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PUNTO DE PARTIDA
1. Noción y existencia de la inspiración.
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NOCIÓN. Pueden darse varias descripciones
de la inspiración divina de la S. E., que siendo sustancialmente
idénticas, subrayan uno u otro aspecto del tema o algunos de sus
elementos constitutivos. Como una primera aproximación, podría decirse
que la inspiración bíblica es un carisma
sobrenatural, dado por Dios a ciertos hombres en el seno del Pueblo de
Dios del A. y del N. T., para consignar por escrito, con validez general
y pública, aquellos misterios de Dios y de su intervención en la
historia de la salvación humana, que Dios ha querido que fuesen de ese
modo entregados a su Iglesia, por causa de nuestra salud y
santificación.
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La inspiración (i.) divina es, pues, el
constitutivo necesario para que un libro forme parte de la Biblia
(B.). La i. divina de un escrito es previa
y necesaria para que ese escrito sea canónico, es
decir, perteneciente (canon) a la B.
Metodológicamente, antes del estudio más hondo de la naturaleza de la
i., es conveniente tratar de la cuestión previa de su existencia,
es decir, de si existen libros inspirados, esto es, escritos no con
las solas fuerzas humanas, sino mediante ese carisma sobrenatural que
llamamos i.
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EXISTENCIA DE LA INSPIRACIÓN.
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Consta documentalmente que, al menos
desde los últimos siglos del A. T., en el pueblo de Israel se había
recibido una colección de libros con el nombre de libros santos o
Escritura Sagrada (cfr. 1 Mach 12,9; 2 Mach 8,23). En tiempo de Jesús,
los escribas o doctores judíos reconocían pacífica y
unánimemente un valor absoluto y sagrado a tales libros. En el uso litúrgico (ceremonias del Templo de Jerusalén y
reuniones en las sinagogas) se leían, comentaban y veneraban tales
libros, con inclusión de ritos purificatorios tras su lectura. Todo
ello implica el reconocimiento de que tales libros tienen origen y
carácter divinos.
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En cuanto a la tradición cristiana, ha
sido unánime y constante, a través de toda la historia de la Iglesia,
la confesión de la existencia de unos libros divinos y sagrados. La
cadena de citaciones a este respecto sería casi interminable. Baste
por ello aducir, a modo de ejemplo, un solo texto del Magisterio
eclesiástico, a saber, uno de los cánones del conc. Vaticano I: «si
alguien no recibiere como sagrados y canónicos los libros de la
Sagrada Escritura, íntegros, con todas sus partes, según recensionó el
Santo Concilio Tridentino, o negare que tales libros han sido
divinamente inspirados, sea anatema» (cfr. Denz.Sch. 3029).
Ello implica que la aceptación de la i. y
carácter divino de los libros que integran la S. E., es una cuestión
de fe divina y católica, es decir, parte integrante del dogma
católico.
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Las declaraciones al respecto de la
Tradición son tan constantes y numerosas, que nos eximimos de toda
cita. Limitémonos a reproducir dos textos de la misma S. E.: «Toda
Escritura divinamente inspirada (theopneustos) es útil para enseñar,
para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tim 3,16).
«Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación particular,
pues la profecía no ha sido proferida en los tiempos pasados por
voluntad humana, antes bien, movidos por el Espíritu Santo, hablaron
de parte de Dios los hombres» (2 Pet 1,20-21).
2. Criterios para
reconocer la inspiración.
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¿Por qué medios, argumentos o criterios
podemos establecer con certeza la existencia de tales libros inspirados?
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De lo que acabamos de decir surge
espontáneamente la respuesta: en la multisecular y continua
Tradición de la Iglesia, instituida por Dios mismo, y por Él asistida,
es donde consta indefectiblemente la fe en la existencia de tales
libros.
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La cuestión de los criterios de inspiración
surgió históricamente a raíz de la reforma protestante. Al no aceptar
ésta el Magisterio de la Iglesia y al minimizar extremadamente el valor
de la Sagrada Tradición, para quedarse con la Scriptura sola,
interpretada según el libre examen, es como pudo plantearse el problema:
¿Cómo puede cada fiel estar seguro de encontrarse ante un escrito
inspirado? Planteada así la cuestión, fuera de la Tradición y el
Magisterio, los reformadores se vieron en la necesidad de buscar
otros argumentos o criterios. Y adujeron principalmente tres clases
de criterios:
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1) Tomados de la índole de cada libro:
sublimidad de su doctrina, «propensión hacia Cristo» (Lutero), unidad
fundamental de su contenido. Pero este criterio es muy impreciso y
vago; existen otros muchos libros, que no han sido especialmente
inspirados por Dios, y que, sin embargo, contienen doctrina admirable.
