EL TEXTO BÍBLICO


NOCIONES

EL CANON

LA INSPIRACIÓN

EL TEXTO

INTERPRETACIÓN


ANEXOS

 

 


GÉNEROS LITERARIOS DE LA BIBLIA.

  • Los géneros literarios son las diversas maneras de expresarse o decir en una obra literaria.

    • La determinación del género concreto a que pertenece una determinada obra (narrativo, poético, dramático, etc.) tiene un gran interés para su interpretación, ya que el género trae consigo una amplia gama de consecuencias con respecto al valor y alcance de las expresiones, etc.

    • Lo dicho se aplica también, claro está, a la S. E.: Dios, al inspirar a los hagiógrafos, ha elevado sus potencias, pero respetando su naturaleza y, con ellas, sus peculiaridades personales, etc. Al expresarse han usado, pues, de los recursos literarios de que disponían y se han servido de las formas de expresión propias del ambiente al que se dirigían. De ahí el interés por conocer y determinar los géneros literarios de los libros sagrados como momento importante del trabajo exegético.


1. El tema de los géneros literarios en la historia de la exégesis bíblica.

  • La existencia de diversos géneros en los libros que componen la B. es un dato obvio, siempre advertido:

    • la misma distinción de los libros del A. T. en históricos, proféticos y sapienciales habla ya de ello; y, en el N. T., es claro que los Evangelios y las Epístolas representan géneros diferentes. La exégesis rabínica primero y después los SS. Padres y los escolásticos señalaron además diversos tipos de expresión en los libros bíblicos (narraciones históricas, metáforas, parábolas, alegorías, etc.); y todos ellos señalaron la utilidad de conocer el hebreo y el griego y sus peculiaridades lingüísticas, como auxiliar para el trabajo hermenéutico. Con el Renacimiento y el Humanismo los estudios lingüísticos sufren un incremento.

  • Sin embargo, en ninguno de esos momentos, aunque se hable de g. literarios y se tenga presente la existencia de una diversidad de los mismos en la B., se intenta hacer una catalogación y clasificación de los mismos. En el s. XIX y XX, con el desarrollo de los estudios sobre los pueblos del antiguo oriente, que lleva a un mejor conocimiento de sus peculiaridades literarias, es cuando ese objetivo se intenta por primera vez.

    • Fue H. Gunkel el primero en querer aprovechar los estudios sobre las literaturas limítrofes a Israel para sus comentarios al Génesis y a los Salmos. En esa línea se realizan diversas aportaciones de interés, pero, por desgracia, gran parte de las investigaciones están teñidas de racionalismo, por lo que la afirmación de la peculiaridad de los modos de narrar propios de la literatura oriental desemboca en ellos en la pretensión de negar valor histórico a las narraciones de la S. E., sosteniendo que los llamados libros históricos eran en realidad narraciones sólo en apariencia históricas o géneros infrahistóricos o medios históricos con un valor histórico pequeño o incluso nulo. Ello hizo que el tema de los g. literarios bíblicos se centrara durante bastantes años en el estudio de los g. propios de los libros históricos, y que las investigaciones tuvieran un tono polémico o apologético según los casos.

    • En el campo de la exégesis católica merece especial mención M. J. Lagrange, que esbozó una teoría de los g. literarios en «Revue Biblique» 5 (1896) 505-518; teoría que desarrolló, aplicándola a la historia bíblica, en sus conferencias de noviembre de 1902 en el Instituto Católico de Toulouse sobre La méthode historique, surtout dans l'exégése de l' A. T.

      • Surgió una aguda discusión entre los exegetas católicos del mundo entero. Se mostraron favorables K. Holzhey y N. Peters en Alemania, Hackspill y F. Prat en Francia, H. A. Poels en Holanda; y en contra, L. Fonek en Austria, J. Brucker en Francia y P. Murillo en España. F. von Hummelauer, S. I., en su obra Exegetisches zur Inspirationsfrage (Friburgo 1904), hizo una exposición sistemática de los g. literarios aplicados a la historia bíblica, enumerando y estudiando nueve principales (alegoría, parábola, historia épica, historia religiosa, historia antigua, tradiciones populares, narraciones libres, midrás haggádico y género profético-apocalíptico); fuera de los dos primeros, cuyo valor histórico suele ser nulo, y dejando aparte el último, que afecta principalmente a la literatura profética, los otros son claramente históricos, aunque presentan diferencias entre sí y con otros géneros históricos propios de la historiografía moderna (p. ej., la biografía, las memorias autobiográficas, las monografías o trabajos de investigación, etc.). Algunos sostienen que el género histórico hebreo es menos crítico y exigente que el moderno, e intentan de esa forma resolver el problema que plantea la concordancia entre los relatos bíblicos y otras fuentes antiguas, tarea no siempre fácil.

