ÍNDICE GENERAL
Unidad didáctica 1 Unidad didáctica 2A Unidad didáctica 2B Unidad didáctica 3 Unidad didáctica 4 Unidad didáctica 5

Lección 1

Lección 2

Lección 3

Lección 4

Lección 5

Lección 6

Lección 7
Lección 8

Lección 9
Lección 10

Lección 11
Lección 12
Lección 13
Lección 14
Lección 15
Lección 16

Lección 17
Lección 18
Lección 19

Lección 20
Lección 21
Lección 22

Lección 23
Lección 24

 

 

 

Lección 15: los libros 1 y 2 de Samuel

 

INTRODUCCIÓN ESQUEMÁTICA

 

  • Consideraciones generales
    • En los LXX y en la Vulgata agrupados en 1-4 Reyes
    • División por razones prácticas

 

  • Estructura y contenido
    • Samuel (1 Sm 1 - 7)
    • Samuel y Saúl (1 Sm 8 - 15)
    • Saúl y David (1 Sm 16 - 27)
    • David rey (2 Sm 1 - 20)
    • Epílogo (2 Sm 21 -24)

     

  • Los orígenes de la monarquía
    • No hay documentación extrabíblica sobre los hechos, sólo sobre el marco histórico
    • Los “videntes” o “profetas”  primitivos
    • Los primeros intentos frustrados (Gedeón, Abimelek y la derrota en Afec)
    • Guebá de Saúl
    • La ciudad de David (pozo de Warren)
    • Jerusalén, capital del norte y el sur

     

  • Sentido teológico de los libros de Samuel
    • Personas al servicio del designio salvador de Dios: reyes y profetas
    • Dignidad del rey, “hijo de Dios” pero no divinizados como en Egipto
    • Rica personalidad humana y sentido religioso de David: no idealizado
    • Oráculo de Natán: perspectivas mesiánicas
    • Jerusalén, con el Arca, la “ciudad del Señor

     

  • Significación de los libros de Samuel en la fe de la Iglesia
    • Clarificación mesiánica: descendiente de David, pero con un reino singular
    • Jesús “hijo de David” y rey: el Reino de Dios
    • La figura de David en la predicación cristiana (pastor, lucha contra el mal, arrepentimiento)
    • La “nueva Jerusalén    

EXÉGESIS

Profecía de Natán (2 Sam 7,1-17)

 

DESARROLLO DEL CONTENIDO

Contenido de la Lección 15ª

n      1. Estructura y contenido

n      2. Los orígenes de la monarquía

n      3. Sentido teológico de los libros de Samuel

n      4. Significación de los libros de Samuel en la fe de la Iglesia.

 

El primer y el segundo libro de Samuel, y el primer y el segundo de Reyes parece que son una sola obra. La separación en dos libros divididos a su vez en dos partes tal vez obedezca a razones prácticas de facilidad en el manejo de los rollos de pergamino en los que estaban escritas las copias, y tiene su origen en la traducción de los Setenta. En esta versión griega los libros de Samuel aparecen unidos con los de los Reyes formando un conjunto de cuatro libros sobre los Reinados. En la Vulgata se respetaron esas separaciones y agrupaciones, y se denominó a esos cuatro libros con el nombre de 1, 2, 3 y 4 Reyes.

 

El texto hebreo masorético y la versión griega de los Setenta presentan numerosas divergencias, aunque se trata casi siempre de cuestiones de detalle. No obstante, hay algunas más significativas, como la omisión en el texto griego de algunos duplicados que aparecen en el texto hebreo. En los textos de Qumrán han aparecido bastantes fragmentos hebreos de Samuel, que nos ofrecen una tradición textual más próxima al texto de los Setenta que al masorético.

 

Los libros de Samuel tratan de los orígenes de la monarquía. Vienen precedidos en la Sagrada Biblia por el libro de Rut, en el que se trata de los orígenes de la familia de David, personaje emblemático de la monarquía israelita. En los libros de los Reyes, que van a continuación, se trata de los avatares de la monarquía hasta la caída de los reinos del Norte y del Sur.