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2) Criterios tomados de los sentimientos
que la lectura produce en el lector o auditor del escrito.
Evidentemente este criterio está sometido a todos los fáciles engaños
de la apreciación subjetiva. (Dentro de este estaría el 2b) La
gracia del Espíritu Santo en el lector: este criterio, propuesto
especialmente por Calvino, supone que el Espíritu Santo hace ver a
cada fiel, le da una luz o gracia, para que sepa si el pasaje que lee
es o no inspirado por Dios. Es evidente que Dios puede comunicar tales
gracias cuando quiera, pero otra cosa es que se ponga como necesaria
en cada caso tal gracia especial de Dios; no consta en la Revelación
que Dios actúe así de modo ordinario; tal posición calvinista implica
además gran subjetivismo y falta de sentido de la misión de la
Iglesia. No es, pues, válido tampoco este criterio como norma
genérica).
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3) Criterios tomados de la persona del
autor del libro: se exigía que fuera Profeta para los
libros del A. T. y Apóstol para los del N. T. Este criterio
tiene amplios fundamentos históricos y doctrinales, pues, de hecho, la
mayor parte de los autores del N. T. fueron Apóstoles (excepto Marcos
y Lucas) y buena parte de los del A. T. fueron Profetas; pero se le
opone que una parte de los hagiógrafos del A. y del N. T. no fueron ni
Profetas ni Apóstoles (en sentido estricto), es decir, el carisma
inspirativo es distinto que el profético o el apostólico, aunque de
hecho hayan confluido muchas veces en la misma persona.
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Intentados, con
resultados no convincentes, todos estos criterios, queda como conclusión
que el único criterio válido, con carácter de universalidad, claridad e
infalibilidad, es el testimonio público de Dios, conservado en la rica y
multisecular Tradición de la Iglesia, y formulado repetidas veces por el
Magisterio eclesiástico. La Iglesia ha reconocido como sagrados los
libros de la S. E. no tras investigaciones científicas, sino como
manifestación y definición de la fe de ella misma, «porque, habiendo
sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por
autor, y como tales (libros inspirados) han sido entregados a la
Iglesia» (Vaticano I, Denz.Sch. 3006).
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La declaración de todos y cada uno de los
libros que integran la S. E. constituye el canon bíblico.
El criterio de i. y el de canonicidad se identifican: como
enseñó el Conc. Vaticano I, ese criterio es sencilla y claramente
que la Iglesia los ha recibido como inspirados, sagrados y canónicos.
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Como explica H. Zimmermann (Los métodos
histórico-críticos en el N. T., Madrid 1969, 18) «la fijación de la
canonicidad presupone que se da Iglesia antes de existir los
escritos neotestamentarios y que el canon del N. T. se apoya por
completo en la autoridad de la Iglesia...» (v. t. apartado 10).
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Un argumento de conveniencia para
ilustrar este criterio se apoya en que, siendo la B. el depósito
inspirado de la revelación escrita al que todo cristiano ha de prestar
un asentimiento de fe sobrenatural, no debe implicar unas arduas
investigaciones por parte de cada fiel; sería hacer muy difícil la
regla de fe o conjunto de verdades necesarias para la salvación.
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En resumidas cuentas,
la i. divina de todos y cada uno de los libros de la S. E. nos consta,
a cada fiel, por el Magisterio de la Iglesia, que es de institución
divina, y que enseña sencilla y claramente el contenido de la S.
Tradición, la cual, a su vez, es el reflejo de la Revelación pública
divina.
3. Fuentes documentales que ilustran la fe cristiana en la existencia de
libros inspirados.
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La presente cuestión se orienta a saber cuáles
sean las fuentes documentales en las cuales la fe cristiana y el
Magisterio de la Iglesia tienen unas razones de orden histórico crítico
para fundamentar complementariamente la fe en la i. divina de la B.
Sería imposible aquí recensionar las fuentes que ilustran la continua
Tradición sobre la existencia de libros inspirados; forzosamente hemos
de remitir a los grandes manuales y estudios específicos. La conclusión
que de tal encuesta resulta, podemos resumirla así:
toda la S. Tradición de la Iglesia,
contenida en los testimonios literarios de los Santos Padres, en
los documentos del Magisterio eclesiástico desde los orígenes
hasta nuestros días, en los teólogos y expositores de la fe
cristiana de todos los siglos, así como en algunos textos de la misma
S. E., etc., es unánimemente concorde en tener como cierto el
hecho de la i. divina de unos libros determinados. Este hecho
consiste esencial y nuclearmente en que ciertos libros han sido escritos
por un especial y divino impulso que llamamos inspiración, que es
peculiar y exclusivo de la S. E.
