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Noción de canon
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Etimología de la palabra
"canon".
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La Biblia es, y así fue
considerada desde un principio, la regla de
fe y vida para los cristianos; de ahí que empezara muy
pronto a llamarse canon al conjunto de los libros que la Iglesia
consideraba como inspirados. Puede decirse que a partir del s. IV, la
terminología cristiana denominó canon bíblico al elenco oficial de los
escritos sagrados de la religión israelita y cristiana que forman el A. T.
y N. T. Es decir, que, afirmada la existencia de libros sagrados
inspirados, que tienen a Dios por autor en cuanto que fueron escritos bajo
la moción del Espíritu Santo, el canon
bíblico es la determinación de cuáles y cuántos son esos libros inspirados.
De manera taxativa y definitiva esa determinación sólo puede hacerla la
Iglesia, que tiene certeza de la inspiración divina de esos
libros por la Revelación divina misma que los ha entregado a ella como
tales. Ello quiere decir que si bien la palabra canonicidad hace
referencia a una declaración eclesiástica, a una proclamación oficial
hecha por la Iglesia, presupone en su base un hecho que se refiere
a la naturaleza de los libros mismos, objeto de esa declaración: la
inspiración. Los libros canónicos son libros inspirados: la
canonicidad es el reconocimiento de la inspiración.
Esa canonicidad e inspiración de los libros
que componen la B. es dogma de fe solemnemente proclamado por el Conc. de
Trento y el Vaticano I, y constantemente afirmado desde los primeros
tiempos de la Iglesia.
A. Historia del canon bíblico.(Breve
esquema)
1.
Canon del Antiguo Testamento.
2. Canon del Nuevo Testamento.
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a) Literatura cristiana
primitiva.
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Pocos años después de la muerte
de Cristo surgieron ya intentos de escribir la vida y doctrina del
Señor.
Diversos autores formulan como hipótesis la posibilidad de que lo
primero que existieran fueran algunas colecciones de frases o dichos del
Señor: aunque hay indicios, no consta, sin embargo, con certeza su
existencia. La tradición sitúa también muy en los comienzos el evangelio
arameo de Mateo traducido muy pronto al griego y completado. Lucas
en el prólogo de su Evangelio (Le 1,1) menciona que existen varios
intentos de narrar los hechos del Señor. Hacia el a. 51, S. Pablo
escribe las dos Epístolas a los Tesalonicenses , seguidas del resto de
sus Cartas, que acaban hacia el 67 con las llamadas Pastorales.
Entretanto, hacia el a. 70, aparecen en forma definitiva los Evangelios
llamados Sinópticos (Mt, Me. Le). Se completa la serie con los Hechos de
los Apóstoles y las Epístolas llamadas Católicas (Santiago, 1' y 2a de
Pedro, la, 22 y 32 de Juan, Judas). En el ambiente de las primeras
persecuciones se redacta el Apocalipsis de S. Juan. En este periodo de
la primera generación cristiana surgen también otros escritos tales como
las epístolas de S. Clemente , la Didajé , la epístola de Bernabé, etc.
(v. PADRES APOSTÓLICOS). San Juan compone hacia el año 100 su Evangelio.
Junto a esta literatura pronto empieza a pulular una abundante
producción apócrifa y herética (v. APÓCRIFOS II) que obliga a la Iglesia
a señalar los límites de los escritos verdaderamente sagrados e
inspirados de la generación apostólica.
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b) El canon.