 

Estructura y contenido

 

Partes

Textos

1.Samuel

1 Sam 1-7

2. Samuel y Saúl

1 Sam 8-15

3. Saúl y David

1 Sam 16-2 S 1

4. David Rey

2 Sam 2-20

5. Epílogo

2 Sam 21-24

 

 

Al principio la narración se va centrando alrededor de unos personajes que van apareciendo sucesivamente. Los relatos acerca de cada uno de ellos se van superponiendo con el anterior, hasta que éste desaparece, y entra en escena el siguiente. Estos protagonistas sucesivos son Samuel, Saúl y David. Los libros de Samuel se pueden dividir en varias secciones:

 

1. Samuel (1,1‑7,15). En esta se incluyen dos tradiciones acerca de Samuel: una de ellas lo presenta como profeta y la otra con características análogas a las de los jueces. Separando ambas secciones hay un relato de carácter popular acerca de las distintas peripecias que sufrió el Arca de la Alianza al caer en manos de los filisteos.

 

2. Samuel y Saúl (8,1‑15,35). También en esta sección se recogen dos tradiciones distintas. En una de ellas se expone que Samuel unge espontáneamente a Saúl tras un encuentro fortuito cuando éste iba buscando las burras que se le habían perdido a su padre. En la otra es el pueblo quien lo pide y Samuel accede en contra de su voluntad. Saúl al principio cuenta con el apoyo de Dios y del pueblo, pero al final es rechazado. Las razones para el rechazo son distintas: por no haber esperado a Samuel para ofrecer un sacrificio, y por haber perdonado la vida a un rey vencido y haberse reservado parte del botín de guerra sin entregarlo al anatema.

 

3. Saúl y David (1 Sam 16,1‑2 Sam 1,27). También en esta sección abundan los duplicados. El conocimiento de ambos en un caso se deriva de la entrada de David al servicio de Saúl, como músico y en otro de la lucha entre David y Goliat. Saúl atenta en dos ocasiones contra la vida de David (1 Sam 18,10‑11 y 1 Sam 19,9‑10). También dos veces se constata la popularidad de David (1 Sam 18,12‑16 y 1 Sam 18,28-30). Así mismo en dos ocasiones se le promete casarlo con la hija de Saúl (1 Sam 18,17‑19 y 1 Sam 18,20‑27). David es traicionado dos veces (1 Sam 23,1‑13 y 1 Sam 23,19‑28), en otras tantas perdona la vida a Saúl (1 Sam 24 y 26). Y, por último, en dos oportunidades se refugia en la casa de un príncipe filisteo de Gat (1 Sam 21,11‑16 y 1 Sam 27,2‑12).

 

4. David rey (2 Sam 2,1‑20,26). Aquí se puede apreciar un cambio de estilo con respecto a las secciones anteriores. Esta es más coherente. En ella se narra la consagración de David como rey de Judá en Hebrón, y a continuación las diversas luchas e intrigas que se producen hasta que termina por ser aceptado como rey de Israel tras la muerte del hijo de Saúl, Isbaal. También se narra su adulterio con Betsabé, la recriminación por medio de Natán y el castigo que sigue al mismo. Dentro de su familia se producen hechos escandalosos: Amnon viola a su hermana Tamar y es asesinado por Absalón. Posteriormente éste se sublevará contra su padre, y perecerá.

 

5. Epílogo (2 Sam 21,1‑24,25). Se trata de seis textos diversos. El primero se refiere a la ejecución de los descendientes de Saúl en Gabaón. A continuación sigue una lista de hazañas de David frente a los filisteos, y se recoge un canto de acción de gracias atribuido a David que coincide con el Salmo 18. Sigue un oráculo acerca de David y una lista de paladines de David. Por último se narra la construcción de un altar en el futuro emplazamiento del Templo, después de la peste con la que Dios castigó a David por haber realizado un empadronamiento del pueblo.

 

Los orígenes
de la monarquía

 

La crítica histórica de los libros de Samuel junto con los hallazgos arqueológicos nos permite realizar un retrato de la época histórica en la que se sitúan las narraciones contenidas en estos libros sagrados. Todavía no se ha encontrado documentación extrabíblica que ofrezca su versión de los acontecimientos narrados en ellos, pero lo que hay permite reconstruir un trasfondo objetivo que se ajusta bastante bien a la ambientación de esos relatos.