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Tal inspiración (i.) constituye a dichos libros
en sagrados y divinos, en el sentido de que no han sido escritos con las
solas fuerzas humanas, sino que tienen a Dios como autor principal, a Él
se debe principalmente el origen e iniciación de los mismos, siendo
también los autores humanos o hagiógrafos verdaderos autores de tales
libros, pero de modo secundario y dependiente de Dios. Finalmente, tales
libros inspirados de tal manera contienen y son la Palabra de Dios escrita en favor de los hombres (causa nostrae salutis,
según fórmula de la const. Dei Verbum del conc. Vaticano II), que son
fundamento perenne de la fe y de la doctrina cristiana.
EVOLUCIÓN HISTÓRICA
4. Naturaleza de la
inspiración bíblica.
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La teología cristiana, así como el Magisterio de
la Iglesia, han ido precisando a lo largo de los siglos la naturaleza
del factum inspirativo. De este modo, se ha ido acumulando un caudal de
quaestiones en torno a la naturaleza de la i. bíblica que, a partir de
la teología escolástica en el s. XIII, ha ido tomando la forma y la
estructura de un verdadero tratado teológico dedicado a la explicación
racional del hecho de la i.: análisis de sus elementos constitutivos,
tanto por lo que mira a la i. como carisma sobrenatural, como por lo que
atañe a la participación humana en la redacción de los libros; «efectos»
de la inspiración, alcance o extensión del carisma, etc., para pasar
después a la síntesis teológica de tales análisis. En una palabra, nos
toca ahora abordar la cuestión de la naturaleza o esencia de la i.
divina de la Biblia.
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Cuando hablamos de
la i. bíblica, queremos significar un carisma divino por el que los
autores del A. y del N. T. concibieron y redactaron los escritos
bíblicos. Este carisma, según la doctrina católica, consiste
fundamentalmente en que tales libros no han sido escritos con las solas
fuerzas humanas, sino bajo la i. de Dios, al cual tienen por autor
principal, mientras tienen como autores secundarios a los hagiógrafos
respectivos. También pertenece a la doctrina católica la afirmación de
que las diversas facultades anímicas de los hagiógrafos, toda su
personalidad, han recibido el influjo carismático, elevando el ejercicio
de tales facultades de modo conveniente para que el hagiógrafo sea fiel
y apto instrumento de la revelación divina escrita; así como la
advertencia de que esa elevación de las facultades anímicas presupone la
actividad real y auténticamente humana de las mismas, no su destrucción
o abstracción, y finalmente que el influjo divino en los hagiógrafos
continúa mientras se verifica la redacción del libro, cesando cuando el
escrito está terminado.
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A la fe católica, solamente pertenece per
se la confesión o asentimiento del hecho de la i. en su expresión más
sencilla y obvia: poco más o menos lo que se acaba de exponer. Por el
contrario, las explicaciones teológicas, más o menos
desarrolladas, del núcleo esencial constitutivo del hecho de la i.
no
pertenecen a la verdad de fe dogmática: caben pues diversos intentos
explicativos, pero siempre que reflejen y respeten el hecho nuclear
dogmático. En efecto, a lo largo de la historia se han dado
explicaciones que implicaban una deformación sustancial del hecho de la
i.; p. ej., las que reducían la intervención divina de tal modo que la
S. E. vendría a ser un puro producto del pensamiento humano; o por el
contrario, las que de tal modo reducían la participación de los
hagiógrafos, que éstos ya no actuaban como personas humanas sino como
instrumentos irracionales. Ambos extremos son incorrectos y los sistemas
que los han propuesto, erróneos, incluso heréticos en cuanto impliquen
la negación de los constitutivos esenciales de la naturaleza de la i.
Por ello, el Magisterio de la Iglesia ha desautorizado o condenado,
según la gravedad de los casos, algunas de esas explicaciones
incorrectas.
5. Desarrollo histórico de la doctrina sobre la naturaleza de la
inspiración:
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a. La antigüedad
cristiana.
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El vocablo inspiración es un sustantivo
abstracto (latín inspiratio, griego theopneustía) derivado del
participio inspirado (inspiratus, theópneustós) empleado por S. Pablo
en la 2 Tim 3,16 (pása grafé theópneustos: «toda escritura divina
inspirada»). Con el sustantivo inspiración (theopneustía) se
designa hoy este carisma, pero en la antigüedad cristiana,
generalmente, sólo indicaba un aspecto del mismo, el de la
acción pneumatológica divina en la
mente del hagiógrafo. Pero el carisma tiene otros
elementos constitutivos, como la participación del hagiógrafo en la
operación literaria, su enmarcamiento en la vida de la Iglesia, etc.
