| ÍNDICE GENERAL | |||||
| Unidad didáctica 1 | Unidad didáctica 2A | Unidad didáctica 2B | Unidad didáctica 3 | Unidad didáctica 4 | Unidad didáctica 5 |
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Lección
11 |
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Lección 13: El libro de los Jueces |
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INTRODUCCIÓN ESQUEMÁTICA
EXÉGESIS Canto de Débora (Jue 5,1-31)
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DESARROLLO DEL CONTENIDO Contenidos de la Lección 13ª n 1. Estructura y contenido n 2. Las tradiciones de las tribus de Israel n 3. Sentido teológico del libro de los Jueces n 4. Significación del libro de los Jueces en la fe de la Iglesia.
En el libro de los Jueces se habla de la llegada del pueblo de Israel a la tierra de Canaán, de las dificultades con las que se fueron encontrando en su asentamiento en cada zona y de la protección divina que pudieron experimentar en varias situaciones difíciles que se presentaron a las diversas tribus. En esos momentos más difíciles Dios mismo fue suscitando unos líderes carismáticos, los “jueces”, que se encargaron de resolverlas.
Estructura y contenido
En el libro, después de un prólogo de carácter eminentemente doctrinal, se suceden las narraciones de las hazañas realizadas por diversos jueces. Estas narraciones son cada vez más extensas, y se les van añadiendo más relatos anejos, conforme avanza el libro:
Prólogo (1,1‑3,6).- Consta de dos partes: Primero se habla de la llegada de las tribus israelitas a la tierra de Canaán y de su paulatino asentamiento en sus territorios. Después se expresa la enseñanza teológica fundamental del libro: Israel permanecerá en esa tierra mientras sea fiel al Señor, pero en la medida en que se aparte de Dios dejará de contar con el favor divino; el Señor ha dado reiteradas muestras de su fidelidad suscitando jueces que salvaran al pueblo de las situaciones comprometidas en las que se fue encontrando, pero Israel reincidió una y otra vez en la infidelidad.
1. Un salvador de la familia de Caleb: Otniel (3,7‑11).
2. Un salvador de la tribu de Benjamín: Ehud (3,12‑30). Tras explicar que los israelitas hicieron el mal y fueron oprimidos por Eglón, rey de Moab, se narra cómo Ehud venció a Eglón. Como apéndice a esta narración se añade una breve noticia acerca de Samgar, un juez menor.
3. Una salvadora de la tribu de Efraim: Débora (4,1‑5,32). Los israelitas reincidieron en hacer el mal y fueron oprimidos por Yabín rey de Jasor. Dios suscitó a Débora para que con la ayuda de Barac reuniera a las tribus e hiciera frente a la situación. Finalmente, tras la muerte de Sísara, jefe del ejército de Yabín, se conjuró el peligro. Al relato de estas hazañas se añade el Canto con el que Débora y Barac festejan el triunfo.
4. Un salvador de la tribu de Manasés: Gedeón‑Yerubaal (6,1‑10,5). Los hijos de Israel vuelven a hacer el mal y en esta ocasión fueron oprimidos por los madianitas y amalecitas. Dios llama a Gedeón‑Yerubaal para que salve a su pueblo y éste convoca a las tribus y selecciona a los hombres con los que se enfrentará a Madián y Amalec. Los vence en la batalla y persigue a los fugitivos hasta derrotarlos por completo. Finalmente muere Gedeón. Y una vez terminada su historia se abre un largo paréntesis para hablar de un intento fallido de instaurar una monarquía en Israel por parte de Abimélec. Para terminar, se añaden unas breves noticias de dos jueces menores: Tolá y Yair.
5. Un salvador de Galaad: Jefté (10,6-12,15). Una vez más el peligro se cernía sobre los hijos de Israel por el avance de los ammonitas, debido a la infidelidad de los israelitas a su Dios. Cuando reconocieron su pecado, el Señor se aplacó y las amenazas de los ammonitas desaparecieron. Esto sucedió gracias a Jefté que antes de la batalla hizo un voto temerario a Dios y cuando logró derrotar a los ammonitas pagó cara su imprudencia en el voto con el sacrificio de su propia hija. Después, también los efraimitas se enfrentaron con Jefté y fueron derrotados por él. También en esta ocasión, se añaden a la historia principal algunas noticias sobre tres jueces menores: Ibsán, Elón y Abdón.
6. Un salvador de la tribu de Dan: Sansón (13,1‑21,25). De nuevo los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor, y esta vez el Señor los entregó en manos de los filisteos. Ahora Dios suscitará un salvador del que se anuncia a sus padres su nacimiento y también se dice que será nazareo, consagrado a Dios, desde el seno materno. De él se cuentan varias de las hazañas realizadas gracias a su fuerza prodigiosa. Finalmente, seducido por Dalila, le manifestará el secreto de su fuerza, y será apresado por los filisteos. Por último, una vez recuperada su fuerza prodigiosa, él mismo pierde la vida al derribar la casa en la que estaba junto con muchos filisteos.