 

El libro primero de Samuel comienza con la narración de la historia de Samuel, que es presentado como “vidente” o “profeta”. El que se le asigne este oficio no sorprende ya que en muchas religiones antiguas, y también en las del Próximo Oriente, se puede encontrar el fenómeno de la profecía extática: hombres que profieren mensajes en medio de convulsiones, como arrebatados en un éxtasis. En la época premonárquica hay “grupos de profetas” en Israel que tienen un comportamiento análogo. En el libro primero de Samuel, éste explica a Saúl que siga su camino y “tropezarás con una banda de profetas que bajan del alto. Entonces el espíritu del Señor te arrebatará y tú profetizarás con ellos y te sentirás cambiado en otro hombre” (1 Sam 10,5). Pero en Israel no se consideraba el éxtasis como lo más característico de la profecía. El profeta es ante todo un mensajero enviado por Dios para comunicar algo. El primer gran profeta primitivo en Israel fue Samuel. También se conocen los nombres de otros posteriores: Gad, Natán, etc. y se alude a algunos otros sin decir su nombre propio. En los archivos de la ciudad de Mari, en el Eúfrates superior, se han encontrado algunos textos, que se pueden fechar hacia el 1700 a.C., que hablan de unos hombres que son enviados por algún dios a comunicar al rey sus palabras. Estas comunicaciones hacen referencia a cosas materiales concretas: que expongan en la presencia del dios los asuntos de gobierno, que ofrezcan sacrificios, etc.

 

 

El libro de los Jueces (cap. 6‑9) presenta una serie de tradiciones sobre Gedeón y Abimélek en las que aparecen los primeros intentos israelitas para establecer la monarquía. Después de la victoria de Gedeón sobre los madianitas, los hombres de Israel ofrecieron una realeza dinástica a Gedeón, pero él la rechazó: “vuestro jefe será el Señor” (Jue 8,23). A la muerte de Gedeón, Abimélek expone a los habitantes de Siquén sus pretensiones monárquicas (Cf. Jue 9,1‑3) y logra que lo proclamen rey. Sin embargo pronto empieza a tener conflictos, y acaba pasando a cuchillo a la población y destruyendo la ciudad (Jue 9, 42.25). La arqueología atestigua una destrucción de Siquén en esta época. Un testimonio muy antiguo de los sentimientos que suscitó el debate sobre la instauración de la monarquía es el discurso de Jotán (Jue 9,7‑15). Parece que la derrota de Afec (Cf. 1 Sam 4,1‑11) hizo pensar una vez más a los israelitas en la precariedad que suponía para su defensa en situaciones de peligro la necesidad de poner de acuerdo a las tribus y organizar un ejército cada vez que hiciera falta. Ante la necesidad de hacer frente al expansionismo filisteo, se impuso como imprescindible la instauración de un poder centralizado en la monarquía. A pesar de la ruptura del status tradicional que esto suponía, y el desconcierto que esto habría de producir, se fue abriendo paso la idea de imitar el modelo de las naciones vecinas y depositar en una sola persona, el rey, la autoridad necesaria para mover las fuerzas y la misión de dirigir la guerra con un ejército profesional. Deseo de parte del pueblo que, tras varias vicisitudes, sería ratificado por el Señor por medio de Samuel (Cf. 1 Sam 8,7‑9).

 

Los intentos más serios para construir una monarquía estable se centran en Saúl, un joven aguerrido de la tribu de Benjamín. Este era un guerrero que sacaba los hombros y la cabeza a todos los demás israelitas, un héroe carismático como los jueces que le habían precedido. En su época la amenaza de los filisteos era cada vez más apremiante, y se hacía necesario un gobierno unitario de las tribus. Cada vez se iba extendiendo más el deseo de un rey entre muchos israelitas (Cf. 1 Sam 8,1‑5). Después de su victoria contra los ammonitas, Saúl es proclamado rey en Guilgal (1 Sam 11,15). Saúl instaló su corte en Gueba, su ciudad natal, unos cinco kilómetros al norte de Jerusalén. Allí edificó su palacio-fortaleza, de construcción bastante tosca, aunque relativamente bien fortificado. En las excavaciones se han encontrado testimonios de una destrucción que posiblemente tuvo lugar en tiempos de Saúl, aunque la ciudad fue inmediatamente reconstruida. Saúl murió, junto con sus hijos, en los montes de Gilboé. Los filisteos colgaron sus cuerpos en las murallas de Bet Sean (1 Sam 31,8‑10). Cuando la noticia llegó a David, este compuso un bellísimo canto fúnebre (2 Sam 1,19‑27).