Teniendo en cuenta que la sistematización teológica de los diversos
aspectos y elementos constitutivos de la i. se ha ido desarrollando en
el decurso de los siglos, no es de extrañar que cuanto más nos
remontamos a los orígenes cristianos, las descripciones sean menos
desarrolladas y complejas, hasta quedarnos con exposiciones desnudas
del núcleo esencial de la fe.
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El contacto con la cultura helénica estimuló
los primeros intentos cristianos de explicación de la realidad
sobrenatural bíblica, y a veces proporcionó unas bases para la
terminología. Los pensadores griegos habían ensayado antes
una teorización de los fenómenos religiosos de los oráculos helenos
(v. GRECIA VII); en general los autores (Plutarco, Platón, etc.)
hablaban de posesión de los adivinos o mantes por el dios; los mantes
tenían sus visiones en estado de posesión divina (enthousiasmos), en
medio de enajenación de los sentidos o locura divina (Theia manía);
estas explicaciones tenían su motivación en los fenómenos extraños que
se observaban en los adivinos en trance (v. ADIVINACIÓN I; ORÁCULO).
Los escritores eclesiásticos antiguos, aunque formados
culturalmente en el helenismo, se mantuvieron en posiciones muy
sobrias, sin caer, por lo general, en los excesos de la filosofía de
la religión griega; usaron una terminología parecida, pero
cargándola de nuevos sentidos. Así, el adjetivo theópneustos,
aplicado a escritores sagrados, designaba un estado especial por el
que se daba una inhabitación del Espíritu de Dios que los hacía aptos
para manifestar algo por escrito, de parte de Dios, sin que ello
supusiera estado de insania o locura divina ni enajenación de los
sentidos. A su vez, aplicado theópneustos al libro
sacro, indicaba que éste había sido escrito bajo esa acción
inspirativa divina. El fenómeno sobrenatural de la inspiración, como
el de la profecía era, pues, explicado por la teología patrística como
una actividad del Espíritu Santo en el hagiógrafo o profeta, pero sin
entrar en complejos problemas psicológicos y teológicos.
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Hasta Montano (ca. 150; v.) los
escritores cristianos habían comparado frecuentemente al hagiógrafo o
profeta con un instrumento músico: aquéllos proferían sus palabras
al ser insuflados, inspirados, por el Espíritu Santo. Las
explicaciones pneumáticas de Montano en la línea de la filosofía
griega de la religión volvieron más cautos a los escritores
patrísticos en el uso de la metáfora, matizándola de modo que no se
suprimiese como había hecho Montano la participación humana en el acto
inspirativo. Por este camino fueron preparando las ideas básicas
para la teología de la i., a saber:
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la teoría de la causalidad instrumental,
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y la idea de Dios y el hombre verdaderos
autores conjuntos, principal y secundario respectivamente, de los
libros sagrados.
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Sería muy larga la relación de escritos que
van desarrollando estas bases teológicas; por no citar sino a los más
importantes autores, podría mencionarse a S. Gregorio Magno, S.
jerónimo y S. Agustín en Occidente; y a S. Ireneo, Eusebio de
Cesarea y S. Juan Crisóstomo en Oriénte; a ellos habría que añadir
algunos escritos eclesiásticos como los Statuta Ecclesiae
antiqua.
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b. La escolástica
medieval.
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La escolástica anterior al s. XIII hizo poco
más que recopilar y clasificar la herencia teológica de la antigüedad
cristiana. Pero en las primeras décadas del s. XIII se observa
un rapidísimo y fecundo desarrollo teológico sobre nuestro tema.
Incluso, los estudios históricos recientes muestran cómo,
aproximadamente de 1230 a 1270, la teología de la i. experimenta el
mayor desarrollo de su historia, prescindiendo de los tiempos
apostólicos. Nombres como Guillermo Altisiodorense (m. ca.
1231-36), Guillermo de Auvernia (m. 1249; v.), Felipe Grevio
(m. 1236), Alejandro de Hales (m. 1245; v.), y sobre todo, S.
Buenaventura (m. 1274; v.), S. Alberto Magno (m. 1280; v.)
y S. Tomás de Aquino (m. 1274; v.) van sumando sus esfuerzos
hasta conseguir un tratado acerca de la profecía y la i., que es una
verdadera obra maestra de especulación teológica. Aquí nos vamos a
referir especialmente a S. Tomás, porque el recoge toda la tradición
teológica anterior y construye la gran síntesis, no superada en
profundidad y extensión hasta los tiempos modernos.
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c. Santo Tomás de
Aquino.
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Como en general todos los escolásticos, Tomás
de Aquino trató de lo que nosotros llamamos i. de la B., en sus
tratados de prophetia. El Aquinate dejó dos completos:
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la
quaestio 12, de Prophetia. de su obra Quaestiones
disputatae de veritate (entre 1256 y 1259),
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y las quaestiones
171-174 de la secunda-secundae de la Summa Theologiae
(entre 1270-1271).