  • El Magisterio de la Iglesia haciéndose eco de toda la tradición anterior reconoció desde el principio la legitimidad de una investigación encaminada a determinar los g. literarios presentes en la B., a la vez que exigía que se procediera con seriedad científica y se evitara toda actuación ligera y superficial de la que derivara la negación de la historicidad bíblica.

    • (1905) Así una respuesta de la Pontificia Comisión Bíblica de 23 jun. 1905 exigía «sólidos argumentos» para sostener que en algún caso «el hagiógrafo no intentó referir una historia verdadera y propiamente dicha, sino, bajo la apariencia de historia, proponer alguna parábola o alegoría o algún sentido ajeno a la significación propiamente literal o histórica de las palabras» (S. Muñoz Iglesias, Documentos Bíblicos, Madrid 1955, n° 168).

    • (1920) Benedicto XV en su enc. Spiritus Paraclitus (1920), lamenta que algunos «con demasiada facilidad... pretendan que en las Sagradas Letras se encuentren determinados géneros literarios con los cuales no puede compaginarse la íntegra y perfecta verdad de la Palabra Divina» (Doc. Bib., n° 510).

    • (1943) Pío XII, en su enc. Divino Afflante Spiritu, de 1943, dedica un amplio párrafo a la cuestión; después de haber recordado que la exégesis bíblica presupone el reconocimiento de la naturaleza religiosa de los libros sagrados, así como el sentido de la analogía de la fe y el conocimiento de la tradición, junto al conocimiento de las particularidades lingüísticas de las lenguas bíblicas, afirma que es necesario que «el intérprete se traslade mentalmente a aquellos remotos siglos del Oriente, para que, ayudado convenientemente con los recursos de la historia, arqueología, etnología y de otras disciplinas, discierna y vea con distinción qué géneros literarios, como dicen, quisieron emplear y de hecho emplearon los escritores de aquella edad vetusta... Cuáles fueron éstos, no lo puede el exegeta como establecer de antemano, sino con la escrupulosa indagación de la antigua literatura del Oriente. Ahora bien, esta investigación, llevada a cabo en estos últimos decenios con mayor, cuidado y diligencia que antes, ha manifestado con más claridad qué formas de decir se usaron en aquellos antiguos tiempos, ora en la descripción poética de las cosas, ora en el establecimiento de las normas y leyes de vida, ora, por fin, en la narración de los hechos y acontecimientos... Por esta razón, el exegeta católico, a fin de satisfacer a las necesidades actuales de la ciencia bíblica, al exponer la Sagrada Escritura y mostrarla y probarla inmune de todo error, válgase también prudentemente de este medio, indagando qué es lo que la forma de decir o el género literario empleado por el hagiógrafo contribuye para la verdadera y genuina interpretación, y se persuada que esta parte de su oficio no puede descuidarse sin gran detrimento de la exégesis católica» (Doc. Bib., n° 643645).

      • En la enseñanza de Pío XII sobre los g. literarios en la B. el principio exegético aparece purgado de los tres principales defectos que se habían echado en cara a sus primeros defensores: 1) el atender sólo a los g. relacionados con la historia para establecer diversos grados de historicidad; 2) el método puramente interno (intrabíblico) que emplearon para discernirlos, 3) y cierta ligereza en descubrirlos. En la Divino Afflante Spiritu 1) el principio es más amplio (se extiende a toda la B., (no sólo a las partes históricas); 2) no procede a priori, ni fundado solamente en criterios internos, sino en el conocimiento de la antigua literatura oriental; 3) vale, sí, para defender la historicidad e inerrancia de la B., pero además y sobre todo para mejor comprender la mente del autor sagrado.

    • (1964) En términos parecidos se expresa la Const. Dei Verbum, del Conc. Vaticano II (n° 12).