Epílogo. Al final de esta historia, como había sucedido en otros casos, también ahora se añaden dos historias distintas entre sí, pero relacionadas entre sí. El primer relato está relacionado con la migración de la tribu de Dan desde el lugar en donde estaba al principio, en la Safelá, hacia el norte del país. El protagonista del mismo es un levita que es bien acogido, primero por un hombre de Efraim y después por los hombres de Dan (17,1‑18,31). El segundo relato tiene como protagonista a otro levita que no encuentra hospitalidad por parte de los benjaminitas de Guibeá, que quieren abusar de él y maltratan hasta la muerte a su concubina. Esto origina una lucha entre las tribus israelitas, de todos contra Benjamín, que está a punto de hacer desaparecer a esa tribu (19,1‑21,25). De este modo, dejando constancia del desorden y la corrupción de costumbres a la que se había llegado entre las tribus debido a su infidelidad a Dios se termina el libro.
Las tradiciones de las tribus de Israel
El libro de los Jueces produce en el lector una impresión real de la situación de la época, como un momento de desórdenes, en el que las tribus israelitas carecen de una unidad política. La arqueología da testimonio de esa situación anárquica. En aquella época era muy notable, en lo que a organización política se refiere, la diferencia entre las tribus israelitas y sus vecinos. En Canaán subsistía el régimen de ciudades-estado, cada una con su propio rey: Jebús, Guézer, Meguido, Taanac, Bet Sean, etc. En cambio, Israel era un conjunto de tribus independientes cuyo vínculo común no era estrictamente político sino religioso: la fe en el Señor y la noticia trasmitida en las tradiciones ancestrales de algunas tribus de tener un origen común y de haber compartido maravillosas experiencias religiosas, como la salida de Egipto y una larga peregrinación por el desierto, con las tribus hermanas. Esto se refiere sobre todo a las tribus establecidas en el centro y el norte del país, grupo al que se suele designar en la Biblia como “la casa de José”. Los habitantes del sur, aunque tal vez compartían la fe en el Señor, tardarían todavía mucho tiempo es estrechar lazos de hermandad con las tribus del centro y el norte, de las que estaban separados por una importante barrera de fortalezas cananeas: Jebús, Ayalón, Guézer, etc.
En el “Canto de Débora” (Jue 5,1 ss.) se celebra la victoria de Débora sobre Sísara, un jefe del ejército cananeo de Jasor, y en él se dan gracias a Dios y se alaba a las tribus que han acudido a convocatoria para la batalla a la vez que se reprocha a las que no han acudido a la cita. Sin embargo llama la atención el que no se aluda ni en un sentido ni en otro a Judá y Simeón, las tribus del Sur. Si no se las echa en falta es tal vez porque en esa época todavía no se las consideraba plenamente integradas en el conjunto de las tribus israelitas. Cuando los israelitas eran atacados aparecían unos jefes carismaticos, los Jueces, que aglutinaban a su alrededor grupos de gente del pueblo que se encargaran de la defensa. Sin embargo no había una autoridad central constituida, organizada ni estable, y el único motivo para unirse momentáneamente era el hacer frente a algún enemigo común. Por lo que se refiere a los restos arqueológicos de esa época se puede apreciar una cierta diferencia entre las poblaciones “cananeas” y las “hebreas”. La civilización cananea era floreciente, sus casas estaban bien construidas, con pisos pavimentados. Había un sistema de alcantarillado en las ciudades. En cambio, en la construcción de las casas israelitas se recogían piedras y se formaban muros sin poner mucho cuidado en que las hileras quedaran bien asentadas, y para rellenar los huecos se metían piedras más pequeñas. Parece que las ciudades hebreas carecían de una planificación.
En esa época tuvo una notable importancia el santuario de Silo, en el que se guardaba el Arca de la Alianza, que acompañaba al pueblo en sus batallas como signo de la protección divina. Es posible que la actividad cultual de este santuario constituyera un importante elemento de unidad moral para las tribus de la “Casa de José”. La fe en el Señor todavía se mantenía en un nivel muy primitivo, la gente sencilla tenía tendencia a fabricarse ídolos de metal fundido y a tributarles un culto doméstico. Es ilustrativo el caso del hombre de la montaña de Efraim que consagra mil cien siclos de plata al Señor para hacer un ídolo, que puso en un santuario de su propiedad, para cuyo culto logró contratar a un levita (Cf. Jue 17,1‑12). Los propios Jueces protagonistas del libro no son un modelo de comportamiento ético, al menos a la luz de la legislación posterior. Por ejemplo, Sansón se casó con una mujer filistea, no israelita (Jue 14,1‑8). Jefté, por su parte, hizo un voto temerario de ofrecer en sacrificio el primer ser vivo que le saliera al encuentro al regresar a casa para que Yahweh le fuera propicio en la batalla, y lo cumplió sacrificando a su propia hija (Jue 11,31‑39).