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Además el cap. 154 del lib. III de la
Summa contra gentes (hacia 1261-1264) constituye también un
tratado, aunque más sucinto, sobre el tema.
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En muchos otros lugares, sobre todo en sus
comentarios bíblicos, añade agudas observaciones. Se puede afirmar
que S. Tomás hizo la síntesis armónica no sólo del legado de la
tradición cristiana patrística y escolástica, sino también de las
observaciones de la filosofía de la religión griega especialmente
aristotélica y de los logros de los falásifa árabes y judíos
medievales. Pero S. Tomás supera a todos sus predecesores griegos,
musulmanes, judíos y cristianos no sólo por su más alta
sistematización, sino también por la mayor claridad de pensamiento,
precisión de expresiones y sobria profundidad teológica. Hay que
advertir, sin embargo, que la mayoría de los problemas que se
plantean en torno a la naturaleza de la profecía y de la i., habían
sido ya propuestos por los Santos Padres, los filósofos griegos, los
tratadistas musulmanes y judíos, y los escolásticos cristianos que
le habían precedido. (Para más detalles: cfr.
Nota)
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d. La teoría de la causalidad instrumental.
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Como fundamento de
la concepción y explicación teológicas de la i. bíblica, S. Tomás
muestra tener en la mente la teoría de la causalidad instrumental.
La aplicación de esta teoría le permite dar una concepción global
coherente del carisma inspirativo y resolver satisfactoriamente los
problemas planteados hasta su tiempo. Podemos decir que esta teoría
es la base especulativa de la doctrina tomista sobre profecía e i.
La noción de instrumentalidad aparece ya en la propia S. E., en los
Santos Padres a través de comparaciones de los hagiógrafos con
instrumentos músicos, en los antiguos documentos eclesiásticos y en
teólogos anteriores al Aquinatense. Sin embargo, en todos esos
escritos, la noción de instrumentalidad se usa en un sentido obvio y
vulgar, sin llegar a constituir una verdadera teoría sistemática.
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El lugar de la Summa Teológica donde S. Tomás trata de la
profecía incluida la i. bíblica es el relativo a las gracias gratis
dadas (Sum. Th., 22 gql71-178). Según el Aquinatense estas gracias se
refieren bien al conocimiento (profecía e i., ggl71-174, y rapto,
g175), bien a la «locución» (glosolalia, gl76, y gracia del
discurso, 8177), bien a la actuación (el milagro, g178). A estos
tres géneros de gracias gratis dadas es común la circunstancia de
que el sujeto receptor se convierte en instrumento divino (homo fit
instrumentum Dei, cfr. Sum. Th., 22 gl73 a4; gl77 al; gl78 al adl).
La noción de causalidad instrumental subyace en todo el tratado de
las gracias gratis dadas, aunque expresamente no es invocada sino
raras veces.
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¿Qué entiende Tomás por instrumentalidad? Distingue en
el instrumento, una doble actividad o virtus: 1) la propia del
instrumento, que le corresponde según su propia «forma», como, p.
ej., al hacha le corresponde cortar en razón de su propio filo; 2) y la
actividad o virtud instrumental, según la cual el instrumento opera
no en virtud propia, sino en virtud del agente principal que lo
emplea para la acción, como, p. ej., cuando un leñador maneja el
hacha. En otras palabras: la acción total del instrumento, el hacha,
p. ej., viene constituida por su propia acción (cortar) y por la
acción que el leñador le imprime al manejarlo (acción instrumental);
de aquí que el efecto total, el opus artes, deba atribuirse todo él
principalmente al agente, pero secundariamente, también todo él al
instrumento, que, sin embargo, sólo actúa sub motione artificis
(cfr., Sum. Th., 3 q62 al c y ad2; Contra gent. II1,70). La acción total, opus artis, está configurada, pues, no sólo
por el agente principal, sino también por las cualidades propias del
instrumento. Tanto el agente como el instrumento han intervenido en
toda la operación y han dejado su huella o impronta en la acción y
en el producto de ésta.
