| ÍNDICE GENERAL | |||||
| Unidad didáctica 1 | Unidad didáctica 2A | Unidad didáctica 2B | Unidad didáctica 3 | Unidad didáctica 4 | Unidad didáctica 5 |
|
Lección
11 |
|||||
|
Lección 12: El libro de Josué |
|||||||||
|
INTRODUCCIÓN ESQUEMÁTICA
EXÉGESIS Paso del jordán y monumento conmemorativo (Jos 3,1-5,1)
|
|||||||||
|
DESARROLLO DEL CONTENIDO Contenidos de la Lección 12ª n 1. Estructura y contenido n 2. Las tradiciones acerca del asentamiento de Israel en Canaán n 3. Sentido teológico del libro de Josué n 4. Significación del libro de Josué en la fe de la Iglesia.
El libro de Josué es la culminación natural del Pentateuco. En él se narra la toma de posesión por parte de Israel de la tierra prometida bajo la guía de Josué. El pueblo elegido, aunque constituido por tribus, es un solo pueblo, que adquiere unido la propiedad de esa tierra con el auxilio de Dios, que cumple así las promesas hechas a los Patriarcas. Las tribus israelitas no conquistaron Canaán gracias a su Poderío militar sino que Dios puso esa tierra en sus manos, y él mismo la repartió entre ellos para que cada uno pudiera gozar de paz y prosperidad en la tierra asignada a su familia. Como correspondencia a la fidelidad de Dios que ha cumplido sus promesas, se reclama la fidelidad de todo el pueblo a la Alianza establecida con el Señor.
Estructura y contenido
La exposición tiene una estructura sencilla, y en ella se pueden distinguir dos partes extensas, precedidas por un prólogo y culminadas por un epílogo que enmarcan adecuadamente el núcleo del contenido teológico de todo el libro:
Prólogo (1,1‑18).- Sirve de unión con el Pentateuco, y enuncia los principales temas del libro. De una parte, la continuidad entre la misión de Josué y la de Moisés en cuanto mediador entre Dios y el pueblo. De otra, la unidad de ese pueblo cuyas tribus realizan juntas la conquista de todo el país.
1. Toma de posesión de la tierra (2,1‑12,24). La narración comienza con el envío de unos exploradores para inspeccionar Jericó, la primera ciudad que tomarán los israelitas. Sigue una serie de episodios relacionados con Guilgal, el primer campamento establecido en la tierra prometida. A continuación se narra con detalle la conquista de las dos primeras ciudades: Jericó y Ai. Una vez que se ha tratado con detenimiento de las primeras conquistas de Israel en la tierra que Dios les entrega se habla del acto de culto realizado mediante la ofrenda de sacrificios y la lectura de la Ley que tuvo lugar junto a Siquén. Seguidamente se trata, con menor detenimiento que en los episodios anteriores, de la conquista del resto del territorio.
2. Repartición de la tierra (13,1‑21,45).- El reparto se realiza en tres etapas. La primera de ellas ya había tenido lugar en las campiñas de Moab, y en ella Moisés había adjudicado las tierras de Transjordania a las tribus de Rubén, Gad y a media tribu de Manasés. La segunda fase se sitúa en Guilgal, y en ella se adjudican los territorios a las tribus más importantes: Judá, Efraim y el resto de la tribu de Manasés. En un tercer momento los israelitas se reúnen en Siló para distribuir el resto del territorio entre las demás tribus. Como colofón del reparto se enumeran las ciudades de refugio así como las adjudicadas a los levitas.
Epilogo (22,1‑24,33).- El libro concluye insistiendo en los dos grandes temas del prólogo. Primero se hace notar de nuevo que todo el pueblo ha realizado unido, sin que faltase nadie, la conquista del país. Para terminar, Josué el sucesor de Moisés exhorta a todo el pueblo antes de morir a mantenerse fiel al Señor y a cumplir la Alianza que el Señor hizo con sus antepasados y que ahora ellos renuevan en Siquén.