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También aquí, como en Israel,
encontramos, pues, una literatura amplia, más extensa que la canónica, y
el hecho de que la Iglesia distingue entre unos y otros: recibiendo
algunos como inspirados y distinguiéndolos netamente de los demás. Esto
se manifiesta al principio por la distinta manera de citarlos o leerlos;
luego, ante el difundirse de escritos apócrifos y heréticos o ante el
ataque a algunos libros por parte de herejes, como Marción , por la
publicación de listas. La más antigua que poseemos es el famoso Canon de
Muratori de fines del s. u. Este documento divide la literatura
cristiana primitiva en cuatro series: la) Libros tenidos por todos como
sagrados, y corno tales leídos públicamente en las iglesias; en esta
serie se mencionan los 4 Evangelios, 13 Epístolas de S. Pablo (falta Heb),
de las Epístolas Católicas sólo 12 lo, Ids, probablemente 12 Pet, y el
Apc; 2a) Libros no tenidos par todos como sagrados y que, en
consecuencia, no deben ser leídos públicamente en las Iglesias
(Apocalipsis de S. Pedro); 3a) Libros de lectura privada, que no es
lícito leer en las Iglesias (Pastor de Hermas); 4a) Libros que la
Iglesia no puede recibir (literatura apócrifa y gnóstica). A partir de
esta fecha, la historia de las declaraciones sobre el canon se puede
reconstruir de la siguiente manera:
En Occidente desde el año 200 se aceptan como inspirados: los 4
Evangelios, 13 Epístolas de S. Pablo (Heb no entra en el c. occidental
hasta el a. 380), 1 Pet, 1 lo, se cita la 2 Pet y la 2 lo, pero no la 3
lo, y el Apc. La Epístola de Santiago (Iac) era muy utilizada ya en el
s. iI. Todo el c. del N. T. con sus 27 libros se menciona en el Decreto
Gelasiano (a. 382?, Denz.Sch. 179), y en la carta del papa Inocencio I
del a. 405 (Denz.Sch. 213). Estos documentos habían sido ya preparados
por las decisiones de varios sínodos africanos: Hipona (393) y Cartago
(297 y 419), citados también antes. Las dudas de algunos eruditos como
S. jerónimo, quedan totalmente disipadas para el s. vi.
En Oriente. En la lista de Clemente de Alejandría (217) faltan
Philm, Iac, 2 Pet y 3 lo. En cuanto a Orígenes, aun cuando admite en
principio la canonicidad de todo el N. T., expresa sus reservas sobre
Heb, 2 Pet, y 23 lo. El Apc nunca fue discutido en Oriente hasta
Dionisio de Alejandría que lo atribuyó a otro Juan, distinto del
Apóstol, para combatir al milenarismo . En Alejandría en la Epístola
Pascual, XX-XIX, de S. Atanasio (367) aparece ya la lista completa de
los 27 libros. Más lento fue el reconocimiento en Antioquía y Siria,
donde hasta el s. vi no aparecen en las listas el Apc y cuatro de las
Epístolas Católicas. Estas dudas de la iglesia antioquena influyeron
mucho en las demás iglesias orientales (Asia Menor, Chipre, Palestina),
de modo que hasta el concilio llamado Trullano o Quinisexto (692) no se
llegó en el Oriente a la unanimidad. Los libros sobre los cuales se
suscitaron dudas, tanto en Oriente como en Occidente (Heb, Iac, 2 Pet,
23 lo, Ids, Apc) son llamados deuterocanónicos del N. T.
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c) Divergencias posteriores sobre la extensión del canon bíblico.
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Desde el s. VI quedaba
claramente determinado el c. del A. T. en el seno del Cristianismo; a
partir del mismo siglo se llega a la unanimidad sobre el c. del N. T. en
Occidente y en el s. VII en Oriente. Un replanteamiento de la extensión
del canon bíblico no se dio hasta el Humanismo, cuando Erasmo
planteó la cuestión de los deuterocanónicos, no porque dudara de
su canonicidad e inspiración, que afirma, sino porque vacila en aceptar
que estén escritos por los mismos Apóstoles. Más lejos fue el card.