2. Resultados de la investigación.

  • Los exegetas e historiadores han estudiado las literaturas antiguas orientales extrabíblicas y parabíblicas, y se han descubierto o pretendido descubrir numerosos g. cuya aplicación a la B. está ofreciendo perspectivas nuevas a la exégesis.

  • Lo primero que se observa es cierta imprecisión en la terminología.

    • Se da el nombre de g. a formas muy concretas y hasta nimias que muchas veces no sobrepasan la categoría de lo que las preceptivas clásicas llaman figuras. Y conviene precisar. Podemos dejar al margen la clásica distinción tripartita en g. didáctico, parenético y poético, que, por corresponder a las tres categorías trascendentales del ser, puede considerarse exhaustiva, pero es demasiado general. En efecto, todo el que habla o escribe intenta una de estas tres cosas, o dos de ellas o las tres: enseñar una verdad, inculcar un bien o presentar algo bello. Por lo demás, de ordinario, esos g. no se dan puros sino entremezclados. Así ocurre en la B., en la que la finalidad eminentemente religiosa de los autores bíblicos hace que prime con frecuencia la intención parenética.

  • Descendiendo un poco más, cabría distinguir entre géneros y procedimientos.

    • Llamaríamos g. a las formas de expresión cuya dinámica interna en su conjunto responde a una intención específica en el contenido.

    • Y todavía es preciso hablar de g. mayores y menores.

      • Reservamos el nombre de g. mayores para encuadrar a los que tienen una misma finalidad genérica en la intención de los escritores y que en el caso concreto de la B. se corresponden con la perspectiva en que, por su función, aparecen enmarcados sus autores. Así podemos hablar para entendernos, pero conscientes de que no se excluyen mutuamente de g. histórico, profético y sapiencial en el A. T.

      • Dentro de estos g. mayores existen otros g. menores, suficientemente diferenciados para formar categoría aparte. En el histórico que hemos llamado mayor, no es lo mismo un midrás que un relato etiológico.

  • Por último, hay procedimientos literarios que, como la pseudo-epigrafía o las agrupaciones numéricas son comunes por razones y con características propias a varios géneros.


 

Textos originales, comentarios y concordancias son imprescindibles para la investigación, siendo a su vez resultado de la misma. Útiles en extremo son también las versiones de la Biblia, sobre todo las más antiguas.

 


 

VERSIONES DE LA BIBLIA.

 

1. INTRODUCCIÓN.

  • La B. es, sin comparación con ningún otro, el libro que ha sido traducido más veces y a más lenguas. Por los datos conocidos, la B. ha Sido traducida, total o parcialmente, a cerca de dos mil lenguas, a lo largo de veintitrés siglos. La primera versión existente fue hecha del texto hebreo original del A. T. a la lengua griega, en Alejandría de Egipto, en los siglos III y II a. C., por rabinos judíos expertos en ambos idiomas. Las versiones de la Biblia han proporcionado a la Humanidad varios relevantes servicios, de incalculable valor religioso y cultural.

  • De un lado, las versiones antiguas (así podemos llamar convenientemente a las realizadas desde el s. III a. C. hasta la caída del Imperio Romano) nos ofrecen datos muy importantes para la reconstrucción crítica del texto primitivo de los libros de la S. E., ya que algunos manuscritos, todavía existentes, de algunas de estas versiones son más antiguos, o mejor conservados, que otros que nos han transmitido el texto en lengua original. De otra parte, como valor religioso, esas versiones contribuyeron en gran medida a la vida de buena parte de las comunidades judías y cristianas primitivas, bien en sus manifestaciones religiosas colectivas (liturgia, etc.) bien en la piedad personal.