Las tradiciones acerca del asentamiento de Israel en Canaán
El libro de Josué ofrece una narración estilizada de unos acontecimientos históricos. En el modo de redactar los relatos se utilizan con frecuencia los recursos literarios propios de la épica para resaltar la importancia de la intervención divina en la Conquista de la tierra, que no es fruto del esfuerzo humano y guerrero del pueblo, sino un don de Dios. Sin embargo, lo que se puede leer en el libro no es una serie de historias fantásticas, sino un conjunto de relatos teológicos con una base histórica. Para hacerse cargo de los hechos realmente acontecidos es necesario tener en cuenta las aportaciones de la arqueología y de la crítica literaria del propio texto bíblico. La impresión que da el libro de Josué es que todo el territorio de Canaán fue conquistado y devastado por los israelitas. Por su parte, el capítulo primero del libro de los Jueces presenta una imagen distinta, y posiblemente más próxima a la realidad. Cada tribu se fue instalando en su propio territorio, superando poco a poco la resistencia que le pondrían los moradores primitivos de cada región. No todas consiguieron hacerlo prontamente ni con facilidad. Parece claro que no hubo una sola guerra bajo el mando de Josué, sino además una serie de luchas desconectadas entre sí. Y en otros muchos casos se pudo tratar de una sucesión de paulatinos asentamientos pacíficos que sólo abocarían en algún encuentro armado con el paso del tiempo cuando la tensión entra la población urbana cananea y rural israelita se hiciera insostenible.
Los datos arqueológicos muestran que en el siglo XIII a.C. hubo muchas y violentas perturbaciones en Palestina, y que cayeron algunas de las grandes ciudades cananeas. La época siguiente (s. XII y XI a. C.) es una de las más revueltas: las ciudades excavadas fueron destruidas en esos siglos entre una y cuatro veces. Un breve repaso a algunos datos arqueológicos en algunas ciudades de las que habla el libro de Josué puede resultar ilustrativo acerca del modo en el que se relatan los acontecimientos en ese libro. Las excavaciones en Jericó han puesto de manifiesto que entre 1400 y 1200 a.C. la ciudad era casi insignificante. Sería poco más que una pequeña aldea desprovista de sistemas sólidos de defensa. Sin embargo la importancia del hecho -la primera victoria conseguida en la conquista- y el recuerdo de la imponente ciudad que había habido allí siglos antes influiría en el estilo grandioso con el que fue narrada su conquista (Jos 6,1-27). Más adelante, el libro sagrado dice: “Josué incendió ha‑‘Ay y la redujo a un perpetuo montón de ruinas, una desolación hasta el día presente” (Jos 8,28). Ciertamente Ay había sido una ciudad próspera y bien defendida entre los siglos XXXIII a XXIV a.C. pero probablemente llevaba unos mil años prácticamente deshabitada y convertida en un montón de ruinas cuando los israelitas llegaron allí. Junto a esa “Ruina” (que eso significa la palabra ‘Ay) se hallaba la ciudad de Betel que sí fue tomada, según lo atestigua el propio texto (Cf. Jue 1,22‑26) y las excavaciones allí realizadas. Por otra parte, Jos 11,10‑11 informa de la destrucción y el incendio de Jasor por parte de las tropas de Josué. En las excavaciones de Jasor se ha hallado un estrato que puede datarse en la segunda mitad del siglo XIII a.C. Es un nivel que presenta evidentes muestras de destrucción y de incendio. Los nuevos ocupantes de la ciudad eran habitantes seminómadas que plantaron allí sus tiendas o construyeron simples chozas con silos y hogares.
En el libro de Josué se habla del reparto de la tierra prometida entre las tribus israelitas. Pero no está claro a qué entidad se denomina “Israel” en esa época: no parece que en ese momento se pueda hablar de Israel como de un pueblo unido, sino más bien como un grupo de tribus -con ciertas relaciones entre sí- que vivían en Canaán. En la Biblia se habla de una estancia de Israel en Egipto, de una salida prodigiosa de allí y de una larga peregrinación por el desierto hasta que llegaron a instalarse en la tierra de Canaán. Aunque, de otra parte, hay algunos indicios en los propios textos bíblicos que hacen pensar que hubo tribus que no bajaron a Egipto, e incluso que no todas las tribus que estuvieron allí partieron juntas ni llegaron a la tierra prometida formando una sola expedición, ni tomaron posesión conjunta de la tierra cananea, ni formaron desde el principio una unidad política. Tal vez algunas se habían ido estableciendo pacíficamente en ella bastante antes de que llegara el grupo que fue sacado por Dios de Egipto y de cuyo periplo por el desierto bajo la guía de Moisés hablarían las tradiciones religiosas del pueblo. Uno de estos indicios es el hecho de que en el libro de Josué se narra la conquista de Jericó y ‘Ay, y después de Judea y Galilea, pero no se dice que se conquistara la zona central de Palestina. Sin embargo la ciudad más importante de la zona, Siquén, fue el lugar elegido por Josué para reunir a las tribus y renovar allí la Alianza (Jos 8,30‑35). Además en Siquén había un templo muy importante dedicado a Ba’al Berit, que no fue destruido en esta época y que continuó utilizándose en época israelita, hasta que fue destruido por Abimélek en tiempo de los jueces (Jue 9,1 ss.). Es muy difícil que estos hechos se hubieran desarrollado así si una parte importante de la población de Siquén no tuviera unos particulares lazos de hermandad con las tribus venidas de Egipto.