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Trasladando la teoría a los casos en que el
instrumento es libre e inteligente (el hombre), y el agente
principal es Dios, tenemos una cooperación análoga, aunque elevada a
un plano superior. Aplicada la teoría a la i. bíblica y a la
profecía, las conclusiones analógicas son sumamente importantes:
el
producto de la acción conjunta, el libro sagrado, se ha de atribuir,
todo él y todas sus partes, principalmente a Dios, agente principal,
pero también todo él y todas sus partes, secundariamente al escritor
sagrado como instrumento movido por el agente principal. En el libro
se han plasmado las huellas de la virtus propria del instrumento, al
par que las de la actio instrumentales. Del mismo modo, en el
proceso de ejecución la virtus propria del instrumento no ha dejado
de actuar, según su propia virtualidad, pero movida ésta, elevada,
por el agente principal, Dios. No existe parte de la acción conjunta
ni de la obra realizada que pertenezca exclusivamente al agente,
Dios, o al instrumento, hagiógrafo, sino que acción y producto son
simultáneamente, aunque de distinto modo y orden, producidos por la
acción conjunta de Dios y del hagiógrafo.
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e. Noción de
inspiración en S. Tomás.
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La recopilación de todos los elementos
esenciales de la doctrina de S. Tomás podría darnos la siguiente
noción: La i. bíblica es un carisma sobrenatural, de
carácter transeúnte y gratuito, por el cual Dios usa al hagiógrafo
como instrumento vivo y libre, para comunicar por escrito, sin
error, aquellas verdades que el hagiógrafo lea conocido por
revelación divina a él dirigida, o por el propio esfuerzo y razón, o
porque otros se lo enseñaron, pero acerca de las cuales, ayudada su
mente por una luz sobrenatural, el hagiógrafo juzga con la certeza
de la divina verdad.
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f. Cuestiones no tratadas en la doctrina tomista.
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El Aquinatense, al llevar la i. bíblica a la esfera del conocimiento,
concentró la cuestión en su aspecto nocional y cognoscitivo. Con
arreglo a la problemática de su tiempo no se podía hacer otra cosa,
y ya fue un paso gigantesco la síntesis tomista en esa dirección.
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En
los siglos que siguieron, la doctrina católica fue enriqueciéndose,
con la especulación sobre el proceso del carisma de la i. desde el
estadio del conocimiento del hagiógrafo hasta la consideración del
libro sagrado escrito y terminado. En concreto, la teología
escolástica de la i. fue ampliando su campo de visión a la esfera de
la voluntad primero y de la psicología del escritor después.
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Posteriormente, en los s. XVII a XVIII, al desarrollarse las
cuestiones y la temática apologética, y al tener lugar un fuerte
avance de las ciencias naturales e históricas, que llevaron a una
confrontación de los resultados de esas ciencias con las
afirmaciones bíblicas que rozaban con ella, se estudió con detalle
el tema de la veracidad y santidad bíblicas.
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Finalmente, en
el s. XX, al surgir diversas hipótesis sobre posibles sucesivas
redacciones de algunos libros se ha planteado la cuestión de las
relaciones entre inspiración y tradición. Centrémonos de momento en
el primer punto, que es el que se refiere directamente al tema del
proceso de la inspiración como carisma del hagiógrafo.
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En primer lugar, la teología católica postridentina abordó la
cuestión de la moción divina de la voluntad del hagiógrafo. La sola
iluminación de la mente no basta para garantizar que había escrito
«todo y sólo aquello que Dios quería comunicar por escrito». Es
preciso que la voluntad humana sea movida a escribir. La corriente
tomista aplicó la teoría de la causalidad instrumental,
completándola con la de la premoción física: Dios mueve, con acción
eficaz, irresistible, al mismo tiempo que sin destruir el libre
albedrío, la voluntad del hagiógrafo; se trata de una moción física
en el ámbito metafísico, pero aplicada no a un cuerpo inerte, sino a
una voluntad libre e inteligente. La escuela tomista de los tiempos postridentinos explicaba de ese modo que es necesaria una garantía
de la buena voluntad del hagiógrafo, de su fidelidad a la Palabra de
Dios, para exigirnos un asentimiento de fe, individual y colectivo.
Pues bien, según la corriente tomista común hoy en teología católica
para garantía de la verdad divina transmitida por el hagiógrafo,
es
necesaria tal premoción física de la voluntad del escritor sagrado.
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Autores no tomistas sólo exigían una moción moral de la
voluntad. Con ello querían evitar el problema de la libertad humana
que, según ellos, quedaba malparada con la teoría de la premoción
física. Pero esta segunda explicación no acaba de resolver la
cuestión de la garantía de fidelidad de las palabras del hagiógrafo,
ni simultáneamente, el cumplimiento de la voluntad de Dios:
teóricamente al menos, una moción moral puede ser falible, ineficaz;
entonces no se ve cómo puede exigirse al hombre un asentimiento de
fe a una palabra expresada humanamente, cuya fidelidad a la palabra
divina no está suficientemente garantizada. Históricamente, la
explicación tomista fue ganando terreno hasta que, a partir de la
época de León XIII fue adoptada por el Magisterio eclesiástico como
la más coherente; son muy expresivas las palabras de León XIII en su
enc. Providentissimus Deus (1893): «Porque Él de tal manera los
excitó y movió (a los hagiógrafos) en su influjo sobrenatural...,
que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que Él quería, y lo
quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad
infalible: de otra manera, Él no sería autor de toda la Sagrada
Escritura» (S. Muñoz Iglesias, Documentos Bíblicos, n. 121).