  • En cuanto a las versiones de la B. a lenguas más modernas, aunque ciertamente ayudan poco o casi nada a la historia del texto original de la B., fueron uno de los vehículos principales de la difusión del cristianismo en la mayor parte de los pueblos de la humanidad. Es más, desde el aspecto cultural, buen número de estas versiones, a partir de la Edad Media hasta nuestros días, constituyen el primer monumento literario de muchos de esos idiomas, que en mayor o menor medida han sido configuradas literariamente por la traducción bíblica. Ha sido, precisamente, a partir de una traducción total o parcial de la B., como muchas de las lenguas, vivas aún la mayoría, o muertas ya en algunos casos, nacieron a la vida literaria escrita: esto pasó en Europa en la Edad Media, y está pasando todavía, en nuestros días, con multitud de lenguas aborígenes americanas, asiáticas y africanas. Estos hechos implican que muchos pueblos de la humanidad, se han abierto a la cultura universal mediante las versiones de la B.: de un lado, los conceptos religiosos y culturales les han penetrado a través de esas versiones; de otro, las propias lenguas han sido noblemente capacitadas para expresar, con su propio lenguaje y vocabulario, otros conceptos, anteriormente inexistentes en esas culturas.

VERSIONES MÁS IMPORTANTES

  • Estamos, pues, ante uno de los fenómenos de comunicación cultural y religiosa más importantes en la Historia de la humanidad. Debido a su especial importancia, se estudiarán por separado las principales versiones de la B. a lenguas antiguas:


 

EDICIONES DEL TEXTO ORIGINAL, COMENTARIOS Y CONCORDANCIAS.

  • Los estudios sobre la Biblia responden a tres intereses: científico, cultural y religioso. Así se comprenden los esfuerzos seculares por reconstruir el texto original, afectado por su transmisión manuscrita a través de muchos siglos hasta la invención de la imprenta (a. 1445). Con ésta ven la luz las ediciones impresas de textos originales del A. T. y N. T. en una verdadera floración. Su bondad interna varía conforme al tino con que se ha sabido incorporar a cada una los resultados de la crítica del momento en orden a ofrecer el texto más fiel. Asimismo se comprende la labor ininterrumpida de inteligencia del contenido del texto sagrado que se refleja en un sinnúmero de Comentarios al mismo. Y también el trabajo como de disección del texto mismo, con el fin de poder explotar mejor sus posibilidades en la investigación, que representan las Concordancias.

Ediciones del texto original.

  • Se entiende ediciones impresas de los textos originales, del hebreo del A. T. y del griego del N. T. Texto "original" equivale a la reconstrucción del mismo hecha con ayuda de los manuscritos anteriores a la imprenta, copias del texto o de versiones. Para una consideración general de las características de este trabajo de reconstrucción textual ver también: crítica textual.

  • Ediciones del texto original Del Antiguo Testamento.

    • En el s. XV la actividad tipográfica del A. T. pertenece casi exclusivamente a los judíos. Existe un número de incunables (0,5%) impresos en Italia, España y Portugal. Las primeras ediciones del A. T., parciales, eran más bien comentarios con el texto original inserto. El primer libro impreso fue el Salterio (Bolonia 1477) con el comentario de David Kimhi (m. 1235). Luego la Tórah (v. PENTATEUCO) (BOlonla 1482) con el Targum de Onqelos (v. vi, 4) y comentarios de Rási y Esra. Siguieron los Profetas (2 vol., Soncino, Milán, 148586) y Hagiógrafos (ib. 1490). Entre las hispanoportuguesas destacó la Tórah de Eliezer Toledano (Lisboa 1491). La primera edición completa del A. T. vio la luz en Soncino el 23 feb. 1488; se la llamó Biblia Soncinense. Antes de terminar el siglo salieron dos más (Nápoles 149192 y Brescia 1494).

    • Siglos XVI-XVII: Desde principios del s. XVI se inicia una importante actividad tipográfica del A. T. por parte de los cristianos, en especial con una serie de Salterios en distintas lenguas. Durante estos dos siglos se imprimen las monumentales Biblias Políglotas (v. VI, 8) con los textos originales tanto del A. T. como del N. T. Características de esa época son las llamadas Biblias rabínicas. La primera apareció en Venecia (1516-17), dirigida por Félix Pratense, doctor rabino judío convertido al cristianismo. Segunda fue la de Jacob ben Hayyim (Venecia 15252-6), la cual por su aparato crítico y seriedad científica se convirtió en textus receptus; se la llamó bombergiana de su editor Daniel Bomberg; su texto hebreo masorético, unas veces el de ben Al"er y otras el de ben Neftalí (v. ANTIGUO TESTAMENTO II, 3A), sigue siendo prácticamente el de las actuales Biblias hebreas para uso escolar. Entre las reediciones posteriores destacan las de J. Athias y J. Leusden (Amsterdam 1661 y 1667) y la de E. van der Hooght (ib. 1705).