Sentido teológico
Dios es fiel y siempre cumple sus promesas. Así se hace constar de modo explícito: “No dejó de cumplirse ni una sola de las cosas buenas que el Señor prometió a la casa de Israel. Todo llegó” (Jos 21,45). El Señor no olvidó lo que había prometido a los Patriarcas y estuvo siempre con su pueblo hasta que les entregó la tierra que había jurado que iba a darles sin que las dificultades objetivas que había para ello fuesen obstáculo. Con esa experiencia, cuando el pueblo de Israel padeció el destierro de Babilonia pudo mantener firme la esperanza de que Dios lo llevaría de nuevo al lugar de reposo que le había concedido. Aunque pareciera una meta inalcanzable, Dios es fiel y su poder no conoce límites.
De otra parte, Israel no puede dudar de que la tierra de Canaán, cuya propiedad reclama, es de Dios que la ha regalado a su pueblo. Así se hace notar también en el texto: “El Señor entregó a Israel toda la tierra que habla jurado a sus padres que iba a darles. La poseyeron y habitaron en ella” (Jos 21,43).
Una de las características peculiares de la tradición deuteronomista es la de presentar con singular realce a los protagonistas de los grandes momentos de la historia. Y no cabe duda de que uno de ellos es Josué: el fue el instrumento del que Dios se sirvió para realizar la donación de la tierra prometida. Así como Moisés había sido el mediador entre Dios y el pueblo durante la peregrinación por el desierto, ahora Josué desempeña esa tarea (cfr Jos 1,1‑9). En la narración del paso del Jordán y de las primeras conquistas en la tierra prometida se presenta al pueblo de Dios como una congregación santa, en disposición litúrgica presidida por el arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios entre los suyos (Cf. Jos 3,1‑ 4,18; 6,1‑21).
De este modo, queda de manifiesto que la conquista de la tierra es un don de Dios concedido a su pueblo por medio de su siervo Josué, y no por las dotes guerreras de éste ni por el potencial ofensivo de sus armas. El propio Josué, una vez que se haya culminado la toma de posesión de la tierra, será el mediador de la renovación de la Alianza en una ceremonia celebrada en Siquén, en la que el pueblo se compromete a permanecer fiel al Señor y a cumplir sus preceptos (Cf. Jos 24,1‑28). Así pues, el pueblo de Dios tiene la certeza de que el Señor no lo abandonará si corresponde a la confianza depositada en él y es fiel a la Alianza. Dios está con su pueblo cuando éste se mantiene fiel en el cumplimiento de sus preceptos, pero sabe que lo abandonará si le desobedece (Cf. Jos 7,1‑26). La generación de Josué fue ejemplar (Cf. Jue 2,10). Por eso pudieron experimentar durante la conquista el auxilio divino y todo les fue favorable.
Por último, conviene hacer notar la fuerza con la que el texto sagrado insiste una y otra vez en la unidad del pueblo. Aunque algunas tribus hubieran recibido su heredad antes de pasar el Jordán para entrar en la tierra prometida, no abandonaron a sus hermanos en la toma de posesión de la tierra (Cf. Jos 1,10‑16; 22,1‑8). En la narración se subraya que la ocupación de todo el país, fue realizada por todo el pueblo unido bajo el mando único de Josué. A su vez, ese pueblo unido debe reconocer que sólo hay un único Dios, el Señor, que les ha prestado auxilio y al que sólo deben servir.