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Una de las últimas frases de esa encíclica contempla otra de
las cuestiones en su tiempo ya importantes y no suficientemente
consideradas en la antigüedad: la apta expresión por escrito de lo
que la mente del hagiógrafo ha concebido y que su voluntad está
decidida a exponer. Se entraba con ello en la llamada elevación de
las facultades ejecutivas concernientes al proceso de expresión
escrita, que años más tarde se trataría en conexión con la
investigación acerca de la psicología del escritor. Los postulados
aquí se orientan a la exigencia de continuidad del influjo divino
inspirativo hasta que el escrito sagrado alcance su definitiva
redacción. De este modo se tiene la garantía, no sólo de la recta
concepción de la verdad sobrenatural por parte del hagiógrafo y de
la voluntad de éste de querer rectamente expresar esa verdad, sino
además la otra garantía de que el escrito sagrado, merced al influjo
divino, expresa aptamente esa verdad que Dios quería transmitirnos
en expresiones del lenguaje sometido a los condicionamientos de
tiempo y cultura y a la limitación humana.
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Finalmente, la última frase del pasaje transcrito de la
Providentissimus Deus hace referencia a otra de las perspectivas
fundamentales de la doctrina cristiana sobre la i.: la noción de
Dios autor de la S. E. Esta noción también queda ilustrada por la
teoría de la causalidad instrumental. Pero el concepto de Dios autor
de la B. aparece en la literatura cristiana mucho antes que los
escolásticos aplicaran, de modo reflejo, la mencionada teoría al
tema de la inspiración. La expresión Deus auctor se encuentra por
primera vez en los Statuta Ecclesiae Antigua (s. V) que
prescriben que el obispo consagrando confiese que Dios es autor del
N. y del A. T. (cfr. EB, n° 23). La fórmula surgió frente a los
errores gnósticos: fue frecuente, en efecto, entre los cristianos
gnostizantes por influjo del dualismo la idea de que frente al N.
T., de origen divino, el A. T. tenía en cambio un origen demoniaco.
De la larga pugna de los escritores cristianos contra el
gnosticismo, el sentido de auctor, un tanto amplio en la lengua
latina (productor, effector, progenitor...) se fue concretando en
la significación de scriptor, autor literario, aunque no
necesariamente de modo material, sino con la utilización
instrumental del hagiógrafo. De todo ello se deduce que el sentido
de Deus auctor en los Statuta Ecclesiae Antigua es el de autor
literario, como en adelante se ha entendido en la tradición
eclesiástica. En esta línea se sitúan las explicaciones de los
escolásticos, que distinguen con claridad un doble y verdadero
auctor, divino y humano en la S. E.: así se afirma que «el autor
principal de la Escritura es el Espíritu Santo, mientras el autor
instrumental fue el hombre» (Sto. Tomás, Quodlibetum XII, a14 ad5;
cfr. Prolog. in Ps; Comment. in Matth., 10,20; Comment in Ad Hebr.,
3,7).
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6. Síntesis doctrinal acerca de la naturaleza de la
inspiración.
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El núcleo dogmático puede enunciarse y ser delimitado
con cierta brevedad: Los libros de la S. E., a diferencia de los
demás libros, se caracterizan por haber sido escritos gracias a un
influjo sobrenatural, que llamamos i. divina, la cual, incidiendo
sobre los autores humanos de tales libros, ha operado la
circunstancia de que la B. sea una obra literaria que tiene a Dios y
al hombre conjuntamente como verdaderos autores, Dios como autor
principal, el hombre como autor auxiliar o instrumental; esta acción
conjunta divino-humana garantiza el origen divino de la B. y su
verdad en orden a nuestra salvación.
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Pertenece al trabajo teológico dar explicación de tal acción
conjunta divino-humana, penetrar en el modo del influjo inspirativo,
extraer los efectos y consecuencias para la fe y la vida cristiana,
y desarrollar y explicitar todas las virtualidades contenidas en el
fenómeno y realidad divino-humana de los libros inspirados. Y ello
bajo la guía del Magisterio, al que compete mantener la doctrina
dogmática sobre el núcleo esencial del hecho de la i., exponer su
contenido, defender la doctrina frente a explicaciones menos felices
o erróneas, o incluso condenar las sentencias que nieguen explícita
o implícitamente tal núcleo esencial y, finalmente, orientar y
promover los estudios teológicos.