 

Después de la muerte de Saúl, David intentó y consiguió ser proclamado rey de Judá en Hebrón (2 Sam 2,1‑4a). Entonces comenzó la lucha contra Isbaal, hijo de Saúl, a quien Abner había coronado como rey de Israel. Sin embargo, Isbaal sería asesinado y, una vez muerto, David fue ungido rey de Israel (2 Sam 5,1‑5). El libro segundo de Samuel informa de la toma de la ciudad de Jerusalén por las tropas de David: “El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén, contra los jebuseos que habitaban el país, y éstos le dijeron: no entrarás aquí; los ciegos y los cojos bastarán para rechazarte”. Es una manera de decir que David no entraría. Pero David entró y se instaló en la fortaleza y la llamó ciudad de David. Después construyó un muro alrededor, desde el terraplén hacia el interior (2 Sam 5,5‑9). En las excavaciones de la ciudad de David en Jerusalén se ha descubierto una galería que, a través del llamado “pozo de Warren” comunica el interior de la ciudad jebusea con la fuente de Guijón, de donde se abastecía de agua la ciudad y que quedaba fuera de las murallas. A través de ese pozo y el consiguiente túnel se podía acceder a la ciudad aunque las murallas estuvieran bien protegidas. También es patente el terraplén del que habla el texto, situado en las laderas del Ofel.

 

La conquista de Jerusalén fue un acontecimiento de enorme importancia política y religiosa. Como hasta ese momento había estado en poder de los jebuseos no correspondía a ninguna de las tribus israelitas, era por tanto una ciudad neutral, ideal para establecer en ella la capital sin que ninguna tribu se viera favorecida por la elección. Una vez establecida en ella la corte, también se llevó a cabo un primer intento de centralización del culto con el traslado del Arca a Jerusalén. Por lo que respecta a la política internacional de David, en el libro segundo de Samuel se dice que conquistó Ammon (2 Sam 10) y sometió a vasallaje a Moab (2 Sam 8,2) y Edom (2 Sam 8,13‑14).

 

Sentido teológico
de los libros de Samuel

 

La “historia deuteronomista” alcanza uno de sus momentos culminantes en los libros de Samuel. En su modo de narrar la historia se refleja el proyecto salvador de Dios. El Señor, en efecto, elige a un pueblo para llevar a cabo su designio salvífico, y dentro del pueblo escoge a unas personas, reyes y profetas, que lo guíen; los reyes, como representantes de Dios, los profetas como intérpretes de la historia y defensores de los derechos divinos

 

La monarquía dinástica adquiere en estos libros su más alta consideración. Los reyes en el antiguo Oriente Medio gozaban de una extraordinaria dignidad, e incluso en algunos lugares, como en Egipto, eran tenidos por dioses. En Israel también se reconoce a los reyes una enorme grandeza pues son llamados “hijos de Dios” en sentido metafórico.

 

Los profetas, encargados muchas veces de encumbrarles y ungirles como reyes, tienen la misión de hablarles en nombre de Dios y, si es el caso, recordarles sus delitos, y transmitirles la reprobación divina. De hecho, el profeta Samuel y más tarde Natán y Gad tuvieron una función trascendental en este periodo. Es muy significativo el modo en que se presenta, sobre todo, la figura David. Poseedor de un carácter apasionado, valiente y audaz es descrito como un hombre de una lealtad inquebrantable al rey Saúl, el Ungido del Señor, a pesar de las pruebas que hubo de sufrir. Esa rica personalidad humana es inseparable de su excepcional sentimiento religioso: su magnanimidad con los enemigos, su sentido personal del pecado y de la penitencia, su sumisión a Dios y su resistencia a presionarlo. David es presentado como el prototipo del Mesías, el futuro rey que ha de nacer de su estirpe. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucedía con las monarquías de los pueblos vecinos, no se diviniza al rey. Al contrario, David es un personaje profundamente humano, con sentimientos nobles y pasiones, que en los libros quedan plasmados con toda sencillez y claridad.

 

Afronta el combate con Goliat sin más armas que sus arreos de pastor, porque confía en que Dios no permitirá que sus enemigos triunfen sobre su pueblo. Renuncia a sus planes personales de edificar el Templo, con lo que esto supone en las costumbres de la época de renuncia a poner los medios para instaurar una dinastía, se fía del Señor: cumplirá su promesa. Esa entrega generosa en las manos de Dios le permite asumir sus defectos y reconocer con sencillez su pecado cuando Natán le ayuda a recapacitar y a experimentar a fondo el arrepentimiento. Por otra parte el oráculo de Natán abre nuevas perspectivas: el Señor se compromete definitivamente con esa dinastía.

