INTRODUCCIÓN GENERAL


NOCIONES

EL CANON

LA INSPIRACIÓN

EL TEXTO

INTERPRETACIÓN


ANEXOS

(la materia incluida en los enlaces de color verde son opcionales)

 

1. Nociones generales.

  • Llamamos Biblia (B.) o Sagrada Escritura (S.E.) a la colección de libros que «escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales libros inspirados han sido entregados a la Iglesia» (cfr. Conc. Vaticano I, EB n° 62).

    • En la definición o descripción de la B., se pueden apreciar ya dos características primarias de los libros que la componen:

      • a) que son divinamente inspirados, y tienen a Dios por autor principal; esto será objeto del trabajo sobre la Inspiración de la SE. Se trata de algo intrínseco al libro y que lo distingue de cualquier otro libro.

      • b) Y que han sido entregados a la Iglesia: cuáles son en concreto los libros que componen la B., y qué criterios o normas han de aplicarse para reconocerlos, es objeto del trabajo sobre la Canonicidad de la S.E. Se trata de una nota extrínseca en cuanto que es la Iglesia la que al reconocerlos como inspirados los incluye en el depósito de la revelación.

      • Solo la conjunción de estas dos notas corresponde a los libros bíblicos.


3. Divisiones y partes de la Biblia.

  • Las dos grandes divisiones o partes de la B., Antiguo y Nuevo Testamento, proceden de los más antiguos tiempos cristianos. En total, la B. se compone de 73 libros, de los cuales 46 constituyen el A. T. y 27 el N. T.

  • Ver la lista de 73 libros (con sus divisiones) y las abreviaturas más usuales Cf.:  Los Libros de la Biblia. La lista completa de ellos, según el orden usual en la Iglesia Católica, desde el Conc. de Trento se encuentra en: Sess. 4a, del 8 abr. 1546: Denz.Sch. 1502-1503.

  • El A. T. fue dividido por los hebreos en tres partes:

    • 1) Thóráh (=Ley, o Pentateuco), que comprendía los 5 primeros libros de la lista dada. 2) Nebi'im (=Profetas), divididos en Nebi'im hare'sonim (=profetas anteriores), que son desde Josué al 4° (=2º) de Reyes, y Nebi'im ha'ajarónim (=profetas posteriores), que comprenden desde Isaías hasta Malaquías. 3) Kethúbim (=Hagiógrafos), el resto de los escritos sagrados (Ps, Prv, Iob, Cant, Ruth, Lam, Eccl, Est, Dan, Esd, Neh, 1 y 2 Chro o Par).

  • Hoy día en la Iglesia la división más corriente es la llamada lógica, porque hace relación especialmente con el contenido de los libros; consta de tres grandes divisiones: históricos, sapienciales y proféticos, que se aplican paralelamente a uno y otro Testamento.

    • Anterior a esta división, fue usual en las iglesias y en los documentos antiguos distribuir los libros del N. T. en dos grandes secciones:    Evangelio y Apóstol; la primera eran los cuatro evangelios canónicos (Mt, Mc, Lc y Io); Apóstol designaba de modo genérico el resto de los escritos; con ello se quería hacer referencia a la distinción entre escritos derivados directamente de la predicación de Jesús (Evangelio) o de los Apóstoles (Apóstol). Pero desde la Edad Media se hizo prevalente el uso de la división lógica.