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Tenidos en cuenta los testimonios de la propia B. y de la
Tradición de la Iglesia, así como todo el trabajo teológico de los
siglos precedentes, en la actualidad la noción de la divina i. de la
S. E. se determina conjugando los cinco aspectos principales
siguientes:
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1) la noción de theopneustia (inspiratio divina);
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2) la
idea de autor;
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3) la teoría de la causalidad instrumental;
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4) los
estudios críticos acerca de la formación de los escritos bíblicos;
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5) la inserción de la S. E. en la Historia viva de la salvación.
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Haremos una exposición de la doctrina católica sobre la i. bíblica
tal como comúnmente se concibe hoy. Dificultad expositiva es la
imposibilidad de mostrar simultáneamente esos cinco aspectos.
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Por lo
que se refiere al Magisterio eclesiástico, hay que tener en cuenta
sobre todo los siguientes documentos:
-
Conc. Vaticano II, Const.
dogmática Dei Verbum, sobre la divina Revelación (1965);
-
Pontificia
Comisión Bíblica, Instrucción sobre la veracidad histórica de los
Evangelios (1964);
-
Pío XII, Enc. Humani Generis, sobre las
relaciones entre la Revelación y la Ciencia (1950);
-
Pontificia
Comisión Bíblica, Carta al Arzobispo de París, Card. Suhard, sobre
el carácter histórico de los 11 primeros capítulos del Génesis
(1948);
-
Pío XII, Enc. Divino Af flante Spiritu, sobre diversos
aspectos de la ordenación y orientación de los estudios bíblicos
(1943);
-
Benedicto XV, Enc. Spiritus Paraclitus, sobre algunos puntos
controvertidos acerca de la doctrina sobre la S. E. (1920);
-
S. Pío
X, Enc. Pascendi, sobre las doctrinas modernistas (1907);
-
S. Congr.
de la Fe, Decr. Lamentabili, sobre los principales errores del
modernismo (1907);
-
León XIII, Enc. Provindentissimus Deus, acerca de
la ordenación de los estudios bíblicos y de los puntos más
importantes sobre la i. de la S. E. (1893);
-
Conc. Vaticano I, Const.
dogm. Dei Filius, sobre la Revelación divina (1870).
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Toda la tradición eclesiástica concuerda en confesar un
positivo influjo divino en los autores humanos de la B. El Vaticano
I resumió esta doctrina al decir que todos los libros del A. T. y
del N. T. íntegros, con todas sus partes auténticas, deben ser
recibidos como sagrados «porque, escritos bajo la inspiración del
Espíritu Santo, tienen a Dios por autor». De la misma Tradición
consta que la afirmación «Dios es autor de la S. E.», no ha de
entenderse sólo en el sentido de que Él quiso que fuese escrita la
B., sino que se ocupó, intervino en el proceso de redacción de los
libros desde su comienzo hasta su final, de modo que los escritos
sagrados contuvieran lo que Él quiso y como Él quiso, atendidas
siempre las condiciones y limitaciones concretas humanas de los
hagiógrafos. De este modo Dios es verdadero autor literario de la
B., y autor principal, juntamente con el hombre, autor auxiliar.
Este planteamiento acabado de exponer, con todos sus elementos,
pertenece a la enseñanza común de la Iglesia Católica.
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A su vez, es doctrina común en teología católica que los
hagiógrafos han sido instrumentos vivos, libres y racionales,
movidos por Dios para la redacción de los libros sagrados. El
influjo sobrenatural que Dios ejerce en el hagiógrafo es explicado
por la teología basada en la fe. Tal estudio no pertenece
directamente a la confesión de la fe, sino a su explicación. Las
cuestiones teológicas que se plantean acerca de la naturaleza del
influjo divino inspirativo, puede reducirse a las tres siguientes:
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1) Mediante qué operaciones actúa Dios en los hagiógrafos, para que
éstos, a su vez, operen como instrumentos de Dios en la redacción de
los libros.
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2) Qué proceso puede tener en la persona del hagiógrafo,
en sus facultades, el influjo divino.
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3) De qué modo y con qué
huellas pueden apreciarse en los libros de la S. E. la acción propia
divina y la acción propia humana.
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En la investigación de estas
cuestiones se contempla la i. desde tres perspectivas:
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1) Como
acción de Dios ad extra, es decir, no inmanente a las tres divinas
personas, sino proyectada fuera de la divinidad: es lo que se llama
comúnmente inspiración activa.
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2) En cuanto que tal acción divina se
recibe en la persona del hagiógrafo: inspiración pasiva.
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3) Y,
finalmente, en cuanto que se contempla plasmada en lit obra
producida o libros santos: inspiración terminativa.
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