, aunque sí se valoran negativamente la mayor parte de los reyes. Tampoco había revocado su promesa de suscitar a David un heredero cuyo trono permaneciese para siempre. Pero Dios cumple su promesa por encima de todas las expectativas humanas.
A diferencia de los reinos de Judá e Israel, el Reino del Mesías está formado por judíos y gentiles, personas que participan todas ellas de la realeza de su Rey Cristo, “hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación” de los que el Señor ha hecho “un Reino de sacerdotes que reinan sobre la tierra” (Ap 5,9‑10). A este Reino pertenecen, explica San Pablo, aquellos judíos que han acogido a Cristo, y que constituyen un resto fiel, semejante al de aquellos que en los tiempos de los reyes “no doblaron la rodilla ante baal” (Rm 11,2‑5; Cf. 1 R 19,10‑18).
La Iglesia, integrada por judíos y gentiles, es en la historia humana “el germen y principio de este Reino” (Conc. Vaticano II, Lumen Gentium, n. 5), prefigurado y preparado por lo que fue históricamente el reino de Judá. Una vez que el Nuevo Testamento revela la misión del Mesías, se contemplan mejor la distancia que hay entre los símbolos que aparecen en estos libros y el misterio cuya manifestación han ido preparando: «Observad los lirios del campo... pero yo os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos» (Mt 6,28‑29), y «La reina del sur vino desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, pero aquí hay uno que es más que Salomón» (Mt 12,42). Jesús se presenta como alguien que es más que Salomón con toda su sabiduría (Cf. Mt 12,42).
El verdadero culto a Dios, afirma Jesucristo, ya no se dará ni en Garizim (Samaría) ni en Jerusalén, sino en Espíritu y en verdad, porque Dios es Espíritu (Jn 4,24), y ahora, el lugar de la Presencia de Dios entre los hombres no es el Templo de Jerusalén sino “el Santuario de su Cuerpo” (Jn 2,21). La ciudad santa de Jerusalén, en la que Jesús culminó su obra redentora no pierde protagonismo en el Nuevo Testamento. También el reino de Dios, instaurado por Jesucristo, ve en la nueva Jerusalén, celestial y escatológica, su capital ideal, donde “está la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios‑con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ya ha pasado” (Ap 21,3‑4).
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Lección
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