  • Cfr. CICLOS DE LECTURAS LITÚRGICAS

  • Cfr. LA DIVISIÓN EN CAPÍTULOS Y VERSÍCULOS


4. La Revelación bíblica (acción y palabra divina) y otras "revelaciones".

  • Las antiguas culturas de Egipto, de Sumer y Assur, de la India o de Persia, los oráculos de la antigua Grecia, han dejado «textos sagrados» en que, cada uno a su modo, ofrecen diversas manifestaciones, «revelaciones», mensajes, etc., de la divinidad. Un análisis de esos textos según lo que ellos mismos nos dicen y valorados desde la fe cristiana nos manifiesta que la palabra revelación en esos casos ha de entenderse en un sentido lato: con ella se hace referencia al manifestarse de Dios en la creación, al reflejarse del poder divino en el mundo y en las cosas, percibido por el hombre en el uso normal de su inteligencia, acompañado a veces de experiencias subjetivas (oración intensa, etc.). En otras palabras, hay una diferencia cualitativa entre lo que ocurre en otras religiones y lo que acontece en Israel, y luego en la Iglesia, que están edificados sobre una Revelación en sentido propio: es decir, no un mero manifestarse de Dios a través de las cosas creadas, sino un formal hablar de Dios.

  • En virtud de su designio gratuito y libre Dios se escogió un pueblo para mostrarse a él en una manifestación pura y progresiva, para constituirlo como su verdadero testigo ante toda la humanidad. «Dios, que en diversas ocasiones y de muchos modos habló en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo...» (Heb 1,1).

    • En efecto, esta larga revelación, esta milenaria Palabra de Dios a los hombres ha sido consignada por escrito en los libros de ambos Testamentos. «Este plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina, y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación de Cristo, que es, a un tiempo, mediador y plenitud de toda la revelación» (Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum n° 2: Nota).


5. La Biblia y la Iglesia.

  • El Conc. Vaticano II, sobre todo los párrafos 8, 9 y 10 de la Const. dogmática Dei Verbum, resume auténticamente la doctrina cristiana sobre las íntimas y esenciales relaciones existentes entre la B., Sagrada Tradición y Magisterio de la Iglesia, que «según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tienen consistencia el uno sin los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (Dei Verbum, n. 10).

  • «Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera trasmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo (cfr. 2 Cor 1,30; 3,164,6), mandó a los apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio (cfr. Mt 28,1920), prometido antes por los profetas, lo completó y promulgó con su propia boca, como fuente de toda verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que había recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, escribieron el mensaje de la salvación» (Dei Verbum, n° 7).

  • Hay así en el nacimiento y origen de la B. un sucederse y entrecruzarse de factores.


6. Interpretación de la Biblia.

  • La B., en cuanto conjunto de libros dirigidos a los hombres y escritos por hombres, puede ser analizada de acuerdo con las reglas y los métodos de interpretación racional, literaria e histórica, que se usan para acercarse y profundizar en todo documento del pasado. En este aspecto, la Iglesia católica proclama la legitimidad de quien intenta, con los métodos correctos de la ciencia de su tiempo y con el recto espíritu de verdad, escudriñar los valores de la B.

  • Ahora bien, en cuanto que no es sólo obra humana sino que tiene al mismo Dios como autor principal, la interpretación de la B. no se agota, ni mucho menos, con los métodos racionales de investigación, ni éstos son el árbitro supremo de dicha interpretación. Por el contrario, tanto los resultados de la investigación racional, como la aplicación de los propios métodos racionales a la interpretación, deben estar subordinados al juicio último y a la dirección suprema de la Iglesia, la cual, como auténtica depositaria de la B. (v. supra, 5), es el autorizado intérprete de la misma, y el árbitro en definitiva del verdadero sentido de los escritos sagrados, tanto en su conjunto, como por lo que atañe a los diversos pasajes que los integran. Pues, en definitiva, Dios ha dado a la humanidad el sagrado depósito de la B. no de una manera indiscriminada, sino como depósito vivo en la Iglesia, para que lo guarde, lo interprete y lo dispense a sus propios hijos y a todos los hombres, con vistas a la salvación eterna.

  • Por tanto, cuando la Iglesia define el sentido de un pasaje, o un aspecto del sentido total de la B., o condena como errónea alguna interpretación propuesta, su enseñanza debe ser aceptada con la misma fe con que se acepta la B. misma: es en efecto el mismo Espíritu Santo que movió a escribir los libros santos el el que asiste a la Iglesia cuando los interpreta.