Cayetano, el cual parece negar la inspiración de los escritos no
apostólicos. En los días de la Reforma prende por obra del
protestantismo el afán revisionista del canon bíblico. En el año 1520,
Carlostadio propone el retorno al c. breve palestinense
para el A. T. En cuanto a Lutero, en un principio rechaza todos
los deuterocanónicos del A. T. (excepto, quizá, 1 Mach); más tarde,
acepta la doctrina de Carlostadio y en su traducción alemana de la B.
incluye los deuterocanónicos al final del A. T., a modo de apéndice con
el título de Apócrifos. Respecto del N. T., las doctrinas protestantes
han sido más discordantes. Lutero excluye del canon bíblico el Apc, Heb,
Iac y Ids; Zwinglio sólo rechaza el Apc; Ecolampadio, todos los
deuterocanónicos. Los luteranos adoptan la doctrina de M. Chemnitz, que
rechaza todos los deuterocanónicos; pero a partir del s. XVIII,
principalmente por influencia del pietismo , vuelven a la praxis
calvinista que aceptaba el c. católico íntegro. En cuanto a la Iglesia
rusa, el Santo Sínodo acordó en el s. xix que en los seminarios se
enseñara la doctrina de los protestantes respecto de los
deuterocanónicos del A. T. En la Iglesia griega, los teólogos en general
se acercan a la misma doctrina.
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d) La declaración del
Conc. de Trento.
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El auténtico canon bíblico de la
Iglesia, que se encontraba ya recogido en los documentos que se han ido
citando, fue expuesto de manera más solemne en una profesión de fe, para
los jacobitas, en el Conc. de Florencia (4 feb. 1441; Denz.Sch. 1335).
En el Conc. de Trento se planteaba de nuevo el problema del canon
bíblico En la IV sesión, el 8 abr. 1546, queriendo disipar
definitivamente todas las dudas al respecto, promulgó un decreto, de
valor dogmático definitorio, con la lista de los libros inspirados de la
B. (Denz.Sch. 15021503), la misma del Conc. de Florencia, comprendiendo
tanto los libros llamados protocanónicos como los deuterocanónicos
(véase dicha lista, c. b., en el art. anterior, I, apartado 3). La
definición de Trento puso fin a todas las controversias entre los
católicos; fue renovada en el Vaticano I (Denz.Sch. 3006, 3029).
B. Criteriología del canon.
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¿Porqué estudiamos el Canon? como una
consecuencia del tema de la inspiración: porque muchas veces se entraba
en un ciclo vicioso: ¿porqué están inspirados o son santos estos libros
y no otros? Porque están en el Canon; y ¿porqué están en el Canon? por
son inspirados... La respuesta no es esta: se hacía necesario un
criterio objetivo y externo (ha diferencia de los protestantes que no lo
tienen) que explicase porqué están en el Canon: de entrada diremos que
es una confluencia armónica y en el tiempo de tres corrientes Magisterio
(régula fidei) + Tradición (sucesión apostólica) + SE (transmisión del
texto). Veamos. Triple significado fundamental del
término cano: 1) norma, 2) libros autoritativos, 3) lista cerrada de
libros sagrados. Es importante dejar esto claro porque así podemos decir
que hubo un canon (a su nivel) en cada época de la historia de la
Iglesia (y que no es algo reciente). En este sentido podemos decir que
se trata de un proceso que se cerrará en el s. IV. Es importante ver el Canon como un
proceso de discernimiento y recepción de unos libros tenidos por
sagrados por una comunidad; esos libros definen a esa comunidad, de
algún modo son la identidad de esa comunidad: nos encontramos en un
delicado proceso de identidad de la comunidad (la comunidad se ve como
en un espejo a través de ellos se reconoce así misma: si soy yo). Los primeros factores que influirán
en la formación del Canon en la Iglesia son 1) la regla de fe (es
fundamental tener una Norma de fe clara porque toda imagen de Cristo
(también la de los libros inspirados) debe ser conforme a esa norma de
fe), que encuentra su primera formulación en torno al s. II con S.