 

Muy unida a la importancia de la monarquía, la ciudad de Jerusalén ocupa un lugar central en estos libros, como capital política y religiosa y, sobre todo, como símbolo teológico. El Señor reina en Jerusalén, convertida en ciudad santa desde el traslado del Arca, y elevada a sede de la morada de Dios y de la dinastía davídica. Este compromiso entre Dios y la dinastía davídica es de carácter gratuito e incondicional, basado en una promesa de la que Dios no se retractará a pesar de lo que pueda suceder en el futuro, e independientemente de cómo se comporten los descendientes de David. Del mismo modo que el Señor eligió a Israel para ser su pueblo y a David para iniciar la dinastía, eligió también Jerusalén para ser “la ciudad del Señor”. De esta manera se inicia la consideración teológica de Jerusalén, engrandecida cuando el pueblo permanece fiel y destruida cuando la infidelidad del pueblo trae consigo el castigo del destierro (s. VI a.C.).

 

Significación
de los libros de Samuel
en la fe de la Iglesia

 

Aunque ya el destierro de Babilonia había dado ocasión para reflexionar sobre el fracaso de la monarquía davídica y el sentido que podría tener la profecía de Natán, la venida de Jesús puso plenamente de manifiesto los valores profundos de las promesas hechas a David: Dios no había prometido el mantenimiento eterno de un reino temporal, sino el advenimiento de un reino de una naturaleza peculiar que habría de recaer en un descendiente de David según la carne.

 

Jesús anuncia el reino de Dios y lo inaugura de forma misteriosa. Sin embargo, para que la realidad fundamentalmente espiritual de su reinado no fuese mal entendida, evita discretamente hacer manifestaciones ostentosas de su realeza. Aunque, en ocasiones, acepta que se le salude como “hijo de David” (Mc 10,47‑48) y hace una excepción notoria a este modo suyo de proceder en su entrada triunfal en Jerusalén, precisamente pocos días antes de morir. Después de su resurrección, y purificada ya suficientemente la imagen de su reino, los discípulos no dudarán en destacar su ascendencia davídica (Mt 1,1) y el cumplimiento en Él de la profecía de Natán (Hech 2,30 y Heb 1,5).

 

La figura de David, el padre del Mesías, fue muy utilizada en la predicación cristiana desde la época apostólica. Muchos Padres de la Iglesia descubren en la semblanza de David la imagen de Cristo. Hipólito le dedica un tratado (De David et Goliath, CSCO 263‑264), así como San Ambrosio y San Juan Crisóstomo. En estas obras se describe la victoria sobre Goliat como señal de la victoria de todo hombre contra el mal. David es el rey de Israel, que anuncia al Rey universal. Es el profeta perfecto porque es instrumento de la voz divina, ya que en el dulce canto de sus salmos habla Cristo en persona (Ambrosio, Iac. II 9, 39). David es también el verdadero pastor, maestro de todas las virtudes: de la mansedumbre, de la humildad, de la paciencia, de la sabiduría, de la generosidad y de la fe (Hipólito, Dav. 12,1‑2). Y, sobre todo, proporciona un admirable ejemplo con su arrepentimiento: su pecado es testimonio de la fragilidad humana, y en su llanto pidiendo perdón proclama la misericordia de Dios. (Cirilo de Jerusalén, Cat. 2,11‑12).

 

La Ciudad Santa de Jerusalén, por su parte, adquiere un sentido más profundo en el Nuevo Testamento, especialmente en el Apocalipsis, donde se habla de la “nueva Jerusalén” como imagen del pueblo escatológico, destinatario definitivo de la salvación.

 

 

 

 

ÍNDICE GENERAL
Unidad didáctica 1 Unidad didáctica 2A Unidad didáctica 2B Unidad didáctica 3 Unidad didáctica 4 Unidad didáctica 5
Texto bíblico de Qumran Patesi Gudea Tabernáculo del desierto Granada YHWH Escaleras Templo Zorobabel Alejandro Magno

Lección 1

Lección 2

Lección 3

Lección 4

Lección 5

Lección 6

Lección 7
Lección 8

Lección 9
Lección 10

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