Sentido teológico
El redactor del libro, al presentar a cada uno de los jueces mayores desarrolla los elementos de tradición con los que cuenta agrupándolos en torno al mismo esquema argumental: pecado, castigo y salvación.
El libro como tal presenta una visión teológica de los recuerdos que quedaban en las tribus acerca de su establecimiento en la tierra de Canaán redactada a la luz de la teología de la Alianza. Podría decirse que todo el libro es una llamada a la fidelidad. Sin ella no es posible mantener la Alianza, y el pecado es una grave ruptura de esa fidelidad que introduce un desorden en las relaciones con Dios. Sin embargo, frente a la fragilidad del pueblo se resalta la paciencia de Dios, que siempre vuelve a manifestar con su protección el amor que tiene a sus elegidos. Para el lector, el libro es una llamada al examen de conciencia que lleve a reconocer los propios pecados e infidelidades y a tener confianza en Dios, que siempre es fiel y está dispuesto a traer la salvación cuando se lo invoca con un corazón sincero.
La intervención salvadora de Dios comienza por la elección gratuita del hombre al que corresponderá restablecer la situación. La gratuidad de la vocación es un rasgo sobresaliente en todo el libro. Así lo expresa, por ejemplo, e1 diálogo de Gedeón con el Ángel del Señor: “Él respondió: ‘Señor mio, ¿cómo voy a liberar a Israel? Mi clan es el más insignificante de Manasés y yo soy el más joven de mi familia’. El Señor le dijo: ‘Yo estaré contigo y tú derrotarás a Madián como a un solo hombre’” (Jue 6,15‑16).
El libro de los Jueces es un canto de liberación. Cuando Dios contempla las dificultades de su pueblo ante el peligro y escucha su petición de ayuda, acude a liberarlos de sus enemigos temporales. Estas experiencias de liberación son los primeros jalones, después de la liberación de Egipto, de esa acción divina que culminará el la liberación definitiva. Estos recuerdos servirán para alimentar la esperanza en los momentos difíciles del Destierro, y son presagio de realidades más profundas que se manifestarán más adelante.
Significación del libro de los Jueces
La enseñanza teológica que tiene el libro de los Jueces en sí mismo encuentra su más completa plenitud a la luz del Nuevo Testamento. La encarnación del Hijo de Dios y su misión salvífica son una manifestación patente de que Dios no se despreocupa de su pueblo, que ahora, ya no es sólo el pueblo de Israel sino el nuevo Pueblo de Dios con vocación universal.
Toda la historia de la humanidad hasta ese momento fue un entramado de pecados y castigos hasta que Dios mismo intervino de manera decisiva para traer la salvación. Ahora, la obra de la Salvación y de la plena liberación del pecado ya ha sido realizada, aunque la tarea de hacer llegar sus efectos a todos los hombres de todas las épocas es una misión permanente en la que todos los seguidores de Jesucristo estamos involucrados. Hasta la recapitulación de todas las cosas en Cristo seguirá habiendo pecado en el mundo, y la reflexión sobre la enseñanza de este libro seguirá aportando luces nuevas para alimentar la esperanza de esa liberación definitiva.
La gratuidad de la vocación de aquellos a quienes Dios elige, que ya se aprecia en el libro de los Jueces, está también claramente expuesta por San Pablo: “Considerad si no, hermanos, vuestra vocación; pues no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios y Dios eligió la flaqueza del mundo, para confundir a los fuertes; escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que es nada, para destruir lo que es, de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios” (1 Cor 1,26‑29).
Algunos relatos acerca de los Jueces fueron empleados por los Padres de la Iglesia en su predicación. Por ejemplo, la figura de Sansón fue comparada con Jesucristo y su triunfo sobre los filisteos es para los cristianos un símbolo de la redención divina y de la victoria sobre la muerte (Paulino de Nola, Ep. 23; CSEL 28,168 ss.). Así pues, en la vida de la Iglesia, la experiencia de liberación que trasmite el libro de los Jueces es comprendida como anticipo de la acción de Jesucristo, liberador pleno del hombre, no sólo de las condiciones materiales adversas e injustas, sino autor de la más profunda liberación, la del pecado y la muerte.
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