Ireneo y 2) la sucesión apostólica por la cuestión de los ministerios
también se plantea en el S.II y es importante porque la Tradición
apostólica pesa mucho: esos libros son la memoria escrita de los
apóstoles, su origen apostólico pesará mucho. La intervención Magisterial oficial
con una definición dogmática del Canon tiene lugar en el Concilio de
Trento.
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La canonicidad presupone la
inspiración, desde un punto de vista ontológico, y, desde una perspectiva
gnoseológica, la manifestación por Dios de esa inspiración a la Iglesia.
El orden constitutivo entre la Iglesia y el c. es pues el siguiente: Dios
funda la Iglesia y la hace partícipe de la verdad de la inspiración; la
Iglesia recibe los libros inspirados como un sagrado depósito transmitido
por la tradición apostólica y, asistida por el Espíritu Santo, declara
autoritativamente frente al surgir de vacilaciones y errores el canon
bíblico proclamado y señalando la lista de los libros de origen divino que
le han sido entregados. Esa conciencia de la Iglesia y el mismo
planteamiento del tema fue negado por los protestantes, que, al negar la
asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia y su consiguiente infalibilidad
, se encontraron con el problema de cómo justificar el canon. De ahí el
tema de los criterios de canonicidad tal y como se plantea desde entonces.
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a) La
criteriología del canon en el protestantismo.
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Al negar el criterio de
Tradición, los protestantes debieron buscar otros criterios; en la
mayoría de los casos, los que proponen son de orden subjetivo. Así,
Lutero párete que daba valor supremo de criterio al mensaje central de
la justificación y la redención, mientras Calvino se fijaba en el
testimonio interno del Espíritu Santo. Bien es verdad que las
Confesiones de fe completaron esa criteriología, incluyendo algunos
criterios más objetivos tales como el consentimiento y acuerdo general
de lal Iglesias, pero el criterio subjetivo del testimonio del Espíritu
Santo en cada uno jugó siempre papel preponderante. El que sistematizó
en forma más completa la criteriología del canon bíblico en el
protestantismo conservador fue J. Gerhard; según él, el criterio
fundamental para los fieles creyentes es el testimonio interno del
Espíritu Santo, por el cual la Escritura se impone por sí misma al modo
como los primeros principios se imponen en el conocimiento racional;
para los infieles contumaces es para los que se hace necesario elaborar
una criteriología desarrollada. Por ello, distingue dos órdenes de
criterios: unos internos y otros externos a la misma Escritura. Los
internos serían los valores supremos de la Escritura tales como su
antigüedad, la majestad de su doctrina, etc. Los externos serían: el
testimonio de la Iglesia, la prueba del martirio, etc. En un intento de
buscar criterios sólo objetivos, el teólogo J. David Michaélis
(m. 1791) propuso el carisma del apostolado como suficiente criterio de
canonicidad e inspiración para los libros del N. T. (Einleitung in die
góttlichen Schriften des N. T., I, § 14), lo que le llevó a considerar
inspirados sólo los escritos de los Apóstoles.
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b) Criteriología católica.
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En la teología católica la
cuestión de los criterios no ha tenido dificultades mayores en orden a
su formulación: en efecto, está claro que el criterio es la Tradición
y el Magisterio.
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Ahora bien, una vez dicho eso puede suscitarse otra cuestión (que fue
pronto abordada por los tratadistas de apologética); esa cuestión es la
siguiente: al cristiano le constan cuáles son los libros sagrados por la
declaración de la Iglesia; ahora bien, como la canonicidad presupone la
inspiración, ¿cómo le consta a la Iglesia esa inspiración en la que
basa sus declaraciones canónicas? El tema de la criteriología tiene
así un alcance radicalmente distinto del protestantismo: en éste se
trata de saber cuáles son los libros inspirados; en el
catolicismo se tiene conciencia de que eso ya se sabe (la Iglesia es
infalible en sus declaraciones) y se intenta sólo mostrar las vías
por las que la Iglesia ha llegado a ese saber.