    • Siglos XVIII-XX: Prosigue con mayor ahínco la labor crítica para la reconstrucción del texto. Contribuyen con material crítico nuevo las ediciones de B. Kennicott (Oxford 1776-80) y de J. B. de Rossi (Parma 178488). A través de los editores, en especial de Hooght, el texto de ben Hayyim es aceptado por la generalidad. A su vez se multiplican las ediciones. Entre ellas cabe notar como de mayor interés crítico la de S. Baer y F. Delitzsch (Londres 186992), la de Ch. D. Ginsburg (ib. 1894), la de P. Haupt (ib. 18961904) y, por último, la de R. Kittel. Las dos primeras ediciones de Kittel (1905 y 1912) reproducen sustancialmente el texto de ben Hayyim; a partir de la 3a edición, preparada por P. Khale, reproduce fielmente el de ben Ag'er, más antiguo, mientras un equipo de estudiosos contribuye a la elaboración del aparato crítico (Biblia Haebraica, Stuttgart 192937).

  • Ediciones del texto original Del Nuevo Testamento.

    • A partir de la imprenta se multiplican rápidamente las ediciones del texto griego del N. T., con un valor crítico desigual y con diferencias debidas a la elaboración y acceso a distintos códices.

    • Siglos XVI-XVII: La primera edición impresa del N. T. griego corresponde al vol. 5° de la B. Políglota Complutense (1514) (v. vi, 8A); pero la aprobación pontificia retrasó su aparición hasta 1522. Aprovechó la dilación el editor J. Froben para publicar la preparada por Erasmo de Rotterdam (Basilea 1516), con cuatro reediciones hasta 1535; su texto fue base de todas las siguientes ediciones hasta el s. xix, a pesar de su escaso valor crítico. Otro editor famoso fue Roberto Estienne (m. 1559), más conocido como Stephanus, de París; sobre la 5a ed. de Erasmo imprimió cuatro más entre 1546 y 1551; célebre fue la 3a llamada regia, que pasó a textus receptus; en la última edición introdujo como obra suya la división en versículos. Sobre la regia publicó T. Beza en 1565 su primera, a la que seguirían cinco más sobre el texto de la 2a revisado. Ya en el s. XVII los hermanos Elzevier, de Leyden, sacaron varias ediciones sobre el texto de Beza y de Stephanus.

    • Siglos XVIII-XX: A partir del primer cuarto del s. XVIII se siente la necesidad de liberarse del textus receptus y de establecer un texto crítico a través de la valoración y estudio comparativo de los distintos manuscritos, versiones y citas de autores antiguos. La gran cantidad de manuscritos descubiertos exige un trabajo de examen y clasificación: se agrupan por familias, se distinguen recensiones y se elaboran principios de interpretación (v. NUEVO TESTAMENTO). Así se acompaña el texto con un amplio aparato crítico. Se cuentan como importantes las ediciones de J. J. Wettstein (Amsterdam 175152), J. A. Bengel (Tubinga 1734), y J. J. Griesbach (Halle 1774, con material crítico nuevo y propio). K. Lachmann deja el textus receptus e intenta restituir el del tiempo de S. jerónimo (Berlín 1831); C. Tischendorf (nueve ediciones de 1841 a 1872) descubre y publica nuevos e importantes manuscritos. Siguen B. F. Westcott y F. J. A. Hort (Londres 1881: 30 años de preparación), y, finalmente, H. von Soden que supera a sus predecesores (Die Schriften des N. T. in ihrer ültesten erreichbaren Textgestalt, 4 vol., BerlínGotinga 1902-13). El material disponible es ya enorme y se siente que su estudio supera las fuerzas de un hombre solo.

  • Junto a las grandes ediciones han ido apareciendo otras «manuales», todas con varias reediciones. Entre las más recientes destacan,

    • de autores católicos: H. J. Vogels (Düsseldorf 1920), A. Merck (Roma 1933) y J. M. Bover (Novi Testamenti Biblia graeca et latina, Madrid 1943, 5a ed. 1968);

    • y de autores protestantes: A. Souter (Oxford 1910), y en particular E. Nestle (Stuttgart 1898, 23 ed. 1957).

Comentarios.