El texto sagrado, que como toda la historia de la que forma parte fue redactado en su forma definitiva cuando el pueblo había sido desposeído de esa tierra, explica a los que han sufrido las consecuencias del destierro la causa por la que han acontecido esas desgracias: la repetida infidelidad frente a tanta bondad de Dios. A la vez, les ofrece un aliento de esperanza. El mismo Dios que les dio esa tierra puede volver a entregársela si emulan la fidelidad de la generación de Josué tal y como se narra en este libro. Y con ellos, enseña a todos los hombres de buena voluntad que leen estas páginas a tener confianza en Dios y a serle fieles, porque es Todopoderoso y nunca abandona a sus elegidos.
Significación del libro de Josué en la fe de la Iglesia
La figura de Josué, que culmina la salvación realizada por Dios al sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto e introducirlo unido en la tierra prometida para descansar en ella con paz, representa una verdadera anticipación profética de Jesucristo. Su propio nombre, Josué, es el mismo que Jesús. Ambos significan “el Señor salva” (en hebreo, Yehosú’a.
Josué condujo a su pueblo a la salvación, pero también salvó a personas que no formaban parte de él, como Rajab y su familia (Cf. Jos 6,22‑24), y habían secundado los planes de Dios manifestando así su fe con obras (Cf. St 2,24‑25). También Jesús, que vino a traer la salvación a Israel, hizo llegar sus efectos salvíficos a todos los hombres y mujeres de todas las razas de la tierra que secundan los planes de Dios.
El paralelo entre Josué y Jesús fue desarrollado por algunos Padres de la Iglesia. San Justino explicó que así como Josué sucedió a Moisés e introdujo al pueblo en la tierra prometida, Jesús ha sustituido a Moisés y su Evangelio a la Ley mosaica, y ha conducido al nuevo pueblo de Dios a la salvación (Dial. 75,1‑3; 89,1;113,1‑7). Por su parte, Orígenes estableció un paralelo espiritual entre Josué, que condujo a Israel a la victoria abatiendo reinos, ciudades y enemigos, y Cristo, que guía al alma y le proporciona la victoria sobre los vicios y pasiones (Hom. Jos. I,7; IX,1; XIII,1‑4).
Por otra parte, en el Sermón de la Montaña Jesús hace extensiva a todos los hombres la promesa de la tierra que Dios había hecho a su pueblo (Cf. Mt 5, 5) abriendo nuevas perspectivas. Puesto que Dios sigue siendo fiel, podemos mantener la esperanza de que alcanzaremos no sólo una tierra buena, que mana leche y miel, sino el lugar de reposo definitivo con Él. Por eso, en la Carta a los Hebreos se nos invita a poner los medios para llegar a ese descanso definitivo, aprendiendo la lección de la historia sagrada. Josué introdujo al pueblo en la tierra prometida por Dios, pero siglos después los israelitas fueron llevados en cautiverio a Babilonia a causa de sus infidelidades.
Es, pues, la hora de aprender la lección de la fidelidad para que ese reposo sea verdadero y definitivo: “Puesto que la promesa de entrar en su descanso permanece en vigor, tengamos cuidado no vaya a ser que alguno de vosotros quede excluido (...) Dado, por tanto, que algunos habrán de entrar en él, y que los primeros en recibir la buena nueva no entraron a causa de su desobediencia, [Dios] vuelve a fijar un día, ‘hoy’, cuando afirma por David al cabo de tanto tiempo, como ya se ha dicho: ‘si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones’. Porque si Josué les hubiera proporcionado el descanso, [Dios] no habría hablado después acerca de otro día. Queda por tanto reservado un tiempo de descanso para el pueblo de Dios. Pues quien entra en el descanso de Dios, descansa también él de sus trabajos, lo mismo que Dios de sus obras. Apresurémonos a entrar en aquel descanso, a fin de que ninguno caiga en la misma clase de desobediencia” (Heb 4,1.6‑11).
|
|||||||||
| ÍNDICE GENERAL | |||||
| Unidad didáctica 1 | Unidad didáctica 2A | Unidad didáctica 2B | Unidad didáctica 3 | Unidad didáctica 4 | Unidad didáctica 5 |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
|
Lección
11 |
|||||