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El tema fue planteado con
claridad durante la misma época del Conc. de Trento por el obispo F.
Sonnius (Demonstrationum Religionis Christianae ex Verbo Dei Libri
Tres, Amberes 1555-62), distinguiendo netamente los dos planos en que se
sitúan los criterios de inspiración y canonicidad. En primer lugar, los
criterios por los cuales la Iglesia primitiva distinguió el carácter
inspirado de la Escritura canónica; en segundo lugar, la regla de fe por
la cual los cristianos contemporáneos tienen certeza infalible de dicha
inspiración. Según él, la Iglesia primitiva siguió cuatro criterios
fundamentales: 1) el magisterio del Espíritu Santo, 2) la luz de la fe,
3) el testimonio divino de los milagros, 4) el consentimiento de la
Iglesia. En cuanto a los fieles contemporáneos, conocen dichas verdades
por la proposición del Magisterio más los criterios de la Iglesia
primitiva, mediante los cuales disciernen la naturaleza de la misma
Iglesia y su poder de definir el canon.
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El sistema de Sonnius unía
armónicamente los datos del tema. Pero en los siglos posteriores
especialmente por el endurecimiento de la polémica antiprotestante su
doctrina cayó en el olvido y se prestó atención sólo al valor infalible
de la regla de fe, descuidando la criteriología teológica que establecía
las razones en que se basaba aquélla. Pero no faltaron teólogos
católicos que conservaron el equilibrio de la mejor teología clásica,
como los que, cuando Michaélis divulgó su sistema del carisma
apostólico, aceptaron algunos de sus puntos de vista corregidos mediante
el recurso al criterio de Tradición (p. ej., el jesuita Scháffer,
Institutiones Scripturisticae, Maguncia 1790). Sin embargo, la escuela
jesuita de Roma, a fines del s. XIX (G. Perrone, C. P,assaglia, J. B.
Franzelin, etc.), en su crítica a Michaélis cayó tal vez en una
excesiva simplificación consistente en fa indistinción de las
criteriologías dogmática y teológica, planteando el tema de los
criterios únicamente en el ámbito de la regla de fe. No faltaron en la
misma Roma teólogos independientes (P. Ubaldi) que reaccionaron contra
Franzelin y su escuela; pero la exposición franzeliniana se difundió
ampliamente merced a los manuales jesuitas, hasta hacerse casi
universal. A principios de siglo surgió una viva polémica entre el
neofranzeliniano Ch. Pesch y el apologista alemán P. Schanz, renovada
treinta años más tarde entre el lazarista G. M. Perrella y los dominicos
S. M. Zarb y M. J. Lagrange, sin que hasta el presente se haya avanzado
gran cosa en el debate.
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En la teología de mediados del
s. XX se nota una tendencia a reconocer una especial importancia al
criterio de la apostolicidad entendida en sentido amplio.
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Resumiendo: En la línea
de la criteriología dogmática, o de la regla de la fe, es claro que la
Tradición, definida por la Iglesia, es el criterio supremo e infalible
para que los fieles creyentes conozcan la inspiración y canonicidad de
los libros de la Biblia. Al analizar teológica o apologéticamente cómo
esa verdad definida está contenida en las fuentes o canales de la
Revelación los autores han propuesto diversas razones, oscilando
entre quienes afirman que el único criterio es la tradición
apostólica, que testifica que esos libros vienen de Dios, y
quienes por lo que se refiere al N. T. aluden además al origen
apostólico de los libros mismos, pero entendido en sentido matizado:
origen directo para los escritos ciertamente apostólicos,
origen indirecto (vinculación a una escuela apostólica, viri
apostolici, como dice el Vaticano II, const. Dei Verbum, n° 18) para
los indirectamente apostólicos (Mc, Lc, Act, etc.).
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