  • A partir del s. III d. C. los comentarios o explicaciones del texto de la S. E. han proliferado por todo el mundo cristiano. Valgan como ejemplo los nombres de Hipólito, Orígenes, Eusebio de Cesarea, S. jerónimo y S. Agustín para la época patrística; en el Medioevo, S. Alberto Magno y S. Tomás de Aquino y, más tarde, Juan Maldonado. A fines del pasado siglo se publicó el famoso Cursus Scripturae Sacrae de R. Cornely, I. Knabenbauer y Fr. von Hummelauer. El estudio de toda esta producción constituiría el material de una gran historia de la exégesis.

  • Durante el s. XX, junto a las numerosas ediciones de la Biblia con notas explicativas en casi todas las lenguas, han ido. apareciendo comentarios, algunos todavía incompletos, sobre todo en las principales lenguas europeas. Nos limitamos aquí a indicar los más importantes en lenguas románicas:

  • En francés: A partir de 1903 aparece la colección «Études Bibliques» (incompleta) iniciada por M. J. Lagrange. Desde 1924 los PP. Jesuitas publican la col. «Verbum Salutis» (N. T.). En París, entre 1935 y 1957, L. Pirot y A. Clamer editan La Sainte Bible (A. T. y N. T. comentados). En 1946 se inicia la col. «Lectio Divina» de los PP. Dominicos (Éd. du Cerf). La Escuela Bíblica de Jerusalén a partir de 1948, dirige la edición de la llamada Bible de Jérusalem. En italiano, bajo la dirección de S. Garofalo empieza en 1947 la publicación de La Sacra Biblaia (incompleta). En catalán, los benedictinos de Montserrat publican desde 1928 bajo la dirección del P. B. Ubach la llamada Biblia de Montserrat (incompleta).

  • En castellano: En 1936 empieza la col. «Colectánea Bíblica», y en 1956 la col. «Christus Hodie». De 1960 a 1965 aparecen los siete volúmenes de la Biblia Comentada por Profesores de Salamanca, dominicos. Los jesuitas publican de 1961 a 1970 los nueve volúmenes de La Sagrada Escritura (texto y comentario).

Concordancias.

  • Han nacido de la necesidad de un máximo aprovechamiento del texto sagrado para la investigación. En ellas las referencias bíblicas se distribuyen en base bien a la ocurrencia de un mismo tema (Concordancias reales) o de una misma palabra (Concordancias verbales). Éstas son las conocidas habitualmente bajo el nombre de Concordancias. Las reales se llaman también léxicos, vocabularios o diccionarios, a los que hemos hecho referencia antes (v. bibl. del art. I). El orden en ambas es alfabético.

  • Como texto base de las Concordancias verbales se ha utilizado el latino de la Vulgata (A. T. y N. T.) (v. vi, 3), la versión griega de los Setenta (A. T.) (v. VI, 2), o los' correspondientes originales hebreo (A. T.) y griego (N. T.).

  • Concordancias de la Vulgata: Las primeras datan del 1250 en París; son numerosas hasta fines del s. xlx; muy difundido ha sido el Concordantiarum SS. Scripturae Manuale, de los jesuitas E. de Raze, E. de Lachaud, J. B. Flandrin, Lyon 1851, con. ediciones y reimpresiones hasta nuestros días (última, Barcelona 1964). Concordancias hebreas (A.T.): Las primeras aparecieron entre 1437 y 1445 (Isaak Nathan). Las de Salomón Mandelkern de 1896 superaron todas las anteriores; han sido reeditadas varias veces, la última en JerusalénTel Aviv (1956). Junto con las de G. Lisowsky (19561957) son las de uso más general en la actualidad. Concordancias de los LXX: Las más elaboradas son las de E. Hatch y H. Redpath (18921906, reed. 1955). Concordancias griegas (N. T.): las primeras en 1546 (Sixto Bertuleyo). Las dos más importantes han sido las de C. H. Bruder (1842 y 1913) y las de F. W. Moulton y A. S. Gelen (1897, última ed. 1950). Las concordancias manuales de A. Schmoller representan un compendio de Bruder. Hay que hacer una referencia también a las concordancias en lenguas modernas aparecidas sobre todo en el s. XX. V. t.: ANTIGUO TESTAMENTO; NUEVO TESTAMENTO.